Viernes 17 de junio. Siento la ausencia. Quedan 13 días para entrar en el estudio.

Basta que uno se proponga escribir todos los días para saltarse la norma en cuanto empieza. Además de mi trabajo “oficial”, el que paga mis facturas y el alquiler de mi casa, tengo más trabajos aceptados de buen grado pero que restan tiempo al día y muchísimas energías a mi cuerpo: promoción y contratación en Gran Derby Records, el programa de radio con Borja Prieto, tocar en tres bandas que ensayan, giran y graban discos, componer canciones, ser amigo, ser familiar cuando hay que serlo… Hay días en los que el cuerpo se resiente en cuanto apoyas la espalda en el sofá con la intención de levantarte de ahí en diez minutos para seguir haciendo cosas. Pero no puedes.

A esta etapa de actividad extrema (por ejemplo: mañana tocamos Buena Esperanza en el Día de la Música y Gran Derby Records tenemos un stand que atender los próximos dos días, amén de mi trabajo coordinando la promo de los artistas de PIAS que participan durante este fin de semana en los conciertos que tienen lugar en El Matadero de Madrid), se le suma un contratiempo de reciente adquisición: la dificultad para dormir de un tirón toda la noche. Hoy (o ayer, ya no lo tengo claro), conseguí despertarme a todas las horas y cuarto, desde las 2:15. Cuando sucedía, encendía la luz, bajaba a la cocina, bebía un trago de horchata y volvía a subir a la cama. Si sigo así mucho más tiempo, calculo que pareceré un luchador de sumo antes de que llegue agosto.

Mi amiga Carola dice que es normal, que no me preocupe, que son muchas cosas las que tengo en la cabeza (Perruca dice que en mi cabeza, por tamaño, caben todas las cosas: las mías y las de los demás). Quizás tenga razón –Carola, no Perruca-, pero lo cierto es que noto que algo no va bien.

El miércoles 15 ensayamos un rato The Secret Society de cara al disco. Personalmente, no sé si estos ensayos sirven de algo o ya hay que encomendarse a la virgen o al santo a los que se encomiendan los que no tienen ni idea de lo que va a pasar. Las canciones están ahí, las letras están terminadas, los arreglos más o menos pensados y plasmados con detalle en una bonita hoja de Excel donde todo son cuadrículas de colores interrelacionadas y notas tan estúpidas como: “Batería en la sala seca como la canción 6 del disco nuevo de Wilco”.

Creo que la clave está en no exagerar, en la naturalidad con que entendamos todo esto: nuestro próximo disco es un disco más. Un objeto destinado a rellenar y a ocupar un lugar en el espacio que, con suerte, una o dos personas apreciarán después de haber encontrado algún motivo para sacrificar 35 minutos de su valioso tiempo para escuchar. Quiero decir: nadie espera este disco, sólo nosotros. Vivimos en nuestro micromundo y hay que ser conscientes de esa pequeñez. Ni tan siquiera mis padres, tan atentos por otra parte a lo que hacemos siempre sus hijos, saben a ciencia cierta cuándo grabo, dónde y por qué.

Por eso no entiendo que, a horas en las que debería estar durmiendo, me despierte agitado por algún sueño desagradable y me ponga a pensar en las canciones que he escrito y en lo mierdas que me resultan. En la vergüenza de grabar algo que cualquiera podrá escuchar en cualquier momento desde el día de la salida del disco. Ese “en cualquier momento” se refiere a la eternidad. ¿Es necesario hacer públicas nuestras carencias?

Esa es la pregunta que cargo estos días como un serpa contratado por una expedición de burgueses occidentales que tratan de subir al Annapurna.

El miércoles, en el ensayo, experimenté la urgencia y la necesidad, mezcladas con un sentimiento todavía más peligroso: el conformismo. “Bueno, pues que salga como tenga que salir”. Duró sólo un instante, lo que necesité para recordar todas las cosas que me han pasado y que de alguna manera están reflejadas en las canciones que dentro de dos semanas vamos a grabar. A veces nos olvidamos de los motivos.

Mientras, todo sigue su curso sin que pueda hacer nada por alterarlo: no sé cuándo podrá ser el próximo ensayo porque desconozco la agenda de Nacho, Paula y Perico; no sé si las guitarras estarán a punto a tiempo para la grabación porque no he llamado al luthier; no sé cómo será la portada, porque he desechado las cinco que tenía en mente; no sé cómo quiero que suenen las voces porque, en el fondo, me importa poquísimo; no sé cómo voy a poder transmitir ánimo a la gente que me rodea y que tiene un papel fundamental en esta grabación con mi desánimo; no sé cómo voy a hacer para hacer todo lo que tengo que hacer y, además, grabar un disco. Porque, como digo, nada se para: entre medias de la grabación de The Secret Society, Buena Esperanza tenemos dos conciertos seguidos: el 5 de julio taloneamos a The Twilight Singers (el grupo de Greg Dulli de The Afghan Whigs y The Gutter Twins) en Madrid y, al día siguiente, también en Madrid, tocamos con nuestros gemelos, Muerte Y Destrucción. Sólo tendré un día para recuperarme de esto antes de encarar los tres días finales de grabación (en principio, porque luego siempre hay que volver al estudio a retocar cosas) y sólo con pensarlo me digo a mí mismo: “Todo mal”. Pero tampoco tengo el derecho a cancelar los conciertos de una de mis otras dos bandas, porque Jero y Miguel no tienen culpa de que yo grabe un disco con The Secret Society, lo mismo que no tendrían culpa Nine Stories. Por eso no pueden salir ellos perjudicados. Además, esos conciertos son muy esperados por nosotros. Y esto demuestra que es imposible ser un poco uno y un poco otro: somos siempre el mismo, que se cansa.

Me gustaría, sólo por un día y para saber qué se siente, que alguien me lo diera todo hecho. No tener que hacer las gestiones, poner de acuerdo a personas, arreglar la recogida de la furgoneta, cargar el equipo, lidiar con los contratiempos, llegar a tiempo, encarar mi trabajo oficial, pensar en si hay que cambiar los parches de la batería o si es mejor cambiar ahora las cuerdas de la guitarra acústica, tener terminadas las tareas para la revista donde escribo, hacer la compra, tirar la comida que lleva dos semanas desintegrándose en el cajón del frigorífico donde pongo las verduras. Ese tipo de cosas que nos despistan y alejan del que debería ser nuestro objetivo primordial: entregarnos a la interpretación y a la ejecución de unas canciones que tanto nos ha costado escribir y terminar.

No busco culpables, pero es lo que hay.

Entonces pienso en una canción de Antònia Font llamada “Calgary 88″ y cierro los ojos y pido por favor ser capaz, a pesar de la cantidad de obstáculos que de forma tan irresponsable he interpuesto sonriente en mi camino, de poder escribir algo así en algún momento de mi vida (preferiblemente pronto). Ser capaz de dejarlo todo de lado y acercarme a la perfección. Disfrutad…

Buenos días.

[Pepo M.]


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