Parece que fue ayer, pero cuatro largos años han pasado desde que el gran Grohl y sus acompañantes publicaran su último material, “Echoes, Silence, Patience & Grace” (RGA, 2007): un trabajo irregular que sembró de dudas la capacidad de Foo Fighters de seguir presentando trabajos a la altura de los de su debut homónimo de 1995. Este tiempo no ha sido desaprovechado por el risueño Dave (una de las figuras más simpáticas del rock contemporáneo… dicen los que le conocen), quien ha participado en diversos proyectos de compañeros con colaboraciones y ayudas en producciones (como la de Slash en 2009); y hace dos años se descolgó con uno de los proyectos más ambiciosos de los que hemos oído hablar en estos últimos tiempos formando Them Crooked Vultures, un trío junto a Josh Homme y John Paul Jones que ofreció un destacado debut en el que el personaje que nos ocupa se desmelenaba con una actuación en la batería a la altura de sus mejores años a principios de los 90 con Nirvana.

No nos engañemos: el problema de Grohl, algo que muchos le siguen echando en cara, es la alargada sombra de su formación original. Pero seamos justos, ya que hay que reconocer que estamos ante uno de los mejores baterías en activo, además de un tío con la capacidad de crear auténticos himnos y posteriormente interpretarlos con una naturalidad aplastante como una verdadera rockstar delante de miles de personas, habilidad de la que no demasiados músicos pueden hacer gala. Es por ello que los argumentos tipo “Foo Fighters no valen; el bueno de Nirvana ya no está vivo” no resultan ni válidos ni convincentes a estas alturas de la película, cuando Grohl se ha sacado de la manga una formación que hace tiempo que ha dejado de vivir de las cenizas de Kurt Cobain y la ha convertido en uno de los grupos más exitosos del momento a nivel mundial. Coincide además su séptimo trabajo con la intención de desquitarse de esos fantasmas de manera definitiva, como si quisieran cerrar el círculo que se abrió hace 20 años con el lanzamiento de “Nevermind” (DGC, 1991): Butch Vig vuelve a los mandos de la producción y los créditos incluyen entre otros al mítico Bob Mould (Hüsker Dü) y, sobre todo, a Krist Novoselic, bajista de los de Seattle y que participa aquí en una de las canciones más emotivas del trabajo gracias a unas letras llenas de referencias a Cobain de principio a fin: “I should have known that it would end up this way (…) /didn´t hear your warning (…) /to leave my heart in debt”…

La realidad es que nos encontramos ante uno de los mejores discos del quinteto: “Wasting Light” (RCA, 2011) podría colocarse a la altura de sus primeras obras y no sufriría con la comparación como pasaba, sin ir más lejos, con el ya lejano “Echoes, Silence, Patience & Grace“. A sabiendas del exceso de acústicas que había incluido en sus últimas grabaciones, Grohl fue calentando el ambiente durante los meses previos afirmando que era su trabajo “más rockero hasta la fecha” o que “había sido compuesto íntegramente a base de guitarras eléctricas”. El primer adelanto, “White Limo”, desde luego no dejaba lugar para la especulación: se trata de una acelerada composición más cercana al hardcore que al rock de estadio que venían produciendo en estos últimos años, y que vino presentada a través de un vídeo con cameo de Lemmy de Mötorhead incluido, definitivamente la canción más heavy de este trabajo. Más tarde llegaron “Rope” y “Bridge Burning” en forma de teasers de treinta segundos no aptos para fans histéricos. Y, finalmente, ya era hora, el trabajo al completo. Un conjunto de once canciones que siguen el patrón que caracteriza a las composiciones más clásicas de Grohl, Mendel y compañía: guitarras potentes, buen trabajo en la batería de Hawkins, amplificadores al máximo, unas líneas vocales notablemente mejoradas y la base que los ha hecho triunfar y llenar estadios de todo el mundo. Eso es: grandes melodías, las que llenan temazos como “Arlandria”, “Dear Rosemary” o la versión completa de “Rope”.

La sensación final es la de que el quinteto de Washington se ha sacudido las dudas que venía presentando desde hace ya unos cuantos años creadas a base de discos que sin caer en el tedio, no presentaban la calidad que se les presupone a gente con la experiencia y los antecedentes de estos músicos. “Wasting Light” es un disco rotundo que, sin llegar a ser brillante (pues sigue habiendo varios temas de relleno), deja bien a la vista las virtudes de una banda comandada por un galáctico en este mundillo que, cuando se pone serio, es capaz de facturar auténticos pildorazos que llenarán estadios y festivales en los próximos meses. Hay vida después de Nirvana. Por mucho que a algunos les pese.

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