Hou o Hiu“, “Himalaya“… En los títulos de sus anteriores discos, Anímic ya habían dejado más que claro su gusto por la letra h, por la letra muda, por la letra que no suena. El espectro de lo invisible. Y puede que, hasta el mismo momento del lanzamiento de “Hannah” (Les Petites Coses / Error! Lo Fi / BCore, 2011), este grupo catalán se contentase con acariciar la grupa de pelo lustroso de esa dulce bestia imperceptible para el ojo humano pero intuible si te dejas llevar por los magnéticos latidos de su corazón. No es que mimar a ese amable monstruo de cuento infantil fuera algo que se pueda tomar a la ligera: fue de esta forma cómo Anímic firmaron canciones capaces de apresar la magia de la luz en todo su abanico de posibilidades, desde la más ténue y cálida hasta un pletorismo capaz de dañar los ojos. Pero ahora, sin embargo, basta una escucha de “Hannah” para percibir que algo ha cambiado: aquí hay luz, pero también (muchas) sombras. Ahora, básicamente, y aplicando al terreno musical las enseñanzas cinematográficas de Djiga Vertov, su voluntad es hacer visible lo inivisble para dejar al descubierto a esa bestia que hasta ahora se amparaba en la invisibilidad. Y, claro, toda bestia tiene sus garras y sus colmillos.

Hay un hecho que marca a fuego la concepción de “Hannah“: si Anímic ya eran conocidos por ser una comuna musical que habita una casa a las faldas de Montserrat (un hecho repetido hasta la saciedad y que, al fin y al cabo, tampoco es tan indicativo de su personalidad como banda), ahora resulta que tienen un nuevo miembro. Al concebir una hija en común, Louise Sansom y Ferran Palau no sólo añadían un integrante más a la banda, todo luz (sólo hay que ver la convivencia con la pequeña en el documental “From Texas to Arbúcies“), sino que alumbraban también a la sombra que se proyecta a los pies del retoño. Ser padres ha hecho a Sansom y Palau conscientes de todo ese mundo oscuro que brota a tus pies como un pantano de barro y cañas cuando te das cuenta de que de tí depende otra vida: tener un hijo es una bendición que te hace más fuerte, pero te hace más fuerte no sólo a base de cariño, sino también obligándote a aceptar que la vida humana es tan frágil como una figura de vidrio capaz de explotar en medio del espacio, perdido en la infinitud y la inmensidad de la gran nada.

No es todo lo dicho algo fabulado por quien escribe esta crítica como un enganche poético para el lector. No, más bien es algo sólido, físico, algo que se masca en cada una de las canciones de “Hannah” no como un chicle de folk-pop, sino más bien como un agridulce tabaco de mascar. “Trenco una Branca” abre el disco con una guitarra despojada que esboza un panorama desolado en el que Palau se desangra plácidamente cantando “Surto de la casa / L’estructura no s’aguanta” (“Salgo de la casa / La estructura no se aguanta“); más tarde, la espectralidad de un órgano espacioso y algo tétrico marca el tono de lo que está por venir… Y lo que está por venir es la sorprendente “Blue Eyed Tree“, una canción que arranca con unos sintes fríos y una percusión marcial que aleja por completo cualquier sonido preconcebido que queramos achacar a Anímic: del folk britannia y pastoral sólo queda un esqueleto que danza en medio de la noche. Ahora, como demuestra este tema, es la hora de las brujas (buenas) que susurran en el oído de sus hijos recién nacidos su intención de enseñarles a comportarse como un dinosaurio para que sean capaces de enfrentarse al duro mundo en el que les ha tocado vivir.

A partir de aquí, las bases sobre las que se eregirá “Hannah” ya están más que asentadas: “Hannah” (la canción) coge el folk con marca de la casa de Joe Boyd y, por la vía de unas cuerdas sublimes, lo introduce en una espiral de infinito que se escurre con una desesperación sorda; “That Black Hole” es una dulcísima nana que no confunde lo dulce con lo edulcorado; los violines son las paredes de agua templada que arropan la sublime voz de Sansom en “Howlin’ Zombie“; en “Boirinia“, Anímic deciden que los paganos también tienen fiestas y se marcan su particular rumba folk en un crescendo que en directo puede ser impactante; “1979” consigue que el folk más despojado mute en bossa nova en un acto de magia blanca; “Taüt” niega su propio título (“ataud”) aplicando sabias pinceladas de luz rítmica (con esa caja de ritmo de parbulario como espina dorsal de la composición) sobre la voz solemne de Palau; “Winedrops” sabe a balada yanki de los 50 justo a la orilla de la playa; y, cerrando el álbum, “La Pols i El Punyal“, una desgarradora letanía en la que el narrador acepta su naturaleza suicida, rompe cualquier circularidad para acabar de definir “Hannah” como una espiral que ahora debería volver con naturalidad hacia “Trenco una Branca“.

Como en toda espiral, sin embargo, cada nuevo círculo que se suma a la estructura final implica un aumento en la experiencia. De esta forma, “Hannah” es un disco que va creciendo cada vez que se escucha, desvelando nuevos detalles de la bestia ahora visible. A veces, te sorprenderá la ferocidad de sus colmillos, pero otras veces lo que te cautivará será un fogonazo de dulzura al fondo de unas pupilas feroces. En ocasiones no podrás evitar inquietarte ante lo afilado de unas garras ideales para la devastación y la aniquilación, pero en otras te dejarás embelesar por el pelaje suave y brillante que nace cerca de esas garras y que habita todo el cuerpo del monstruo… Pero, teniendo en cuenta que, en “Hannah“, Anímic han optado por hacer visible una bestia invisible, tendremos que empezar a considerar que la banda ha dejado de ser un culto sectario entregado a lo que el ojo no ve y que por fin se han ganado el título de hechiceros capaces de fabular las más fascinantes de las apariciones.

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