¿Qué mejor manera de mirar por fin de frente al otoño y despedir la canícula que con un álbum que se titula “Last Summer” (Merge / PopStock!, 2011)? Si, además, se trata de un disco tan cargado de buenas intenciones y cuidadas canciones como lo es el estreno de Eleanor Friedberger en solitario, sólo puede augurar cosas buenas para los próximos meses de frío. Y no, no es que me haya tomado una infusión de estramonio para desayunar: es, sencillamente, que últimamente son pocas las ocasiones en las que podemos disfrutar de un trabajo de estas características, tan sincero, tan abierto y sin ningún tipo de impostura o necesidad encubierta.

Con “Last Summer”, la Friedberger pasa a formar parte de la lista de artistas que optan por el escarpado camino de la aventura en solitario y ya es casi capitana de la Liga de nuestros flequillos favoritos. No sabemos si a la sazón es formalmente ex componente de The Fiery Furnaces o si el que nos ocupa es sólo un paseo tranquilo y corto por la orilla de su propia creatividad, pero no cabe duda de que si lo que necesitaba esta mujer era libertad, la separación de Matthew, su siamés musical y hermano en la vida real, le ha sentado de fábula. Pocas veces una separación puede ser tan cálida.

En estas canciones, Eleanor se presenta con una desnudez compositiva sorprendente. Despojada de los arreglos manieristas a los que acostumbra su banda, su piel refleja la luz y desgrana temas simples y acústicos y de una humildad extrema, lo cual no quita que en cada uno se permita jugar con un género y con otro, balanceándose del pop brillante al rock electrificado, y experimentar con instrumentos que sirven para disfrazarla con diferentes entidades que en ningún momento dejan de sonar a ella. Con “My Mistakes” abre el disco pletórica, con un rock clásico, de estructura muy noventera y simple, en la que hasta se permite dejarse llevar por el poder del saxo, que es a este 2011 en música lo mismo que el color blocking en moda. Aquí ya, de entrada, se abre en canal y, antes de que te olvides de que “Last Summer” es su manifiesto en solitario, se confiesa: “You know I do my best thinking when i’m flying down the bridge”. No regrets, claro. Pero fácilmente esta es una de las mejores canciones que ha cantado esta mujer en toda su carrera: se adapta a su voz, se amolda a sus habilidades y sin necesidad de muchas complicaciones se erige en una de las mejores canciones del año.

Muchos son los temas de este álbum que comparten esa emoción de estar al filo pero satisfecha por intentarlo, como en “I Won´t Fall Apart On You Tonight“. Que su título emo no lleve a engaño: se construye sobre un piano refulgente que se viste con retazos de Northern Soul y que a la cantante le sientan de lujo. La mayoría de los temas son vivaces postales de un Nueva York visto desde una visión inocente, casi de turista, con momentos costumbristas y, sobre todo, muchísima nostalgia. Quizá “nostálgico” sea el adjetivo que mejor se ciñe a estas canciones, porque en ellas hay una nostalgia latente y revivida a través de una fascinación manifiesta por los sonidos retro y las visiones claras de un pasado cercano plasmadas en unas letras sencillas y directas, sin metáforas ni figuras rebuscadas. “Roosevelt Island“, “Scenes from Bensonhurst” u “Owl’s Head Park” recogen momentos diminutos de un día a día que Eleanor convierte en preciosos minutos de luz y melancolía, apoyándose sobre todo en los teclados, personaje principal de esta pequeña historia, que se dejan acompañar coquetamente de instrumentos mundanos (triángulos, harmónicas, palmas…) sin temor a sonrojarse por su simplicidad.

No hay en este disco grandes aspavientos, ni tienen cabida aquí las fumadas ni las pajas mentales. Esta mujer se nos ofrece con las manos llenas y en calma. “Esto es lo que soy”, parece decir. Sin tener que apelar a una producción desbordante ni a recursos extra musicales. Un pedazo de cotidianeidad y un oasis en estos tiempos de arreglos pretenciosos y discursos musicales forzados y sesudos.

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