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Oh, Danubio, qué tendrán tus aguas que bañan de insolente talento a tus habitantes. De Haydn a Schönberg, de Bartok a Berg, a lo largo de tus orillas han crecido muchos de los compositores más celebrados. Y, cómo no, el archiconocido Mozart, que hizo carrera en Viena pero que en realidad era de Salzburgo, ciudad donde estudió siglos después de su muerte un tal Oliver Johnson, natural de Viena precisamente, el noble arte del “Diseño de Sonido y Producción Musical”. Normal que algo se le pegara. Y no, no voy a ser yo quien tenga la osadía de comparar al…
Poco le falta a Dorian Concept para ser nombrado junto a los más grandes de la electrónica fina actual. Sólo un punto más de atrevimiento para llevar hasta el infinito y más allá una ya inmaculada propuesta que desprende belleza y virtuosismo a partes iguales.
PUNTUACIÓN - 81%

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Poco le falta a Dorian Concept para ser nombrado junto a los más grandes de la electrónica fina actual. Sólo un punto más de atrevimiento para llevar hasta el infinito y más allá una ya inmaculada propuesta que desprende belleza y virtuosismo a partes iguales.

Oh, Danubio, qué tendrán tus aguas que bañan de insolente talento a tus habitantes. De Haydn a Schönberg, de Bartok a Berg, a lo largo de tus orillas han crecido muchos de los compositores más celebrados. Y, cómo no, el archiconocido Mozart, que hizo carrera en Viena pero que en realidad era de Salzburgo, ciudad donde estudió siglos después de su muerte un tal Oliver Johnson, natural de Viena precisamente, el noble arte del “Diseño de Sonido y Producción Musical”. Normal que algo se le pegara. Y no, no voy a ser yo quien tenga la osadía de comparar al gran genio loco con el señor Johnson, pero la música de Dorian Concept, que así se hace llamar el muchacho, ha heredado un virtuosismo y una finura que son casi alienígenas en esta era del aquítepilloaquítemato. En cierta manera se erige como representante del academicismo entre los modernos.

Sigamos con Oliver Johnson. Comenzó subiendo vídeos exhibiendo su virtuosismo a manos de un MicroKorg, su instrumento fetiche. Sus primeros lanzamientos como Dorian Concept estaba claramente enmarcado en la escena post-dubstep y el boom de la llamada bedroom music, entre la estrella agonizante de MySpace y el apogeo de YouTube como catapulta del desconocido hasta las masas. Electrónica que consideraba la pista de baile un lugar coyuntural más que un fin en sí mismo. Dorian Concept destacaba entre el resto por su jovial atrevimiento y una excelente técnica a los teclados que aquellos que hayan disfrutado de su directo conocerán bien. Con el paso de los años, Johnson ha domado esa exuberancia, y en “Joined Ends” (Ninja Tune, 2015) ha condensado esos vapores revoltosos en música concebida para bañarse y chapotear en ella.

Saborear “Joined Ends” deja ese retrogusto aterciopelado tan de Ninja Tune, y es imposible que no te vengan a la mente otros artistas de la célebre casa londinense: la elegancia y el soul de Bonobo se mezclan con las efervescencias sintéticas de Illum Sphere y la visión escénica de la Cinematic Orchestra. Hay veces que, como en su primer sencillo “Draft Culture”, se acerca a los más mecanicistas del sello: Martyn, FaltyDL, Machinedrum. También se le podrían hacer algunos reproches en ocasiones asociados con Ninja Tune: cierta autocomplacencia, pocas ganas de empujar los límites del sonido hacia mundos desconocidos y, en general, una actitud menos rompedora que algunos de sus contemporáneos . Algún ser malvado podría decir que es la perfecta background music, y tampoco iría demasiado desencaminado.

Pero lo cierto es que “Joined Ends” suena que es una delicia. Inmaculadamente producido, arreglos exquisitos e incluso melodías pegadizas. Temazos como “Draft Culture“, “Mint” o “The Few” se merecen figurar entre lo mejorcito de la electrónica fina y vanguardista de hoy, sólo un escalón por debajo de la gran liga en la que juegan gente como Flying Lotus, Gold Panda, Caribou, Arca o Four Tet. A Oliver Johnson sólo le falta dar un empujón más para ser mencionado junto a ellos. Esperemos que el próximo trabajo de ese salto radical que le encumbre como el peso pesado que puede llegar a ser y no quedarse, como tantos otros, en aquella eterna promesa.

 

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