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Ciencia ficción refinada en ficción social; y esta, a su vez, transformada en realidad, pura y dura. Según las normas que rigen la lógica de Charlie Brooker, la conclusión final sería que la ciencia ficción es la realidad, la nuestra de cada día que vivimos hoy, aquí y ahora, no mañana. Porque, dentro de la cabeza de uno de los creadores televisivos actuales más inspirados y rompedores, el futuro es simplemente el presente. En consecuencia, según su particular lógica (otra vez) no hay nada más aterrador que ser consciente de que las disfunciones de un hipotético futuro, más o menos lejano, están comenzando a suceder en este preciso instante. Black Mirror, su obra para el canal Channel 4 y culmen de los seriales contemporáneos producidos en Gran Bretaña, representa la quintaesencia de esa interpretación, insertando las nuevas tecnologías de comunicación y relación de masas en situaciones imaginadas que se apartan de la recreación artificiosa e imposible: los efectos visuales son naturales y absolutamente creíbles para el espectador, el cual acaba asimilando cada escena con la sensación de que, de un momento a otro, como ser tecnológico que es (aunque no se considere como tal), la vivirá directa o indirectamente en sus carnes.

He ahí la primera de las virtudes de “Black Mirror”: insinuar al televidente que está a punto de traspasar la pantalla para quedar absorbido por lo que ve a través de ella, del mismo modo que le ocurre cuando se conecta a cualquiera de sus dispositivos de última generación para seguir los vaivenes de la existencia propia y ajena. La segunda reside en la manera en que se consuma ese acto de impregnación multimedia: temporadas cortas compuestas, cada una de ellas, por tres capítulos auto-conclusivos (siempre con personajes únicos e irrepetibles) de planteamientos diáfanos, nudos que se van explicando por sí solos y desenlaces que mezclan sorpresa y reflexión. No hace falta nada más. A partir de ahí, se establecen dos niveles de paralelismos: 1) Entre la historia que propone cada episodio, nuestra verdadera realidad y cómo esperaríamos o desearíamos que lo visto se trasladase a ella; y 2) Entre los tres capítulos de la primera temporada y los de la segunda, a pesar de que, en teoría, funcionan como elementos independientes.

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Así, se entrecruzan y se retroalimentan temáticas que abarcan aspectos de la política, los mass media y las redes sociales virtuales. Si, en su primera tanda, “The National Anthem” (quizá el capítulo más célebre de la serie gracias al inesperado protagonismo de un cerdo) constataba el creciente poder de los resortes de Internet sobre la administración política al retransmitir y amplificar en directo la degradación personal, familiar, profesional y moral del primer ministro británico, en su continuación “The Waldo Moment” da el relevo a otro animal: un oso azul en versión digital. Aquí se mezclan varios detalles del mundo de la política que nos resultan familiares: ansias por medrar, escándalos sexuales, soberbia e incompetencia. Tal mejunje provoca que un dibujo animado por un humorista y materializado en las pantallas se arrogue el papel de azote de los mandatarios en representación del pueblo a base de exabruptos y chistes cáusticos. Suena delirante, pero no lo es tanto: en Italia, el cómico Beppe Grillo irrumpió con fuerza en las últimas elecciones generales; y, en un nuestro país, estamos acostumbrados a ver cómo gente vinculada a la cosa pública expresa toda su agresividad (un “que se jodan” por aquí, una peineta por allá…) sin tapujos o cómo el mismo presidente del gobierno se convierte en un torso parlante visualizado en un plasma. Así que no nos parecería tan extraño que un monigote artificial encerrado en cristal líquido acabara liderando una alternativa política. Pero lo peor del asunto llega con su contradictoria moraleja final: destruir el sistema vigente podría desembocar en otro más peligroso de tintes totalitarios y alcance planetario dominado por agentes oscuros, entre ellos, los medios de comunicación. ¿Es eso lo que buscamos?

