Confieso, que, cuando terminó esta película, se me quedó cara de “Ostia, no sé si he acabado de entender algo”. Más tarde, poniendo los hechos sobre la mesa, ves que sí, que algo has pillado… pero tampoco tanto. Tienen que pasar unas horas, una semi-extensa reflexión y algo de Wikipedia para no sentirte una completa retrasada. “Tinker, Tailor, Soldier, Spy“ (me niego a llamarla “El Topo”) , basada en el best-seller de John Le Carré, es ciertamente una película de difícil comprensión, pero no por ello críptica o elevada, aunque sí necesita un alto grado de atención por parte del espectador. Paradójicamente, su trama es bien simple: hay un topo soviético en lo más alto de los Servicios de Inteligencia británicos, que ellos llaman Circus (por su proximidad a Cambridge Circus). George Smiley (Gary Oldman), agente veterano retirado a la fuerza después de la destitución del alto mando, será el encargado de descubrir quién de los cinco hombres de la cúpula es el traidor. Punto pelota.

Claro que Tomas Alfredson, director también de la acertadísima historia de vampiros pre-pubers “Déjame Entrar”, no nos lo pone tan fácil. Empieza entrando de lleno en el meollo, con un espía británico tiroteado, enviado por Control (mítico John Hurt), el jefazo de los espías británicos, para conseguir el nombre en clave del topo. A partir de ahí, y una vez desplazado Control de la cúpula debido a este grueso error y posterior muerte natural, el rumor del topo llega a Lacon (jefe del llamado Servicio Civil, mano derecha del Primer Ministro) que asigna al melancólico y paternal agente Smiley la misión de descubrir y cazar al topo que está poniendo en jaque la seguridad de occidente. Será el “desertor” Ricky Tarr (Tom Hardy), gracias a un affaire con la mujer de un agente ruso, quien dé una de las principales claves para, tirando del hilo y de una forma brillantemente analógica, descubrir quién es el traidor. Porque de lo que nos habla Alfredson es de eso: del compromiso y de aquellos que “por motivos estéticos o morales” (como dice el topo una vez cazado) lo transgreden e, inevitablemente, lo traicionan. En una época donde los escándalos financieros, los empresarios corruptos y los políticos sin escrúpulos están a la orden del día, “Tinker, Tailor, Soldier, Spy” es más contemporánea de lo que aparentemente parece.

Olvidémonos del imaginario clásico: aquí no hay ni chicas Bond, ni piruetas en Aston Martins, ni agentes sexies con mil gadgets hi-tech. Alfredson retrata la vida del espía como la de un funcionario: gris, un poco freaky, tirando a casposete y solitario. Mucha pana, mucha felpa y mucho tweed. Domina una estética sobria, apagada, rozando la serie B en la que destacaría esa sala insonorizada en la que la cúpula se reúne (un pequeño bunker-ataúd retro), unos secundarios de auténtico lujo (Colin Firth, Toby Jones, Ciarán Hinds o David Dencik) y una serie de metáforas visuales en ocasiones obvias pero muy personales. Y no sólo eso: destacar el fantástico, sobrio pero efectivo montaje a base de flashbacks y, sobre todo, a “cara de vieja” Oldman, ese maravilloso actor semi-olvidado por muchos y del que celebro su rescate para la gran pantalla, no sólo en papeles secundarios como el Comisario jefe de Gotham, sino para papelazos, que es para lo que realmente vale. Oldman es pura contención, puro arte interpretativo. Su economía gestual, sus miradas, sus silencios son precisos y acertados, reinventando así el personaje al que Alec Guinness ya dio vida en la serie que la BBC hizo de la novela de Le Carré. Smiley se nos muestra riguroso y justo, con aspecto de profesor de literatura y un punto romántico (podemos oír el crujido de su corazón roto en pedazos tras el fatal descubrimiento de la infidelidad de su mujer) y que mantiene un curioso pulso mental con su homólogo soviético, Karla, un ente para el espectador (ya que nunca lo vemos en pantalla) que parece poseer parte del alma de Smiley con ese mechero simbólico que tanto le pesa.

Después de ver la maravilla pre-digital que ha compuesto Tomas Alfredson, miro con otros ojos a John Le Carré, ex-agente del MI6 por cierto, que para mí era más bien una lectura de madres, y me pregunto si es verdad que revolucionó con su “Karla Trilogy” la novela de espías. Desafortunadamente, no he leído la novela así que no puedo decir eso de “el libro es mejor”. Pero, desde luego, la película sí es mejor. Es mejor, más profunda y sutil de lo que uno puede esperar de una simple película de espías.

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