Si estás pensando en leer “New Order, Joy Division y Yo” de Bernard Sumner, hazlo siguiendo nuestra guía de lectura (que también es guía de escucha).

 

Relatar una historia que ha sido contada, recontada y hasta transformada millones de veces no debe ser en absoluto tarea fácil. El asunto se vuelve más peliagudo si se trata de una historia en la que hay no pocas traiciones y resentimientos, algunas que otras discrepancias legales y monetarias y un acontecimiento tan impactante como el suicidio de una personalidad pública, románticamente trágico e epatante para el espectador externo y traumático para el círculo privado. Es dentro de este panorama que se enmarcan las memorias del que fuere guitarrista de Joy Division antes y guitarra y voz de New Order después y en la actualidad: “New Order, Joy Division y Yo” de Bernard Sumner, a las cuales hemos podido hincar el diente en castellano gracias a Sexto Piso.

Como decía, la tarea a la que se enfrenta aquí el músico con eterna pinta de colegial -su apariencia fue lo que llamó la atención (para mal) en la primera reseña de un concierto que recibieron Joy Division, según cuenta Sumner, y la verdad es que el periodista en cuestión tampoco andaba equivocado- no es en absoluto fácil, y Bernard sale de ella en su mayor parte airoso, aunque a lo largo de estas memorias -que abarcan un período que se espacia desde la niñez del músico hasta poco antes de empezar a componer el más reciente trabajo de New Order, “Music Complete“, que tras unos trabajos desastrosos vuelve a infundirnos esperanzas sobre la creatividad del grupo- también encontramos algún que otro desatino. Pero quizás valga la pena empezar por el principio.

Sin duda, la verdad es una historia cien veces mejor“: así es como cierra Bernard Sumner el prólogo del libro. Por un lado, el músico demuestra aquí que es consciente de lo que significa publicar una autobiografía, género literario -y que las memorias también sean un género literario es algo que hay que tener en mente durante toda esta lectura si se quieren afrontar con distancia crítica y no con el ensalzamiento e admiración justificados meramente por la mitomanía a la que cualquier fan podría fácilmente abandonarse entre estas páginas-, que necesita de un “pacto autobiográfico” entre autor y lector, de una suerte de contrato establecido entre uno y otro por el que tácitamente el primero se compromete a contar la verdad sobre su vida, y el segundo a creer el relato ofrecido. Pero tanto Sumner como el lector saben perfectamente que todo relato biográfico entraña en sí mismo una necesaria selección intencionada y, en cuanto tal, una no-verdad. Además, es obvio que el Sumner autor no puede ontológicamente coincidir ni con el Sumner narrador ni con el Sumner personaje, puesto que, por su misma esencia de personaje y por la imposibilidad que tiene uno de verse a sí mismo, este último está en mayor o menor medida conscientemente ficcionalizado.

Tampoco hay que olvidar que una autobiografía suele ser un conato de justificación frente a tribunales más o menos imaginarios, y que sus lectores no serán solo parte del pacto autobiográfico que mencionábamos antes, sino los únicos jueces capaces de verificar el cumplimiento de sus condiciones. Los “tres tribunales” a los que se enfrenta aquí Sumner están más que claros. En primer lugar, y de esto viene todo el largo prólogo dedicado a justificar por qué el acto de escribir tales memorias y por qué ahora: el público, los fans. El músico es totalmente consciente del enorme alcance e impacto que ha tenido en la historia musical y en las vidas de sus fans y, en cierto modo y puesto que siempre ha sido muy reservado de cara a los focos con su vida privada, cree que les debe un puente de intimidad y confianza en forma de libro. En segundo lugar, y aunque no quede al momento explícito desde las primeras páginas, está el tribunal inquisidor de ojo criticón Peter Hook: no se explica sino de otra manera la necesidad de escribir, en un determinado momento, que “mi silencio respecto a todo cuanto cayera fuera de las bandas y la música ha permitido que se extendieran ciertos mitos y que algunas cosas falsas fueran aceptadas como verdaderas”.

