Los músicos son gente curiosa. Se pasan la vida en la carretera, apartados de sus casas, familia y amigos y, sin embargo, cuando pasan mucho tiempo lejos de la carretera sus huesos empiezan a necesitar la sensación de las ruedas de una furgoneta o un autobús bajo sus pies, demasiado acostumbrados a la larga estadía en ese microcosmos vital que es la la dinámica de una gira. Se contarán por centenas los discos dedicados a esto: al viaje, a la añoranza y a la melancolía de estar lejos de casa, a la soledad y el estrés que supone, y también se podrá extraer que los más emocionantes y sinceros son los que han sido paridos en la carretera, sobre una furgo o entre concierto y concierto. No es el amor o su ausencia lo que da grandes discos: es la soledad, y no hay soledad más penetrante que la que se siente al estar lejos de casa… o de no tener una a la que volver en el sentido más emocional del término cuando acaba la jornada. Por eso, los compañeros de esa soledad en ruta se convierten en el único amarre y en auténtico salvavidas.

M. Ward lleva prácticamente cinco años trabajando sin parar, componiendo para él o para cualquiera de sus grupos paralelos (She & Him con Zooey Deschanel y Monsters of Folk son los más populares, pero también han de constar Tired Pony y Arizona Amp Alternator junto a Howie Gelb) y girando bien en solitario o con alguno de estos grupos. Si le mandaran a la ITV, seguramente lo tirarían para atrás de la cantidad de quilómetros que debe de llevar a sus espaldas. “A Wasteland Companion” (Merge / PopStock!, 2012), su séptimo disco, se podría decir que fue gestado y ha sido parido totalmente on the road. Ocho estudios diferentes en seis ciudades y una ristra de colaboraciones ilustres que sólo se puede permitir un tío que lo lleva haciendo muy bien desde el principio componen el ADN de esta criatura sonora que apasiona y divide, que enamora y engancha a partes iguales.

Con su anterior álbum, “Hold Time (4AD, 2009), heredero directo del que para muchos es su mejor obra,”Post-War” (4AD, 2006), Ward rubricaba con tinta china con firmeza sobre los esbozos en carbón de lo que ya se puede considerar un sonido totalmente personal y genuino. Si el de Portland es conocido por su inequívoca capacidad para quitarle el polvo al rock añejo y abrillantarlo con sapiencia y astucia, con su última entrega ya no suena a homenaje retro, sino a auténtica confirmación de un sonido propio: un folk-rock radiofónico atemporal y poroso con una textura densa y envolvente. “A Wasteland Companion” es, además, una pequeña oda a esos viajes inacabables, a las caras que se ven por el camino, que te acompañan o que abandonas, a las cosas que dejas atrás y a las que están por venir, buenas o malas. Por eso está plagado de colaboraciones notables (Zooey que no se pierde una, John Parish, Mike Mogis, Steve Shelly y más), astros rutilantes que le conceden a Ward el mejor regalo que se le puede hacer a un músico: la participación sincera y desinteresada. Y es que, sin este ADN tan variado, este álbum no tendría sentido; y donde algunos pueden encontrar variedad injustificada (es cierto que de unos cortes a otros hay saltos estilísticos que en otro artista menos inquieto harían saltar las luces rojas de alarma), los más atentos descubrirán que lo que hace brillar a este disco es, precisamente, su itinerario sin fin, su genética demencial y todas esas partes que conforman el todo. Se nutre y se beneficia de este afán de trotamundos de su creador, de este viaje inacabado así como de todas las paradas en las que Ward ha pernoctado, de todas las caras que ha visto y de todas las conversaciones que le han acompañado.

La ruta empieza con un sentido homenaje al desaparecido Alex Chilton de Big Star, una “Clean State” de textura folk dulce y arrulladora en la que el músico despliega su reconocida habilidad tocando la guitarra que llora con cada punteo, que gime junto a la voz mientras canta prácticamente en un susurro, desnuda y sin artificios, un pequeño homenaje quizá a sus inicios con “The Transfiguration of Vincent” (Matador, 2003), que también habla mucho de la pérdida en formato acústico. “Primitive Girl” y las dos canciones con la Deschanel (“Me and My Shadow” y “Sweetheart“) recuerdan al Ward más enérgico, ese que disfruta recuperando el rock de los 50 y proyectándolo a través de los altavoces con firmeza y cierta distorsión, para ensuciar y envejecer sus canciones y darles un aura melancólica que muy pocos artistas consiguen actualmente. La melancolía es un sentimiento muy habitual en las canciones de M.Ward, y en este, su disco nómada, no podía faltar; así, la energía de “I Get Ideas” se da de bruces con “The First Time I Ran Away“, donde de nuevo la traza con la guitarra marca el compás de una canción evocativa, profunda y de una sensibilidad cristalina, igual que en “Wild Goose” y “Crawl After You“, aquí con un piano y unas cuerdas sanguinolentas que pueden hacernos olvidar que Ward es, ante todo, un amante del rock. Y para eso está “Watch The Show“, en la que el de Portland, aunque a estas alturas no lo necesite, se disfraza de ese Nick Cave gótico que podía hechizarnos solo susurrando al oído estrofas, aquí abandonando la radio de sus amores para hacerse pasar por un encantador de serpientes televisivo.

Portland, Nueva York, Los Ángeles, Austin… Son algunas de las ciudades en las que se grabó “A Wasteland Companion“, un pequeño mapa en el que figurativamente también se dibujan muchos de los géneros de la música americana de los últimos tiempos. Un mapa que habla de quilómetros, de soledad pero también de amistad y buenas compañías y, sobre todo, que define a la perfección la ruta certera y sin atajos de uno de los artistas más sobresalientes y perennes de la música de hoy en día.

[Estela Cebrián]

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