Deja lo que estés haciendo, sube el volumen de tus altavoces y flipa con esta sesión de Eats Everything: chorrazo de hits con dulce aroma oldie.

 

Reconócelo: el nombre artístico de Eats Everything te parece lo más grande. ¿Sí o sí? Sobre todo si, inconscientemente, lo traduces mentalmente cada vez que lo ves como Melocomo Tó. Lo dicho: imposible no hacerse fan de este hombre que, además de estar algo fofisano (aunque tampoco demasiado, no nos pasemos), se hace sesiones de foto en las que literalmente se lo come todo, incluida su propia camiseta, aunque en verdad tenga una pequeña gran desviación hacia los dulces y el chocolate. Pero, bueno, como todo hijo de vecino, ¿no?

Sea como sea, no estamos aquí para hablar de los hábitos alimentarios de Daniel Pearce, sino del hecho de que se ha marcado una sesionaquer muy tremenda para la última Boiler Room celebrada en Londres. Pero vamos por partes, porque es de suponer que habrá quien se esté preguntando: ¿quién es este hombre? Pues este hombre es uno de los djs con una carrera de ascenso más meteórico de los últimos tiempos: sus inicios estuvieron estrechamente ligados a los de Catz n Dogz, pero pronto voló lejos de los polacos explorando con sus platos unos paradigmas sonoros más oldies, menos post-modernos, más calentorros a lo “vieja escuela”.

Eats Everything se marca hora y media de hits en un chorrazo ultrasónico que se te mete dentro apelando a tu gusto por los beats viejunos, las voces souleras y las rítmicas proto-house.

Para que nos entendamos: en esta Boiler Room que nos ocupa, el de Bristol es capaz de cascarse el “Groove is in the Heart” de Deee-Lite y no sólo quedarse tan pancho, sino que incluso le queda bordado. Eats Everything se marca hora y media de hits con sabor a viejuno, ya sea a funk seventies o soul de radiofórmula 90s: un chorrazo ultrasónico que se te mete dentro apelando a tu gusto por los beats viejunos, las voces souleras y las rítmicas proto-house. Pero todo esto es palabrería de mercadillo: tú escucha lo que Eats Everything te ofrece y, aunque sigas llamándole Melocomo Tó, un respeto infinito va a nacer dentro de ti.

 

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