Después de alcanzar cotas de excelencia indiscutibles con “I Am a Bird Now” (Secretly Canadian, 2005) -con un trabajo ya allanado gracias a su primer disco, semilla de todo lo que vendría y vendrá después-, enfrentarse a los intrincados recovecos de “The Crying Light” (Secretly Canadian, 2009) podía hacerse muy cuesta arriba. Lo que había hecho de Antony Hegarty el crooner for the masses por excelencia (accesibilidad, sentimiento, emoción y una inusitada capacidad para provocar una terrible empatía en el oyente), costaba de encontrar en la mayoría de temas de este álbum difícil, escueto, minimalista, raquítico en la superficie y conceptual en el fondo, en el que parecía intentar poner una cierta intensidad de consciencia social y alejarse de los habituales parámetros puramente sentimentales y de problemáticas de género para posicionarse con cierta crítica y reflexión. En él había un marcado viraje en lo formal hacia lo esquivo y lo inesperado que sirvió para darle el beneplácito total de una crítica que, por lo general, gusta mucho de aplaudir las cosas cuanto más lejanas e inaccesibles. Para los fans, sin embargo, “The Crying Light” es un disco innacesible, difícil, tortuoso, pero que bien vale el esfuerzo y todo el tiempo que obliga a dedicarle. Fue la afirmación de su autor como artista total ajeno a modas e imposiciones estilísticas, que en el momento en el que se temía que podía plantarse un musical queer, optó por subir por un camino de cabras, escarpado y angosto. En FPM siempre hemos estado de acuerdo respecto a Antony & The Johnsons, sólo en lo bueno, porque no creemos que tenga nada malo. Y aunque “The Crying Light” fue recibido con distinta intensidad por los miembros de la redacción, a día de hoy preside nuestras estanterías cargado de orgullo y de amor.

Por todas estas contradicciones, y por el peso que tiene el cantante en la escena musical actual (como diva intersexual, como personaje enigmático, como Grenuille de las baladas por la increíble capacidad que tiene de hacer que desees abrazarle mientras interpreta), había cierta inquietud y duda respecto a su siguiente entrega. “Swanlights” (Secretly Canadian / PopStock!, 2010) no ha hecho más que confirmar lo que ya sabíamos: Antony & the Johnsons es una de las formaciones más sanamente independientes de nuestros días. Un todo musical con una paleta definida que puede permitirse mezclar tonalidades sin renunciar a su base fuerte y característica, constituida a base de brochazos intensos y electrificantes. Emoción pura.

No parece nada casual que “Swanlights” sea la continuación de “The Crying Light“, como seguramente tampoco lo es que el disco se abra con “Everything is New“, una preciosa nana expansiva sin apenas letra, que bien podría suponer una voluntad de borrón y cuenta nueva, de mirar al horizonte sin divisar el final. Es un inicio adecuado que sirve para poner al oyente en la dirección a la que Hegarty ha orientado su último disco: hacia el Sur, con sonidos cálidos, envolventes y muy familiares que no asfixian, sino que abrazan, con un optimismo y una alegría de fondo poco habitual en sus otros trabajos, especialmente en su precedente. El torrente musical de la diva neoyorquina se desborda hoy por donde en su anterior entrega recorría tranquilo los lindes de la introspección. Incluso su edición especial es una clara muestra de la voluntad maximalista de este álbum: incorpora un libreto de 144 páginas con dibujos y textos del propio artista. Un incunable para fans y seguidores.

Con la ayuda de Nico Muhly, quien ya le ayudara anteriormente en la producción, Antony vuelve con un segundo disco en menos de dos años más limpio, más orquestal y más clásico pero que en ningún momento se pierde en el artificio (con lo poco que le gusta a este hombre la artificiosidad…) En él hay órganos, pianos, arpas, violines, trompetas, saxofones… Lo que hace grande a “Swanlights” es que parece ser la obra que su autor quería. Ya no necesita la música de cámara para exteriorizar su tortuoso mundo interior, este disco es la Opera Renacentista que Antony & The Johnson buscaba desde hace años, con sus incoherencias y su heterogeneidad. Una obra amparada en el desasosiego que provoca la muerte, el fin, el cambio y lo ineludible, pero con una leve sensación de luminosidad (la luz, como temática recurrente en títulos y letras) al final del camino: “I awoke to find / a whiteness inside / Everything did shine/ slyly from each body… My face and your face/ Tenderly renewed”, canta en “Christina´s Farm“. En este disco hay sitio para la introspección emocional que tanto gusta al autor (“The Great White Ocean“), para el vals de sentimientos sin cortapisas (“Ghost“, “I´m in Love“, “Thank You For Your Love“), para la bizarrada incomprensible y enigmática (la tan cacareada colaboración con Björk: “Fletta“)…

Pero, sobre todo, sigue imperando ese universo tremendamente sentido y que ha hecho de Antony el artista amado / odiado (aunque nosotros no podemos concebir esta segunda opción) que es a día de hoy, y es sin duda en los pasajes más intimistas en los que se sigue viendo la valía y calidad de su composición: “Swanlights” y “The Spirit Was Gone” son como dos sombras agazapadas entre tanta luz. A estas alturas, es difícil imaginar que este hombre tenga un traspiés, un bache creativo: se ha ganado con fuerza el reconocimiento de la crítica y la adoración de sus fans. Muchos creían que, después de escuchar alguna de sus canciones en anuncios y películas, a este hombre sólo le podía quedar la opción de volver al cabaret o tirarse a escribirle canciones para Susan Boyle. El tiempo y su genialidad han demostrado lo contrario. A día de hoy, Antony Hegarty puede ponerse el disfraz de diva discotequera cuando quiera, aprender islandés, suahili o lo que le salga de la peluca. Él es y será siempre el de “My Lady Story“: uno de los pocos artistas capaces a día de hoy de tocar el corazón con una uña y acariciarlo sin arañar.

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