György Dragomán nació en Rumanía en 1973, en una familia perteneciente a la minoría húngara establecida en este país. Actualmente, vive en Budapest y en 2005 publicó “El Rey Blanco” (publicada en nuestro país por RBA), que ganó el premio Sándor Márai y que ha sido traducida a más de veinte idiomas. Más que una novela compacta, es un conjunto de relatos cortos que retratan varios episodios de la vida de un niño de once años llamado Djata. Cuando el libro empieza, ya hace algunos meses que la policía secreta ha arrestado a su padre. Todos los que le rodean le dicen que ya no lo verá jamás porque está en el Canal del Danubio y se dice que quien es enviado allí ya no regresa jamás. Djata, que ahora vive solo con su madre, se niega a creérselo y los domingos siempre los pasa en casa porque, como a su padre se lo llevaron un domingo, está convencido que también volverá un domingo.

El narrador en primera persona de “El Rey Blanco” es un niño y el autor intenta imitar el estilo en el que narraría un niño, con frases larguísimas, redundancias y una sintaxis de lo más simple. Este truco es realmente peligroso, porque uno no puede nunca estar seguro de si la simplicidad es buscada o simplemente incapacidad narrativa. Sin embargo, en esta ocasión funciona: uno pronto queda absorbido por las desventuras que nos relata Djata y se olvida momentáneamente de cuestiones estilísticas para disfrutar de lleno de la historia. Otro defecto en el que, dada la premisa argumental, podía caer esta obra era el del sentimentalismo y la sensiblería, pero no es así. A pesar de tratar de los infortunios de un niñito en un país comunista gobernado por una dictadura férrea y cruel (punto de partida ante el cuál más de uno puede echarse a temblar), “El Rey Blanco” es una comedia, una comedia a veces cruel y a veces grotesca, pero siempre fresca, imaginativa y espontánea, con aires de aventura picaresca.

Giörgy Dragomán ha escrito una obra llena de miedo y violencia. Djata vive en un mundo en que no sólo hay peleas sangrientas con los otros niños del barrio o la escuela y duras palizas de profesores y entrenadores de fútbol, sino que incluso todos los adultos pueden azotar a los niños que pasan por la calle sin tener que dar explicaciones y una cola en el supermercado puede acabar en una batalla campal. Aún así, “El Rey Blanco” no cae nunca en el melodrama y relata todos los episodios con partes iguales de sentido del humor y de honestidad. A pesar de todo, Djata sigue siendo un niño que hace travesuras, se mete en líos de los que el lector se pregunta cómo va a salir, descubre el encanto que pueden guardar las niñas en la entrepierna, se gasta el dinero de la clase en las máquinas del salón recreativo y luego se ve obligado a buscar un método para escaquearse, busca oro en una mina abandonada, encuentra películas pornográficas en el almacén de un viejo cine, se enrola en una guerra brutal con los niños del barrio vecino… Es un libro lleno de vida. Puro entretenimiento.

[Núria Casademunt]

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