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Se ve que Katie Stelmanis y compañía le deben su nombre a una diosa de la luz lituana. Pero luz, lo que se dice luz, en el primer trabajo de Austra había más bien poca. Porque en "Feel it Break" (Domino, 2011) la música parecía sonar a través de los poros de una tupidísima manta toledana y estaba lleno de oscuros temas de witch pop que pusieron a Austra, eso sí, en la avanzadilla de la new wage canadiense que tan de moda se puso hace un par de años y de la que también salieron Trust (con quien comparten batería) y Grimes (que,…
Austra vuelven con más miembros en su haber y un disco mucho más luminoso que su primera entrega. Prepárate a escuchar uno detrás de otro todos los temazos de "Olympia" durante la próxima verbena de San Juan: aquelarre deluxe.
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Brujería

Austra vuelven con más miembros en su haber y un disco mucho más luminoso que su primera entrega. Prepárate a escuchar uno detrás de otro todos los temazos de "Olympia" durante la próxima verbena de San Juan: aquelarre deluxe.

Se ve que Katie Stelmanis y compañía le deben su nombre a una diosa de la luz lituana. Pero luz, lo que se dice luz, en el primer trabajo de Austra había más bien poca. Porque en “Feel it Break” (Domino, 2011) la música parecía sonar a través de los poros de una tupidísima manta toledana y estaba lleno de oscuros temas de witch pop que pusieron a Austra, eso sí, en la avanzadilla de la new wage canadiense que tan de moda se puso hace un par de años y de la que también salieron Trust (con quien comparten batería) y Grimes (que, sencillamente, es de otro planeta). Con aquel disco Austra, que en aquel momento eran Stelmanis, Maya Postepski y  Dorian Wolf, jugaron a montar en su habitación una envolvente ouija sonora en la que convocaban a espíritus que se habían perdido en cuartos oscuros. Sonaba triste, evocador, lánguido y misterioso, y se construía a partir de la potente voz de Stelmanis, que emergía entre sintes empañados con sus cánticos operísticos a lo reverso oscuro de Florence Welch.

Con “Feel it Break“, Austra pusieron su granito de arena para situar la escena musical de Toronto en el mapa, Stelmanis se convirtió en todo un icono del lesbian pop y giraron con CocoRosie, The xx y Grimes. Viajaron, vieron mundo, tocaron muchísimo (fueron uno de los highlights de la edición del Sónar 2012) y pronto se dieron cuenta de que aquellos hechizos sonoros creados entre neblinas para ser escuchados con un íncubo a la luz de las velas se proyectaban con gran energía entre un público que, al final, siempre acaba bailando en sus conciertos como si fueran aquelarres de San Juan en la playa. Y así fue como entró la luz en la Caja Negra de Austra y empezaron a valorar la posibilidad de abrir cortinas y orientar su música hacia el exterior. Stelmanis llamó al cónclave brujil y Austra multiplicó sus componentes por dos: a los tres miembros que ya lo componían se sumaron Ryan Wonsiak a los teclados y las hermanas Sari y Romy Lightman en los coros. Así fue como nació “Olympia” (Domino, 2013), un segundo disco de nombre mitológico con el que Austra, ahora sí, hace los honores a esa diosa lumínica de la que le toman prestado el nombre.

Olympia” se presentó en sociedad con “Home“, una agitada canción de pseudo-house con la que abrieron puertas a un sonido más luminoso y agitado y que les sirvió como perfecta muestra para presentar al nuevo proyecto. Stelmanis trabajó codo con codo con Sari Lightman en las letras de las canciones y dividió sus responsabilidades: Austra ahora es un cónclave que toma sus decisiones en cuórum y trabaja en consecuencia, lo que se ha visto reflejado en un sonido mucho más nítido y producido. Poco queda del espíritu DIY sintético del primer álbum: “Olympia” suena lujuriosamente vivo, se la ha insuflado la energía del sonido de banda tocado en directo y el hecho de ser de varias madres y padres ha ayudado a que su música crezca en calidad y cantidad: a los sintes y batería se les han añadido cuerdas, flautas, marimbas y xilófonos, y los temas ya no se quedan parados en el dintel de la puerta asustados por el sol. Por el contrario, invitan a salir y a ser bailados como si no hubiera un mañana. Todo ello conservando ese halo de melancolía de sus primeras canciones. Porque, aunque “Olympia” suene exultante y enérgico (no debe de ser casualidad que se abra con la potente “What We´ve Done“), aún persiste ese empeño emo que tan bien le queda a la afectada voz de Stelmanis, y todo el disco recurre a la pena, la soledad y el desamor en sus letras (el punto culminante es el dolido lamento de “Home” en el que Katie repite como una maruja abandonada por su marido borracho “You know that it hurts me when you don’t come home at night / You’ll see that it’s better than beyond the side / You know that it hurts me when you can’t see straight at night / … Will keep you there, keeping you glorified, in my heart”). 

Quizá sea porque, como dicen, donde hubo fuego siempre quedan las brasas, y expulsarse el candor emo es difícil. Aún así, este tono melancólico que recorre todo el disco no afecta al nuevo sonido, sino que lo hace emerger y brillar aún más gracias al contraste. Gracias a ello, temazos como “Forgive Me“, “Painful Like” y “You Changed My Life” suenan a entrega y crecen con cada escucha: cada base y cada lamento salido de la boca de Stelmanis sirve de pieza fundamental para convertir estas canciones en imperecederos y dolosos himnos nocturnos de un puzzle de melancolía total. ¿Os acordáis de “Dancing With Tears in my Eyes”, aquella canción emo-techno que tanto bailamos en nuestra adolescencia? Pues ese es el espíritu que invade “Olympia” todo el rato. Y es, simple y masoquistamente, maravilloso.

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