Ginferno no es el típico grupo con la típica historia con el típico modus operandi. No. El combo madrileño rompe con todos los convencionalismos propios de la industria discográfica y de sus actores principales: los músicos. Pocos artistas o bandas podrían justificar que, entre el momento de su entrada en escena y la publicación de su primer disco (“Ginferno”; Alehop! / Beat Generation / Gssh Gssh, 2004), hubiesen transcurrido siete años; y que su continuación (“Mondo Totale”; Ginferno / Sicofonías Paganas / Gramaciones Grabofónicas / Gandula / El Rancho, 2012) hubiese llegado tras un paréntesis de similar duración. Pero, más allá de explicarlo razonablemente, pocos serían capaces de soportar tal ritmo de trabajo, ya que la voracidad del mercado musical los aniquilaría irremediablemente. Ginferno están hechos de otra pasta, lo que les permite garantizar su supervivencia y mantener su estatus de veteranos fundamentales del underground de la capital de España, a pesar de que en su devenir tuvieron que sufrir varios cambios en su alineación y adoptar renovados puntos de vista con respecto a sus objetivos creativos.

Del punk-rock arenisco, agitado y explosivo al libertinaje estilístico. Así se describiría la transición perpetrada por Ginferno durante su último periodo de silencio aparente (sus miembros nunca cesaron su actividad en otras lides); atrás quedaron las primitivas sacudidas eléctricas proyectadas desde una esquina polvorienta. El actual sexteto (Kim Warsén, voz, flauta y teclados; Federico Levenfeld, batería-en-el-suelo y percusión; Javier Díaz-Ena, contrabajo y bajo eléctrico; Dani Fletcher, guitarra, sitar eléctrico y sintetizadores; y Dani Niño y Andrés Arregui, saxos barítonos) se presentó un buen día en el infierno para vender sus almas al diablo, cerrando el mismo trato que, según cuenta la leyenda, el bluesman Robert Johnson habría firmado para convertirse en el mejor guitarrista vivo sobre la faz de la Tierra. Parece que Ginferno no pidieron ser la mejor banda del universo, sino domesticar el arte musical a su antojo, sin ataduras ni presiones de ningún tipo. Esta libertad ilimitada se materializó en una ingente cantidad de canciones (finalizadas y sin rematar), de las cuales diez fueron a parar al núcleo de este “Mondo Totale” (editado a mediados de 2011 en formato digital) y otras catorce se integraron en otra rodaja complementaria dentro de un doble álbum en vinilo de 12’’.

En el interior de la añeja carpeta de cartón se aloja un LP sorprendente y radical, un compendio de sonidos, ritmos y sensaciones inigualable en el teatrillo musical patrio. Todo aquel que busque la sublimación del rock, reforzado y retocado por influencias tangenciales, como serían el jazz, el son latino o la instrumentación importada de latitudes lejanas, aquí lo va a encontrar. Ginferno consiguen ese resultado porque se muestran plenamente conscientes de lo que pretenden y funcionan como una máquina muy bien engrasada, en la que habría que destacar la labor de uno de sus recientes fichajes, Javier Díaz-Ena, y la inclusión de los saxos barítonos, que proporcionan el elemento diferenciador en varias composiciones. Ese tono refrescante se aprecia desde el segundo inicial de “Madagascar And The Circle Of Lemurs” (tema que descorcha “Mondo Totale” enlazando riffs rockeros tropicalistas con desatados vientos jazzísticos), se prolonga en “Caspian Love Boat Number 9” (cóctel de bossa, tradición porteña y cristalinos punteos de guitarra) y se detiene, a medio camino, en “Telescopic Eye”, que logra lo imposible: insertar golpes sincopados de post-punk en una ambientación que luciría impecablemente en el mítico plano-secuencia que abre “Sed de Mal” (Orson Welles, 1958).

Este ejercicio de estilo rebosante de clase alcanza sus cotas más deslumbrantes cuando se acerca al rock de los 50 repleto de brillantina, chulería y tupés erguidos: “Shanghai Billy” captura la clásica esencia lustrosa del rockabilly mediante el acompañamiento, a la vieja usanza, del contrabajo y de la voz de Warsén aullando dentro de una barrica de bourbon; y “Timanfaya Grill Club” tira del boogie con el que Elvis Presley enardecía los salones de baile hawaianos. El contrapunto a la fase más dinámica de este LP lo ponen los tramos más reposados y cinematográficos del repertorio, adornados por negras notas de piano y saxo (“Moon Cafe Marrakech”), amenazantes cuerdas eléctricas (“Holiday In Faroe”) y percusiones exóticas (indias) situadas en un decorado de western crepuscular à la Ennio Morricone… o David Lynch, a juzgar por el fondo tenebroso por el que transcurre “Appalachian Training Camp”.

El salto temporal y espacial (préstese atención a los títulos de los cortes: remiten a algún punto singular del planeta, lo que ayuda a completar su significado) que se ejecuta en “Mondo Totale” culmina en “Fjäleboska Oförskämdheter”, supuesta banda sonora de aquel instante ya sugerido más arriba con mucha imaginación: Ginferno descendiendo al averno para acordar con el mismísimo demonio la posibilidad de alumbrar un trabajo como este. Ya se sabe que el diablo sabe más por viejo que por diablo, pero por una vez no engañó a la otra parte contratante, que logró facturar un disco sólido como una roca, diferente, audaz, eximido del peso del tiempo y liberado de corsés físicos.

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