Dos visiones diferentes (y enfrentadas) sobre “Voces” de El Último Vecino

“Voces” de El Último Vecino ha vuelto a dividir la opinión del público… Por eso mismo contraponemos la opinión de dos de nuestros colaboradores.

 

DAVID OPINA… En lo que respecta al acto creativo, repetir una fórmula no es exactamente incidir en una fórmula. Hay un pequeño matiz entre ambos conceptos, que quizás tenga que ver con el uso o no del piloto automático. Ese matiz es el que cambia ante las sucesivas audiciones de “Voces” (CANADA /Club Social, 2016), el segundo disco de El Último Vecino. La primera escucha le deja a uno con una mueca de discreta desaprobación ante la (solo aparente) repetición del patrón de canción presentado en “El Último Vecino” (Domestica Records, 2013). En la segunda escucha, empezamos a arquear las cejas. La tercera escucha es la que nos deja aplaudiendo de pie en nuestra habitación con lágrimas de emoción en los ojos. El Último Vecino, en esencia, no repite la fórmula, pero incide en ella.

Y es que aunque los temas planteados en “Voces” siguen la estela de la idea central de “El Último Vecino” al respecto de los miedos intrínsecos del hombre en el siglo XXI -curiosamente en dos discos tan deudores musicalmente del siglo XX- y las letras siguen siendo tan oscuras como lo eran entonces, quizás estas hieren más ahora (“Tú ya estuviste destrozada antes de conocerme”, empieza cantando Gerard Alegre en “Antes de Conocerme”). Posiblemente, esto se deba a la particularidad más evidente de “Voces”: el nuevo disco de El Último Vecino ha cambiado el tiempo verbal. Porque si el debut del cuarteto era un trabajo que hablaba en la primera persona del singular, masivamente centrado en el yo, este segundo álbum está emocionalmente formulado casi enteramente en la primera persona del plural. El “yo” se ha abierto a una especie de “nosotros”, un nosotros a veces aterrador, ocasionalmente amargo y, sin embargo, creo, esperanzado.

Los exorcismos emocionales (“La Noche Interminable”), los ajustes de cuentas sentimentales (“Nubes Grises”) y, sobre todo, esa recurrente obsesión en la búsqueda del refugio emocional (“La Entera Mitad“, “Mi Escriba”, “Tu Casa Es Mi Coraza”) dan cuerpo a “Voces”, una obra que a fuerza de acelerar un poquito el ritmo suena bastante más intenso que “El Último Vecino”, íntimamente épico, tierno y a la vez robusto. Y, aunque las deudas se le acumulen, musicalmente a Gerard Alegre (a las ya acostumbradas y múltiplemente nombradas influencias de La Mode, Aviador Dro, La Dama Se Esconde o New Order, aquí cabe citar también a los The Cure de “The Head On The Door” o más que nunca a los primeros El Último De La Fila), como todo el mundo sabe, las deudas en el mundo del arte se condonan si el producto resultante merece la pena. Y “Voces” excede ese calificativo, convirtiéndose por derecho propio en un disco irónicamente atemporal, así como una de las colecciones de canciones más excitantes y bonitas que he escuchado últimamente.

 

 

PATRI OPINA… El quid de “La Cuestión El Último Vecino” -que suena a plan de remodelación y desalojo urbanístico pero no es más que el hecho que haber pasado de ser una de las mayores fans de esta versión patria de Morrissey con ecos iancurtistianos que es Gerard Alegre Dòria a no aguantar siquiera la primera escucha por entero de su nuevo trabajo “Voces” antes de cambiar a cualquier otra cosa en mi lista de reproducción- podría resumirse en las palabras de una canción de otro artista que tampoco esconde (ni pretende hacerlo) sus enormes influencias musicales como Pet Shop Boys o Madonna, pero que por alguna razón jamás nos ha conducido al hartazgo en el que nos ha anegado EÚV. Estoy hablando de nuestro profeta-pop y santo personal Sagrado Corazón de Jesús: “Cuando la repetición era una virtud, los estilos tardaban centurias enteras en cambiar / los lugares comunes eran una manera de crear la sensación de comunidad que convertía en rave un fandango sin nada especial / pero que transmitía paz y familiaridad”. El problema es que en “Voces” nos falta la paz, nos sobra la familiaridad y abundan demasiado los lugares comunes.

Y eso que el disco no es en absoluto malo; al revés, sigue siendo efectivo en su búsqueda de bailoteos espasmódicos a los que es difícil no entregarse durante su escucha, los mismos que fueron responsables de ese amor a primera vista pero duradero que sentimos y profesamos con su primer disco… Pero puede que, simplemente, nosotros ya no busquemos meramente eso. Y el problema tampoco es que esas voces que dan título al elepé sean los ecos y coros de todos los ídolos de la personal parafilia para con la iconografía ochentera de Gerard aquí representadas -que ni falta hace citar, pues son clarísimas y se han señalado en numerosas ocasiones ya, entre las que si tal subrayaríamos la mímesis platónica de la ya imitativa fórmula de The Drums de los grupos ochenteros-, pues no es la inspiración en el pasado ni la reactualización nostálgica lo que condenamos. Lo que condenamos es más bien el hecho de que pillar un poqui de aquí y una poca de allá y amalgamarlo todo sin distinción ni real comprensión de su contexto quede, en última instancia, como un bullicio en el que nada es suficientemente fuerte ni concreto como para destacar fuera de los que sí son a todos efectos temazos y que aún conseguimos corear con el puño el alto“La Entera Mitad” y “La Noche Interminable”. El problema es que, es su conjunto coral, las fórmulas empleadas en “Voces” se hacen tan agotadoras como agotadas están.

Quizás el inconveniente del segundo trabajo de El Último Vecino sea, en definitiva, nada más que el hecho de que necesitamos y pedimos más de lo que este nos ofrece. Pero no es que sea culpa del disco: para utilizar una metáfora chusta pero que asemeja rápidamente las dos situaciones, esto es un poco como desenamorarse de alguien. Todo lo que antaño admirabas y apreciabas de una persona se te dibuja ahora cansino e hasta insoportable. Algo ha hecho que se rompiese el encanto, pero no es una acción concreta e identificable de la que la persona que ya no amas es responsable. De hecho, esa persona sigue siendo igual que cuando te enamoraste de ella… Y tú, simplemente, vas por otro e inevitable camino. Así que, Gerard: no eres tú, soy yo.

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