¿Sabes eso que dicen de que las mejores noches son aquellas que no están planificadas como tal? ¿Aquello de que, cuanto más te esfuerzas porque sea una noche memorable, más deja de serlo? Pues algo parecido pasó con las dos noches que Portishead tenían previsto pasar en Barcelona… No porque no fueran memorables, sino más bien por todo lo contrario. La cuestión es que estas dos noches que estaban planificadas como dos veladas acabaron siendo mucho más que dos veladas: más que probablemente, conformaron uno de los mejores festivales de este año 2012 que ya empieza a agotar sus posibilidades eventistas. Y es que Portishead no venían solos: cada jornada estaban acompañados de tres grupos en el Poble Espanyol (todos seleccionados por ellos mismos) y, más tarde, el festivaleo continuaba en la Sala Razzmatazz, donde la oferta (de nuevo, elegida directamente por Portishead) se multiplicaba hasta el límite del desaliento. Como en todo festival, verlo todo, disfrutarlo todo era inabarcable. Así que aquí queda una crónica fragmentada con pildorazos de lo que allá pudo vivirse. El pildorazo de Portishead, eso sí, es más pastillazo que pildorazo. Porque eran los protagonistas. Y porque lo suyo no tiene nombre.

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PORTISHEAD. Difícil lo tenían Portishead para superarse. Esta frase, que tantas veces se ha mascullado refiriéndose a los de Bristol, volvió a orbitar por encima del mayestático escenario del Poble Espanyol durante la primera de las dos noches programadas. Y es que los antecedentes eran de órdago: “Third” (Island, 2008) vapuleó su discografía previa y sus diez años de silencio desde “Portishead” (London, 1997) convirtiéndose en uno de los discos más importantes de los últimos tiempos, a lo que siguió una dupla de actuaciones en el festival Primavera Sound (una de ellas poniendo del revés el Auditori) que marcó el historial conciertil y vital de todos los asistentes. Por si eso fuera poco, en el FIB 2011 consiguieron subir la apuesta: aquello sabía a fin de gira, a punto álgido absoluto en el que la banda tiene a su servicio unas canciones como quien domestica águilas de batalla. Así las cosas, y después de un tiempo sin girar, ¿cómo volver a ponerse a la altura? ¿A su propia altura?

Durante este 2012 que nos ocupa, Portishead sólo tienen planificadas un pequeño puñado de actuaciones (seis en total) de las que las de Barcelona iban a ser la apertura, así que la banda aterrizó en la Ciudad Condal una semana antes de sus actuaciones para ensayar y volver a invocar esa magia negra -negrísima- que sólo ellos saben invocar. Sin embargo, se impone ser honestos: durante la primera de las dos veladas la banda sonó más envarada, más dubitativa, menos rodada que en las últimas ocasiones que se les pudo ver al final de su gira del año pasado. Hubo algunos descuadres inexplicables (aunque bastante imperceptibles) por parte de la banda, aunque todo lo dicho se vio suplido por una Beth Gibbons en estado de gracia capaz de meterse en el bolsillo incluso a los descreídos a base de una operación de cirugía de precisión practicada sobre su mismo pecho, dejando al descubierto unas entrañas bañadas en sangre y lágrimas. ¿Cómo no emocionarse cuando alguien como Gibbons te ofrece la lleva de la puerta que conduce a sus rincones más sombríos?

La segunda noche, sin embargo, y con la experiencia de los traspiés de la jornada anterior, Portishead sí que consiguieron no sólo alcanzar el nivel del FIB 2011… sino superarlo. Sería porque el set de una hora del festival valenciano se vio alargado hasta una duración de concierto al uso (es decir: una hora y media) o sería porque el marco del Poble Espanyol, en una semi-penumbra arrebatadora, se reveló como envoltorio pluscuamperfecto para las brumas de humo negro expulsada desde los instrumentos la banda. O, al fin y al cabo, más bien sería porque Portishead sieguen siendo Portishead, esos nigromantes aficionados a las ceremonias paganas en las que cada movimiento esta medido de forma exacta y milimétrica como danzas macabras hipnotizantes que hacen el estómago más pequeñito, los pulmones diminutos, la conciencia milimétrica. En esta ocasión no hubo espacio para errores ni descuadres: todo estaba en su lugar (que no necesariamente era el mismo lugar que el de la versión de estudio de las canciones, ya que a la banda le gusta realizar pequeñas grandes variaciones que amplifican el calado emocional de sus actuaciones) como en una fórmula matemática que defina algo tan intangible como el alma.

