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EL JUEGO. Final Fantasy XIV: A Realm Reborn” hace tiempo que suena como la renovación definitiva de “Final Fantasxy XIV“, el mundo online que dio continuidad en 2010 a “Final Fantasy XI” y que, pese a todo, fue recibido con críticas bastante tibias. Precisamente por ello, desde el mismo lanzamiento de aquel MMORPG (para neófitos: Multi Massive Online Role Playing Game… o lo que es lo mismo: un juego de rol para jugar online con otros compañeros), los equipos de Square-Enix se pusieron a trabajar para mejorar todos los puntos criticados y entregar a los fans de la saga y a los jugones en general el MMORPG definitivo: inicialmente subtitulado “version 2.0”, al final se le añadió a esta continuación de “Final Fantasy XIV” lo de “A Realm Reborn” porque, efectivamente, de lo que estamos hablando aquí es de un renacimiento en toda regla. El argumento ha sufrido un salto temporal de cinco años, estableciendo así poderosos lazos con la narración de su predecesor que se irán desvelando a medida que la trama avance. Y, sobre todo, muchas han sido las mejoras: un nuevo (y poderoso) motor gráfico, una mejoría absoluta de las estructuras de los servidores y, sobre todo, un gameplay revisado para adaptarse a los tiempos que corren y para hacer la experiencia de juego algo fluído como la seda. El resultado es, como no podía tratarse de otra forma al hablar de la saga de la que estamos hablando, impresionante. Pero no avancemos acontecimientos y adentrémonos en la primera partida de “Final Fantasy XIV: A Realm Reborn“.

 

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PRIMERA PARTIDA. Final Fantasy XIV: A Realm Reborn” se abre como todos esperamos que se abra cualquier juego de la saga “Final Fantasy” a estas alturas: con una intro a la altura. Pero en esta ocasión, sin embargo, puesto que no tendremos un plantel de protagonistas cerrado (tal y como ocurre en los títulos offline de la serie), está claro que la intro no podrá ser una presentación de personajes: aquí, el dragón gigante Bahamut (viejo conocido para los fans) adquiere especial protagonismo como destructuro del planeta Eorzea. Básicamente, esta pieza introductoria escenifica lo que ocurre al final de “Final Fantasy XIV“, emplazándote cinco años después pero sin explicarte tampoco demasiadas cosas. Mejor. Que ya tendremos (mucho) tiempo para ir descubriendo la trama.

Una vez superada la intro, toca un clásico de este tipo de juegos: de una forma similar a la saga “The Elder Scrolls” (por poner un ejemplo cualquiera), antes de meternos en materia lo imprescindible es crear a tu personaje en base a unos parámetrros básicos… Unos “parámetros básicos” que en “Final Fantasy XIV: A Realm Reborn” son tan extensos que abruma. Lo primero es escoger tu raza (y sexo): Hyur (humano), Elezen (elfo), Lalafell (enano), Miqo’te (hombres felinos) o Roegadyn (gigantes). Y si piensas que eso ha sido sencillo espera, porque cada raza tiene dos tipos de clanes difernetes entre los que debes elegir, cada uno aportando variaciones. En mi caso, mi opción es un robusto Hyur Highlander. A partir de ahí, toca jugar con la altura, el tono muscular, el tono de la piel, el pelo, el color del pelo, la cara, la mandibula, la forma de los ojos, el tamaño del iris, el color de los ojos, las cejas, la nariz, la boca, el color de los labios, los rasgos de la cara, los tattoos, el color de los tattoos, la pintura facial, el color de la pintura facial y, finalmente, la voz. Algunos de estos rasgos, evidentemente, son prescindibles si eso es lo que quieres: si prefieres no ser un garrulo lleno de tattoos y pintura facial, puedes optar por obviar estos pasos. Para finalizar el tuneo de tu personaje, tan sólo te falta escoger una edad del calenario eorziano, una deidad a la que rendirás tributo (en mi caso, me decanto por la sabiduría de Thaliak), la clase de tu personaje (conjurador para mí) y el mundo en el que quieres habitar (teniendo en cuenta que los “mundos” son al fin y al cabo los “servidores”)… ¿El último toque? Escoger un nombre. ¡Y a jugar!

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Tras otra pequeña animación (con tu personaje ya finalmente modelado flotando en un espacio vacío e iniciando una batalla contra un tipo chungo vestido de negro y con máscara), arranca la acción: despiertas de un sueñecito en una carreta acompañado de gente apacible. Cuando todavía estás algo amodorrado, aparecen unos moguris (¡bien! ¡Un “Final Fantasy” con moguris siempre es un 87,59 % mejor!) que te preguntan si has visto algo raro. Bueno, algo más raro que el hecho de que les estés viendo a ellos, porque no todo el mundo puede verles. Ante tu negativa, los moguris se marchan volando y te dejan en compañía de uno de los viajantes de la carreta: Bremondt. Antes de que podáis charlar tranquilamente, sin embargo, la carreta es detenida por unos soldados que se disponen a luchar contra unos monstruos para permitiros así una huida de rositas. Gracias a ellos, llegáis sin sobresaltso a la ciudad de Gridania, que resulta ser tu destino. Te apeas, te despides de Bremondt… Y ahora sí que empieza todo. Puedes sentirlo especialmente cuando la pantalla se ve ocupada por fin por el título de “Final Fantasy XIV: A Realm Reborn“.

Como en las puertas de la ciudad no te puedes quedar, te adentras más allá de la muralla y te encuentras, asi como quien no quiere la cosa, con tu primera misión: un tal Bertennat te pide que hables con Mother Miounne en el interior de un inmenso edificio que no queda demasiado lejos. Esto te sirve, básicamente, para ir familiarizándote con la dinámica de misiones. Los continuos tutoriales (por lo menos, en esta parte del juego) son poco intrusivos: un pop-up se activa y, en escasos dos o tres pasos, ya has aprehendido alguno de los conceptos imprescindibles para jugar a “Final Fantasy XIV: A Realm Reborn“. En este caso, este es el concepto de misión sobre el que va a pivotar todo el resto: aceptas la misión, entras en el edificio, hablas con Mother Miounne y, ¡voilà!, misión completada.

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