La vasta y larga trayectoria de los emblemáticos Guided By Voices (GBV) estuvo caracterizada desde sus inicios por el ruido y la confusión, que hicieron que se observasen con relativo desconcierto su posterior amplísima discografía (plagada de altibajos creativos), las entradas y salidas (y viceversa) de los miembros del grupo, su salto al sello Matador y las meadas fuera de tiesto de su incorruptible líder, Robert Pollard. Si no fuera porque son y siempre serán parte fundamental de la escena indie-rock estadounidense como grandes valedores (y co-fundadores) de toda la corriente noise / lo-fi que se viene practicando desde mediados de los 80, hubiera resultado fácil darles la espalda en determinadas etapas de ausencia de inspiración o en los momentos en que se debatía su continuidad como banda. En este sentido, los fans más acérrimos de los norteamericanos llegaron a respirar de tranquilidad tras el anuncio de separación oficial en el año 2004: se había acabado el culebrón y, de paso, Robert Pollard se disponía a relanzar sus proyectos en solitario, reflejos de una incontinencia musical y lírico-literaria ni siquiera igualada por el recientemente fallecido Kim Yong-Il. Pero en 2010 Pollard decidía recuperar para la causa a la formación original de GBV (Tobin Sprout, Mitch Mitchell, Kevin Fennell y Greg Demos) y retomar el pulso del grupo con el fin de encarar el futuro con esperanza para ellos mismos y sus seguidores a base de extensas y convincentes actuaciones en directo y un esperado nuevo disco.

Su particular leyenda se prolongaba, y el anuncio de la publicación de este auto-producido y auto-editado “Let’s Go Eat The Factory” (Guided By Voices Inc., 2012) confirmaba que GBV se habían propuesto entrar en una fase de cierta estabilidad… Falso. Poco después se conocía la cancelación de todos sus conciertos planeados para 2012 (incluido el del San Miguel Primavera Sound) y su disolución definitiva, simultáneamente desmentida por el propio grupo. Otra vez, alboroto y desorden, que distorsionaban la salida del decimosexto álbum del quinteto y afectaban al modo en que todo buen aficionado de los de Ohio debía escucharlo e interpretarlo. De entrada, sólo con echar un vistazo a su tracklist (21 cortes condensados en algo más de 40 minutos) se intuye que el LP es otro cajón de sastre marca de la casa que actúa como espejo de las vicisitudes externas e internas de GBV y certifica que pocas bandas pueden presumir de rasgar las guitarras eléctricas, modelar las melodías y variar su registro como lo hacen ellos dentro del universo del rock de baja fidelidad y el pop proteínico.

El problema surge a la hora de tener que separar el grano de la paja, ritual obligatorio cuando se aborda cualquier trabajo de GBV. En el caso de “Let’s Go Eat The Factory” (el título bien podría pertenecer a una arenga contra la industria discográfica actual…) se vuelve a tener la percepción de atravesar una montaña rusa sonora que discurre por subidas breves pero intensas y disfrutables (“Laundry And Lasers”, “Spiderfighter”, “God Loves Us” o “The Unsinkable Fats Domino”), tramos más suaves para calmar el agitado viaje (“Doughnut For A Snowman”, “Hang Mr. Kite” -en ambas da la sensación de que se tiene en el asiento de al lado a Michael Stipe-, “How I Met My Mother” o “Waves”) y bajadas que provocan que toda la euforia desaparezca de un plumazo (la negroide “The Big Hat And Toy Show”, “My Europa” o “The Things That Never Need”). Finalizado el recorrido, queda en el paladar el típico regusto amargo que dejan tras de sí los discos de GBV (y los de Pollard a solas) debido a su irregularidad y empeño por abarcar mucho y apretar poco. A ello se suma el hecho de que, a pesar del retorno de sus componentes históricos, el grupo no consiguió recobrar el espíritu libre y genial de su obra más redonda, “Bee Thousand” (Scat, 1994), o de “Alien Lanes” (Matador, 1995).

Así que sólo queda esperar a que salgan a la luz durante 2012 nuevas noticias sobre la familia Guided By Voices, como la posibilidad de que vuelvan a la carretera. Por lo pronto, se sabe que la banda ya completó la grabación de su siguiente largo (bautizado “Class Clown Spots A UFO”) y Pollard publicará otro álbum a su nombre (“Mouseman Cloud”). Prepárense para otra buena ración de vaivenes, ascensos, descensos, ruido y confusión.

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