Un alma que se hizo especialmente patente en momentos como la rendición desgarradora de “Wandering Star” (en la que la banda redujo su formato para darle el tema la intimidad que merece: una intimidad devastadoramente espaciosa), la experiencia comunal y casi festiva de “The Rip“, el grand finale eleva-corazones de “Threads“, las olas de emoción supurante entre el público con “Glory Box“, las almas en fuego con “Roads” o, sobre todo, esa “Machine Gun” que marcó a fuego uno de los mejores momentos musicales del año con ese cierre apocalíptico y político seguido por el abrirse el cielo en un sol rojo de esperanza. Después de la oscuridad siempre viene la luz… Y después de un concierto de Portishead, por mucho que esta sea una experiencia perturbadora y profundamente desoladora, unos siempre se siente mucho mejor. Será porque, a día de hoy, pocas experiencias hay que te hagan sentir con tanta intensidad tu propia alma.

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VIERNES. 22 de junio.

KING CREOSOTE & JON HOPKINS. Puede que el escenario del Poble Espanyol se quedara grande para una experiencia tan sumamente íntima… Pero lo cortés no quita lo valiente, y la belleza inherente al “Diamond Mine” (Domino, 2011) que suma las genialidades de Creosote y Hopkins seguía intacta por mucho que se la escuchase como perdida en un laberinto espacioso.

BEAK> El proyecto paralelo de Geoff Barrow cada vez vuela más alto. En la Sala Razzmatazz, y abriendo la noche del viernes, supieron mantener el equilibrio a medio camino entre la exploración experimental de sonido circular y la vocación bailable de unos patrones rítmicos de dance hipnótico realizado desde la analogía.

PREFUSE 73. Scott Herren se plantó en The Loft con un compañero sorpresa: Teebs. Juntos: la locura. Básicamente, se la sudaba un público que estaba buscando texturas más amables. Lo suyo fue una carnicería en la que, de vez en cuando, dejaban crecer flores. Pero, ¡qué flores! ¡Y qué carnicería!

EDAN & PATEN LOCKE. Si cualquiera se plantó en la sala esperando encontrar al Edan de los 90, seguramente lo fliparía lo más grande con el frikismo de esta pareja que, más que dar un concierto, le buscaron los límites al formato concierto. Y los petaron.

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SÁBADO. 23 de junio.

ANÍMIC. Ferran Palau y compañía siguen creciendo a pasos agigantados. Si cualquiera pensaba que habían dado con la fórmula perfecta en su último “Hannah” (Les Petites Coses / Error! Lo Fi / BCore, 2011), ya se puede ir quitando de la cabeza la idea de que esto va a ser para siempre: un final de concierto a medio camino entre el kraut y la psicodelia (¿psykrautdelia?) hace pensar que el futuro de Anímic va a ser diferente… Pero igualmente jugoso.

MF DOOM. Salió. Estuvo en el escenario unos escasos quince minutos. Y se piró. Dicen que canceló la actuación en ese mismo momento porque no se encontraba bien, pero siempre queda la duda: ¿era eso o es que a este tipo se la suda todo? ¿Incluso su público?

BLANCK MASS. Con Fuck Buttons en pausa indefinida, Ben Power se dedica a explorar un ambient en tensión, como surgido de los sótanos de una central nuclear abandonada en la que empieza a crecer la vida. Verlo en directo impresiona: Power parece estar en trance y, cuando levanta la vista de su colección de aparatejos, lo hace para enseñar que más allá de sus ojos no hay nada… Está perdido. Dulcemente perdido.

CLARK. Dicen que fue la triunfada de la noche, pero yo no tenía el chichi para farolillos y el trozo que pude ver era demasiado jardcore para mi gusto. Perdónenme ustedes.

ROLL THE DICE. ¿Triunfadores de las dos noches? Sin duda. Detrás de una cortina blanca sobre la que se iban proyectando imágenes difusas e indefinidas, Roll The Dice operaban sus máquinas enfrentados el uno contra el otro y vestidos como mineros sucios y andrajosos. La rendición era inevitable: sus temas, largas progresiones que son como una caída libre a cámara lenta, te obligaban a entrar y a habitarlos como quien se queda a vivir en una casa encantada. Estos tipos tienen el futuro cogido por los huevos.

[FOTOS: Leticia Manzano]

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