En ocasiones, separar autor literario de persona humana resulta una tarea ardua y difícil para los lectores que, como yo, están más habituados a la ficción que a la no ficción. Está claro que en todos, más tarde o más temprano, brota una curiosidad tomatera por saber más sobre ese escritor que consigue que nos reflejemos en sus páginas… Y una buena solución para estos casos, más que las biografías no autorizadas, son los diarios. Pero, atención: ¡peligro! Como cuando echas una mirada a hurtadillas al diario de tu novia, puede que lo que encuentres no te vaya a gustar ni un pelo. En el caso de Joe Orton, digámoslo desde el principio, su diario retrata a un tipo déspota, egocéntrico, prepotente, hedonista irresponsable y con unos delirios de grandeza galopantes en los que lo único que le faltaba era dejarse crecer un bigote en punta, decirle a la gente que nació en Stratford-upon-Avon y que su middle name era William. Así de grande era el concepto de sí mismo que tenía este bardo teatral que, con obras “Loot” o “Entertaining Mr. Sloane”, se convirtió en la punta de lanza de una nueva escena cultural gay sin complejos ni armarios.

Más vale separar: por un lado están los logros de Orton (que no son pocos) y, por otro, su calidad humana. Todos quedan reflejados en estos “Diarios” (deliciosamente publicados por Cabaret Voltaire, como es habitual en esta editorial). En el episodio de los éxitos, no sólo hay que adjudicársele un papel determinante en la renovación de un teatro británico anquilosado por la vía del electroshock: sus obras, supurantes de un surrealismo macabro e irónico, supusieron una bofetada sonora y necesaria a las convenciones inflexibles del teatro victoriano. Y, más allá de sus creaciones sobre las tablas, Orton prefirió no convertirse en una figura pública determinante en ningún tipo de movimiento contestatario a favor de los derechos homosexuales. Él estaba más allá de la “aceptación” y vivía plenamente anclado en la “normalidad”, una actitud (probablemente) más efectiva que las pataletas públicas y los desfiles vergonzosos… La calidad humana del artista, sin embargo, era harina de otro costal. Puede que la biografía de Orton (inmortalizada en el film “Ábrete de Orejas” (1987), de Stephen Frears), sea célebre por su abrupto final: el autor fue asesinado por su pareja, Kenneth Halliwell, quien se suicidó poco después del homicidio. La relación entre Orton y Halliwell, sin embargo, tiene una chicha que en estos “Diarios” se amplía con un nuevo fondo sombrío y ambiguo: por momentos, bien podría decirse que entiendes la pulsión homicida de Halliwell, ya que Orton le trata con un desdén y un despotismo sorprendente si se tiene en cuenta que la deuda del autor con su pareja era grande (en materia literaria, Orton aprendió todo de Halliwell… hasta que “mató al padre” y le superó por goleada). La pareja estaba marcada por el profundo signo de una mezcla de egos heridos, relaciones paterno-filiales mal resultas, actitudes agresivo-pasivas y un sado-masoquismo en el que el dolor acabó estableciéndose como el eje sobre el que giraba su convivencia.

Pero, tal y como se apunta más arriba, una vez separados ambos conceptos hay que estar dispuesto a disfrutar con unos “Diarios” sinceros y mortíferos como una ráfaga da metralla en medio de una batalla particularmente apática. Los principales logros de la prosa de Joe Orton se centran en el retrato de la élite teatral y cultural de la Gran Bretaña de finales de los 60 (de hecho, el autor a punto estuvo de colarles a The Beatles un guión repleto de ambigüedades), la descripción a pecho descubierto de la vida de un “marica de wc público” (con detalles escabrosos sobre sus encuentros sexuales en lugares macabros) y, sobre todo, un par de incursiones en el fascinante mundo musulmán que recuerda a Gide en su fascinación por los efebos árabes (aunque, en el caso de Orton, la fascinación se concreta en todo un conjunto de prácticas descritas hasta la saciedad que pueden herir ciertas sensibilidades políticamente correctas). Y por mucho que quien firma prefiera el lirismo encubridor de la ficción de Gide, es inevitable dejarse fascinar por las vivencias “a pelo” de Joe Orton. Puede que él fuera un cabronazo de tomo y lomo. Pero… ¡cómo fascinan las vidas de los cabronazos!

[Raül De Tena]

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