bernard-sumner-02

Y finalmente está, claro, él mismo. Cualquiera que haya escrito alguna vez un diario se habrá encontrado en la situación no tan cómoda que conlleva el pensar con distancia crítica (necesaria además esta distancia para que cualquier relato de uno mismo funcione como tal) en su pasado. El acto de rememorar te planta frente a todo lo que querrías haber olvidado, y el acto de escribir tal memoria para un público -que es, en última instancia, racionalizar tales recuerdos en una línea de coherencia cronológica- te puede llegar a plantear preguntas que quizás hubieses preferido no tener que contestarte jamás. Pero nuestro Sumner narrador pasa la prueba con creces, además de soltar una reflexión interesante y acertada sobre el mismo acto de rememorar -y similar a “La Ignorancia”, donde Kundera apunta que volver la vista atrás hace patente la relatividad del tiempo y los recuerdos no sólo de persona a persona, sino para con uno mismo- cuando dice que “el tiempo es una cosa curiosa. Cuando lo tienes por delante, es algo que das por supuesto y transcurre con lentitud. Luego, a medida que vas envejeciendo, se acelera. Cuando miro hacia atrás, la distancia recorrida me parece muy larga, como si hubiera pasado mucho tiempo, como si fuera un sueño.

Volviendo al asunto de considerar una autobiografía como un texto esencialmente literario y por lo tanto partícipe de los mecanismos expresivos que la literatura ofrece, el libro termina siendo un poco regular en lo que a estilo se refiere. Y es que tampoco hay que fijarse mucho en las canciones de New Order para darse cuenta de que Sumner es mejor compositor que escritor de letras de canciones, así que es lógico que sus recursos expresivo-narrativos sean algo limitados. Notará el lector de estas páginas, por ejemplo, que la mayoría de capítulos se enlazan entre sí con el mismo exacto mecanismo: recapitulación al final de capítulo, inserción de una sentencia que cautive la atención del lector y produzca efecto de tensión narrativa mediante una anticipación (“afortunadamente, la persona adecuada estaba justo a la vuelta de la esquina” fin cap. 6; “había llegado el momento de entrar en el estudio y demostrar lo buenos que realmente éramos”, fin cap. 7; “todo lo que faltaba era que esas influencias comenzaran a filtrarse en la música que estábamos haciendo tras la desaparición de Joy Division, fin cap. 11 y un largo etcétera), e inicio in media res del capítulo siguiente.

No es que la prosa de Sumner sea especialmente apabullante ni cargada de humor, aunque sí se nota cierta ironía británica entre sus páginas con la que el lector se deleitará fácilmente, pero la lectura, en resumidas cuentas, no se hace en ningún momento pesada. Al contrario. Pese a abarcar un espacio de tiempo de casi sesenta años, “New Order, Joy Division y Yo” es capaz de atrapar al lector entre sus páginas y, al voltear la última página, preguntarse cómo consigue Sumner sintetizar aún entrando en detalles una vida tan llena de experiencias como la suya.

Sea como sea y por motivos obvios, es este un libro estrechamente relacionado con la música, así que creo que reseñarlo en puro silencio tampoco es que tenga mucho sentido. Por eso, ahí va una especie de playlist-guía-de-lectura, o simplemente playlist de temazos inspirados en “Joy Division, New Order y Yo” que cada cual puede escuchar en el orden que plazca. Con tal de no caer en análisis musicales tan psicologizantes como falaces que busquen en las letras de New Order el reflejo de lo que estaba aconteciendo cuando fueron escritas en la vida de Bernard Sumner, el criterio de selección general entre una pista u otra ha sido que no fuesen canciones del grupo, aunque haya tenido que colar una por no encontrar otra más adecuada. Toda recomendación, obviamente, será bienvenida.

Puedes escuchar todas las canciones en esta lista de Playmoss.

 

  1. Beasley Street” – John Cooper Clarke

Quizás una de las partes mejor conseguidas de las memorias de Bernard Sumner sean las que corresponden a su infancia y primeros años de juventud. No tanto por la curiosidad de incurrir en la parte menos conocida de la vida del músico -que, de todos modos, revela una infancia nada fácil, sobre todo por los problemas de salud de su madre (e interesante en este sentido resulta la especie de “arreglo de cuentas” que hace Bernard con la difunta Sra. Sumner), pero grossomodo alegre-; sino, sobre tod, por el conflicto realidad-individuo que se hace patente a lo largo de estos primeros capítulos.

