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Hay que reconocer que la brevedad de “El Dedo en la Boca” acaba jugando a favor de este libro de Fleur Jaeggy originalmente publicado en 1968 y ahora editado en nuestro país de la mano de Alpha Decay: si la autora no hubiera optado por practicar aquí la literatura como quien pega un puñetazo por sorpresa y sale corriendo, más que probablemente nos encontraríamos ante una obra oscura e impenetrable, de una opacidad difícilmente desentrañable. Por el contrario, el hecho de que “El Dedo en la Boca” sea una novela corta (¡cortísima!) acaba consiguiendo que el lector se vea abrumado sólo el tiempo necesario para no sacarlo de su zona de confort: no es esta una lectura fácil, puesto que Jaeggy se esfuerza continuamente en aniquilar cualquier atisbo de clasicismo al que el lector pueda aferrarse para ganar estabilidad.

No hay aquí un argumento propiamente dicho, y mucho menos un desarrollo siguiendo el esquema griego de presentación / nudo / desenlace: el lector aterriza directamente en la mente de Lung, la protagonista de “El Dedo en la Boca“, sin ningún tipo de contexto ni explicación que le ayude a orientarse y guiarse a través de lo que leerá en las siguientes páginas. De esta forma, alimentando la perplejidad del lector, Jaeggy consigue que este mantenga los sentidos abiertos y asimile su prosa como quien realiza un viaje fugaz a lo más profundo de una mente enferma. Las referencias están claras: desde el primer capítulo de “El Ruido y La Furia” de Faulkner hasta aquella oda al surrealismo en un entorno hospitalario que fue “Islas Flotantes” de Joyce Mansour. De hecho, “El Dedo en la Boca” guarda amplios parecidos con esta última obra, siendo ambas una especie de erupción psicótica y profundamente mental donde la poesía se ve continuamente vulnerada por un entorno puramente médico.

Aun así, lo que en Mansour es oscuridad, en Jaeggy es luz; lo que en Mansour es una afición extrema por la podredumbre del alma, en Jaeggy es una corrosión luminosa de esa estampa habitual en cierta literatura de principios del siglo XX en la que una joven protagonista va a un balneario para recuperarse de algún tipo de lánguida dolencia, entrando en contacto con caracteres peculiares, haciendo largas visitas a lagos y viajando en tren como cura interior. Todo esto está presente en “El Dedo en la Boca“, pero nunca ciñéndose a unos patrones clásicos: los personajes pintorescos se presentan aquí en la plenitud colorida de la imaginación de una niña, pero el lector puede percibir cómo debajo de este fresco de tonos amables late algo mucho más perturbador, algo que nunca se dice, algo que no hace falta que sea verbalizado para imponer en quien lee un ánimo de sospecha y de acecho predador.

También hay en “El Dedo en la Boca” otro rasgo típico de esa literatura europeísta de chicas y balnearios: asistimos al florecimiento intelectual de Lung, evidentemente, pero la niña no parece crecer al amparo de ninguna corriente de pensamiento o filosofía que le abra las puertas de un nuevo mundo intelectual… Por el contrario, la protagonista ve como su psique se ve totalmente moldeada a partir de la lucha de contrarios entre los Neutrales (doctrina impuesta por su tío-padre que huye de los absolutos dicotómicos tipo masculino / femenino) y los Costoro (una especie de secta oscurantista que representa valores ancestrales)…

Y, sin embargo, aunque todo lo dicho en esta reseña palpita en las páginas de “El Dedo en la Boca“, es necesario aclarar que no es algo que aparezca de forma ordenada y accesible: Jaeggy salta de una voz narrativa a otra, deja conceptos y frases a media, se enreda en pasajes de ruido mental donde lo importante acaba siendo la belleza de las palabras y cómo son utilizadas… Es esta novela una especie de caos mental que refleja a la perfección la paranoia esquizofréncia de cierta mentalidad europea del siglo pasado. Y no hay mejor forma de reflejar tal cosa que hacer lo que hace Fleur Jaeggy: practicar la literatura como terrorismo contra los valores y expectativas del lector.

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