Motivos para adorar a Baths aunque no hayas escuchado (todavía) ninguna de sus canciones: 1. El niño tiene su MySpace plagado de imágenes de mangas de Rumiko Takahashi (la autora de “Ranma 1/2“) y otros autores nipones que provocan ternura quieras o no. 2. En su Twitter, el chaval suda tres pueblos del rollo promocional y se muestra como un tipo afable y bastante cachondo (por mucho que su amistad con Marnie Stern sea, cuando menos, perturbadora). 3. Tiene una sesión de fotos en el bosque en la que el chiquillo va con una ralla blanca pintada en la cara a juego con un perrito que, de nuevo, hace pensar en la palabra ternura. 4. En su debut, titulado “Cerulean” (Anticon, 2010), tiene una canción que se llama, simplemente, “♥”… Sí, es difícil no adorar a alguien que, como este Will Wiesenfeld que nos ocupa, se lanza de cabeza contra el muro de la industria musical con semejante actitud. Porque, a tenor de lo dicho, bien podría pensarse que estamos ante el último protipo de concursante de OT. Y así sería… si el mundo (televisivo y musical… y mundial) funcionara bajo unas reglas normales y no bajo las leyes de la estulticia imperantes.

Pese a todo, Baths corre el peligro de pasar desapercibido. Ya se sabe: la ternura nunca ha pujado al alza en un mundillo musical que premia más bien a los depredadores (que vendrían a ser esos tipos que hace tiempo que venimos analizando en nuestras Crónicas Garrulas). Y si hay algo que no cuadre para nada dentro de la música que practica Wiesenfeld es, precisamente, la predación. Nada de producciones asesinas: sus canciones son más bien morosos mosaicos en los que las teselas danzan en el aire parsimoniosas antes de encajarse en la composición final. Algo que no nos pilla de nuevo porque, precisamente, se espeja sobre las aguas de algo que parece que últimamente no interesa a demasiados: ese paisajismo sonoro que, en las manos adecuadas, es capaz de plantar en la cabeza de quien escucha las imágenes más diversas. Es precisamente a los maestros de este noble arte a los que remite “Cerulean“… A la hora de definir el sonido de Baths, lo más fácil es optar por la ecuación que suma a Four Tet (en esa capacidad para anclar en lo orgánico toda la estructura electróncia), Passion Pit (en una voz a veces estridente que, en este caso, actúa de grito en el vacío emocional y en ese mundo que transcurre impávido ante nuestros ojos) y Flying Lotus (en una producción pluscuamperfecta que parte de J Dilla a la hora de concebir el formato canción como un Frankenstein en el que caben todas las piezas imaginables siempre y cuando se disponga del hilo de la genialidad para hilvanarlas). El resultado de esta suma es la pura delicia. Eso sí, también pueden adherirse otros nombres que actuarían de topping en este postre dulce que es “Cerulean“: Boards of Canada se pasean por las frases sampleadas y por lo neblinoso de algunas composiciones, mientras que Panda Bear asoma sus orejas en algunas canciones de una forma igualmente náutica pero sorprendentemente sobria (vamos, que hay canciones que suenan a un Panda Bear que ha dejado los porros).

De esta forma, “Cerulean” acaba atesorando joyas de una belleza pálida y algo fantasmagórica como “Rain Smell” o la etérea “Raftin Starlit Everglades“; otras composiciones te fuerzan a poner los pies en el suelo a base de colgarte anclas en forma de ritmos rotos y destartalados, como el single “Lovely Bloodflow” o la celebrativa “Plea“… Pero la emoción imperante es esa melancolía apesadumbrada que sólo eres capaz de sentir cuando tienes veinte años y acabas de descubrir ese sentimiento: “You’re My Excuse to Travel” (con ese pedazo de título), “Apologetic Shoulder Blades” o la sublime “Hall” son sólo una muestra de lo que puede llegar a ocurrir cuando Wiesenfeld empiece a explorar los pliegues de esa nostalgia recién descubierta. Eso no impide que el álbum de Baths sea, más que probablemente, uno de los debuts más significativos de la temporada. Tan significativo como para obligarte a admitir que, más allá de Ranma y los perritos y los comentarios monos de Twitter, el principal motivo para adorar a Baths se resume con una palabra: “Cerulean“.

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