Otro anhelo humano es la fama, que se pretende alcanzar rápida y cómodamente. “15 Million Merits” mostraba una gigantesca fábrica de sueños, a medio camino entre el talent-show y “Gran Hermano”, en la que los aspirantes buscaban su (en apariencia) refulgente pedazo de gloria en una especie de perversa rueda de hamster hiperconectada a la red y con avatares en vez de personas como audiencia. Su cara opuesta sería “White Bear” (de un oso azul pasamos a uno blanco), que recicla el concepto del ‘ojo que todo lo ve’ orwelliano en voyeurismo digital extremo. En este caso, la persona vigilada por cientos de observadores, móviles en mano, es una chica amnésica y desorientada que debe huir de un peligro latente como si fuese la protagonista de un refrito de “Blanco Humano” (John Woo, 1993) y “Battle Royale” (Kinji Fukasaku, 2000). El juego de persecución post-apocalíptico plagado de cíber-zombies, sin embargo, no es lo que parece: se trata del proceso por el que debe pasar la prisionera (culpable de cooperar en un asesinato) de una cárcel convertida en parque temático para el disfrute de un público ávido de grabar cada uno de sus pasos. Es, lo que se podría denominar, la ‘iJusticia’, pensada para ser registrada en vivo mientras se martiriza en bucle al castigado. O lo que es igual: el siguiente nivel del linchamiento realizado verbalmente en platós de televisión y estudios de radio o por escrito vía Twitter. La crueldad de esta versión futurista de la tortura o, yendo más allá, del ‘ojo por ojo, diente por diente’, se muestra en todo su esplendor en los créditos finales del capítulo, entre los que se desmenuza la tramoya de tan aberrante espectáculo. Ya lo afirmó Hobbes en su “Leviatán”: “El hombre es un lobo para el hombre”. Una dualidad que refleja su condición salvaje a la par que débil.

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En parte de esa fragilidad humana se encuentra la memoria, aunque en “The Entire History Of You” se había hallado el artilugio definitivo (en forma de microchip) para conservarla como una materia indestructible y rebobinable: los recuerdos no se olvidaban ni se borraban, sino que se usaban como herramientas que empezaban por facilitar la resolución de problemas y terminaban por causar paranoia y obsesión enfermiza. ¿Y qué habría que hacer para, además de no perder esos recuerdos, mantener con vida a la persona con la que se compartieron una vez fallecida? La respuesta la ofrece “Be Right Back”, que plantea la fórmula para materializar el milagro de la resurrección aprovechando el rastro digital del fenecido, principalmente, en las redes sociales: palabras, frases, fotos, vídeos… Todo vale para crear la traducción en código binario del alter ego freudiano con una fidelidad tan radical que se llega a dudar de cómo era verdaderamente la persona de carne y hueso. Porque una cosa es nuestro ‘yo’ real y otra el ‘súper-yo’ que deseamos que aparezca ante los demás en el mundo virtual: bello, fantasioso e idealizado. Así se muestra en el episodio el ser antes humano, venido del más allá, con voz electrónica e incluso cuerpo gelatinoso, preparado para satisfacer todas las necesidades (TODAS) de su pareja en vida, hasta arrastrarla a una realidad paralela demasiado perfecta. Ahí reside su gran defecto: en la excelencia formal del objeto, que contrasta con su vacío emocional. Confirmada su inutilidad, de idéntico modo que se abandonan en el desván (literal o metafórico) los recuerdos que han perdido todo su valor, se encierra en ese polvoriento lugar al clon post-mortem esperando a que caiga en un imposible olvido.

Nada de lo que se relata en las dos temporadas de “Black Mirror” parece real. Pero lo es. O, al menos, está a punto de serlo: quién sabe si dentro de cinco minutos, el próximo año o durante la siguiente década… La distopía se encuentra a la vuelta de la esquina, aunque nadie se dé cuenta de ello porque las miradas se mantienen fijas en pequeñas pantallas mientras los rostros se reflejan en sus espejos negros, sin intuir las dramáticas consecuencias de la tecnocracia en un mundo muy poco feliz.

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