El mundo de la moda se despertaba la semana pasada con un nuevo culebrón que venía de la mano de la siempre polémica y encantada de conocerse (o no tanto) familia Gucci. Vogue se hacía eco de un comunicado publicado en WWD que anunciaba que The Gucci Group (ese Ente que tú ves ahí) había interpuesto una demanda en Florencia contra Elisabetta Gucci, bisnietísima de Guccio Gucci, fundador de la marca. La demanda le cae a Elisabetta por utilizar su nombre para su propia compañía hotelera, que quiere abrir una serie de ídems en Dubai (Elisabetta Gucci Hotels es el discretísimo y originalísmo nombre escogido). La compañía italiana ha querido dejar claro desde el primer momento que no tiene ningún tipo de relación con esta maniobra inmobiliaria y, en absoluto, quiere que el nombre de la marca se asocie al emporio hotelero que Elisabetta pretende edificar en Dubai, que ya se sabe que es cuna del buen gusto y el savoire faire. Si la demanda la interponen por una cuestión de clase o estrictamente monetaria, es una duda que no queda desvelada en ningún momento en este fuego cruzado. Ahora, señores, yo tengo una compañía de lujo y me abren una cadena hotelera con mi nombre en ese epicentro del Demonio y del cutrerío pijo humano jetsettero que es Dubai, y también muevo cielo y tierra para que no pase.

Lorens Ziller, director gerente de la compañía (y también afectado por la demanda Gucci, que se extiende a todo personal envuelto en los deseos inmobiliarios de Elisabetta), sale al paso para defender a su futura jefa y dice que el único pecado que ha cometido ha sido apellidarse Gucci, y que no tienen ninguna intención de utilizar el nombre en su propio beneficio. Ja ja. Con estas, Gucci se alza con el Premio a Familia más folletinesca del Fashion World, con un currículum de demandas, follones, idas y venidas de juzgados que ríete tú de Ana Obregón y el Miamigate.

Los Gucci son así, como los Thyssen: no tienen problemas en tirarse los trastos a la cabeza cuando se trata de mantener la dignidad de su nombre (Ja ja otra vez). La Compañía (y este post parece ya una sinopsis de “Inception“), se querelló contra Paolo Gucci, el diseñador de la mítica G del logo – y padre de Elisabetta– , al que despidieron y que mantuvo una ardua lucha por derechos de autor. Paolo acusó a su propio padre, Aldo Gucci, de evasión de impuestos, y el propio Paolo afrontó meses de cárcel por no pagarle la pensión a sus hijos. Pero la parte más divertida del culebrón Gucci se vivió en 1998 cuando Patrizia Reggiani fue acusada de encargar el asesinato de su ex-marido, Maurizio Gucci, en 1995. Le cayeron nada menos que veintiséis años de cárcel. Se dice que la policía encontró unas notas en el diario de Reggiani que decían “No hay crimen que el dinero no pueda comprar”. Ya sabéis, cuando la policía ve colillas… Reggiani se hizo popular por aquél maravillos statement en el que decía que prefería llorar en un Rolls Royce antes que ser feliz encima de una bici. Y con esto Carlos Berlanga hizo una canción, y se dice, que Ridley Scott hará una película.

[Estela Cebrián]

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