El término “novela gráfica” se ha acabado utilizando como un contenedor portuario en el que cabe absolutamente de todo. Muchos son los que se aprovechan de la carga de qualité que parece acompañar al género… y pocos son los que se interesan de definir las fronteras de este espacio que está dentro del país de los cómics pero que, como la república independiente de su propia casa, ostenta sus particulares rasgos de personalidad. Muchos menos son los que, además de definir, se preocupan de ampliar fronteras. Este último rango se vería coronado por dos autores que escarban en la misma dirección pero con diferentes herramientas: Scott McCloud por la vía de la teoría y Art Spiegelman por la vía de la práctica. Por debajo encontramos propuestas que, de una forma u otra, se aventuran a explorar los caminos narrativos de siempre sin miedo a salirse en desvíos escarpados. Es el caso de Dylan Horrocks en su delicioso “Hicksville” (Astiberri, 2010), un álbum ante el que es fácil caer en la tentación de utilizar otra palabra-contenedor de contornos borrosos: metacómic.

Está claro que “Hicksville” aborda el delirante, divertido y metaficcional punto de partida de un pueblo en el que, de espaldas a la historia oficial y a la actualidad oficiosa, todos sus habitantes son aficionados a los cómics. No es un pueblo que aparezca en los mapas, pero es que en su interior habita un secreto que bien podría cambiar la historia de la viñeta… si alguien estuviera dispuesto a escuchar. Aun así, esta trama ideal para dinamitar ciertos lugares comunes de la historieta y su historia, va más allá de sus reflexiones comiqueras algo pesimistas (refleja un mundo que no está interesado en los buenos álbumes, sino que prefiere la morralla seriada) y lo engalana con una historia de reencuentros emocionales que se despliega página tras página de forma fragmentaria. Un puzzle sentimental que el lector va armando en el mismo orden que el protagonista, Leonard Batts, un periodista especializado en cómics que llega a Hicksville dispuesto a conocer el pasado de Dick Burguer, un afamado autor de súper héroes que nació en el lugar y de los orígenes del cual, sin embargo, poco se sabe. De esta forma, las dos líneas argumentales (un triángulo amoroso por un lado y, por el otro, el pasado de Burger, ligado estrechamente con el secreto de Hicksville) van evolucionando en paralelo hasta que, hacia el final, se entrelazan vertiginosamente para arrojar un resultado que trasciende lo emocional y, aquí sí, hace diana en lo teórico de una forma sutil que siempre queda por debajo de la epidermis sentimental. Horrocks opta por la combinación ganadora: superficie emocionante, fondo estimulante.

Con un trazo que recuerda poderosamente a un cruce entre Alex Robinson y Kevin Huizenga (ambos posteriores al propio autor), “Hicksville” demuestra una y otra vez que la teoría puede resultar accesible cuando se la envuelve en una manta argumental cálida y con una complejidad sin esnobismos. Se intuye una granítica intencionalidad en el diseño y la estructura interna del álbum y, sobre todo, en el órden y velocidad con el que se desvelan los acontecimientos… como los cimientos de una casa que parece ajada desde fuera pero que conserva unas vigas que durarán mucho más que cualquier construcción moderna. Será por eso que, desde su publicación original en 1998, “Hicksville” se considera un clásico de la novela gráfica actual: no es sólo un relato que se apoya en lo metacomiquero como coartada de calidad, sino que es una historia humana que habla de la fidelidad a uno mismo, ya sea en el plano amoroso o en el artístico. Ahí está la clave de lo perdurable: en destripar el alma humana con un escalpelo intelectualizado.

[Raül De Tena]

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