Tanto Sumner como John Cooper Clarke nacieron en un suburbio mancuniano y pobre: Salford (en el que está inspirada esta canción del poeta inglés). Y tanto el uno como el otro tuvieron que enfrentarse a un ambiente tan tedioso como asfixiante e inmovilista. Por su parte, Bernard sufrió en esta época dos hechos fundamentales: por un lado, que una negligencia médica dejara ciega a su abuela (“Actualmente se podría poner una demanda”, escribe, “pero en aquella época si eras pobre y de clase trabajadora te tocaba aguantarte”); por el otro, el derrumbe de su vieja casa familiar con la consiguiente mudanza a uno de esos bloques de hormigón y telefonillos kilométricos frutos de la “limpieza urbanística” de Manchester. Fue ver cómo su mundo exterior caía literalmente derribado lo que hizo que todo un universo de creatividad explotara dentro de él.

 

  1. The headmaster ritual”- The Smiths

Es en palabras y acordes de otro de los grandes grupos del legado musical de Manchester que encontramos una acertada descripción del árido y desolador ambiente escolar al que Bernard Sumner tuvo que enfrentarse. “Belligerent ghouls run Manchester schools”, “cemented minds / sir leads the troops jealous of youth / same old suit from 1962”: profesores como ecos de un pasado aún demasiado presente en el sistema educativo cuya misión didáctica principal es recordarte que no pierdas tiempo leyendo un libro porque tu futuro está inexorablemente abocado a un trabajo en fábrica y con métodos educacionales altamente discutibles.

Como se ha dicho ya, uno de los mayores méritos de Sumner es resumir toda la idiosincrasia de una determinada época o momento en breves anécdotas, siendo en este caso la del profesor nazi que encierra a todos sus alumnos judíos en un aula, bloquea las salidas y abre la llave del gas. Supera la realidad aquí de tal nivel la ficción que, al leer la anécdota, uno pasa del asombro a una verdadera risa. Bernard “Albrecht” Sumner lo cuenta horrorizado, por eso. Pero no todo fue frustración en el ambiente escolar para nuestro Bernie adolescente: en efecto, fue entre las últimas filas de los pupitres de la secundaria que conoció a otras dos balas perdidas que terminarían siendo piezas fundamentales en su carrera música, Terry Mason (que se convertiría en el primer, y desastroso, manager de Joy Division) y Peter Hook.

 

  1. Repetition” – The Fall

4 de junio de 1976. Lesser Free Trade Hall, Manchester. Cuatro chavales con una actitud a medio camino entre la agresión pura, la indiferencia hacia el público e un desprecio absoluto empiezan a tocar “Did You No Wrong”. Es este el mítico concierto que los Sex Pistols ofrecieron en Manchester antes incluso de su estallido por toda la nación, velada que ha pasado a la historia tanto por la gente que estuvo allí (Morrissey, Mark E. Smith mismo, Tony Wilson…) como por ser considerada el fósforo que prendió fuego a la mecha del punk británico.

Sumner, sin embargo, analiza esa noche lúcidamente y lejos de toda mitificación, enfocándola más hacia cómo determinadas personas captaron aquel Zeitgeist específico y catalizador para la liberación y expresión de su creatividad, como más tarde ocurriera con el acid house. Entre los que supieron absorber perfectamente ese espíritu colectivo y hacerlo suyo estuvieron en efecto Mark E. Smith y sus The Fall, cuyo temón “Repetition” no sólo aborda melódica y líricamente la repetición esencial del punk hasta hacerla su estandarte (“We dig repetition in the music / and we’re never going to lose it / All you daughters and sons who are sick of fancy music), sino que la contrapone a las 3 Rs –writing, reading and arithmetics-, pilares básicos del sistema educativo inglés.

No Hay Más Artículos