Creo que cuando haces un disco es como hacer una casa. Pero esa casa ha de tener ventanas. Y esas ventanas son los singles. Puedes tener la canción misteriosa del disco, que en este caso es el desván. Pero no vas a hacer una casa sólo con desvanes; eso es un coñazo. Necesitas una buena ventana luminosa, una buena entrada.” Así definía su filosofía compositiva el mismo David Carabén al hablar con Dimas Rodríguez para la Rockdelux del pasado mes de junio. Y es inevitable pensar que, al fin y al cabo, Mishima han construido su último disco como el aparejador que se plantea edificar la mejor casa del mundo: les ha salido una estructura de casa tradicional americana (atestada de muebles catalanes) pero con la flexibilidad de esos rascacielos que se balancean para soportar mejor el ataque del viento. No vamos a hablar aquí de la influencia del pop-rock yanki en la música de Mishima ni tampoco del (valiosísimo) paso que dieron desde el inglés al catalán a la hora de abordar sus letras… Estos dos rasgos, al fin y al cabo, son sólo dos de los innumerables peldaños que dan acceso a esta mansión victoriana con la que, bajo el nombre de “Ordre i Aventura” (Sones, 2010), Mishima han alcanzado un delicioso techo que sólo habíamos intuido hasta “Trucar a Casa, Recollir les Fotos, Pagar la Multa” (The Rest is Silence, 2005) y que divisamos entre las brumas en “Set Tota la Vida” (Sinnamon, 2007).

Porque puede que Carabén recurra a las ventanas y los desvanes a la hora de hablar de su último álbum, pero lo cierto es que “Ordre i Aventura” es pura arquitectura de lo emocional. “Tot Torna a Començar“, siento contrariar al frontman de Mishima, no es una ventana: es el perfecto porche de madera con múltiples sillas dispuestas a alojar una fiesta de pop-rockeros penitentes dispuestos a aullar coros demenciales y a saltar de una canción a otra (de la batería de “Be My Baby” a los lobos borrachos de “Wolf Among Wolves“) con tal de que no se acaben nunca los festejos. Esta canción es la zona cálida que da la bienvenida a “Ordre i Aventura“, un espacio desde el que sí que te puedes parar a admirar las ventanas: “L’Olor de la Nit” (con su swing a lo country) y “Tornaràs a Tremolar” (donde Carabén se marca uno de esos fraseos memorables que te dejan el corazón en un puño). Al entrar en la casa, lo primero que te encuentras es una cómoda en la que se exhiben todas las fotos familiares: “En Arribar la Tardor“, con su narrativa cerrada y casi literaria, tendría suficiente con su letra para arrebatar, aunque la construcción melódica no se queda detrás con sus aromas de trobador de campo aficionado al vals. En la habitación de matrimonio, la excepcional “Com Abans“, se escucha un traqueteo en el que se intuyen los arrebatos del enamoramiento; mientras que en la estancia de los niños, “Deixa’m Creure“, sólo hay espacio para una ternura sublimada en un theremin final que tiene menos de aterrador que de melancólico. “Una Cara Bonica” es una ventana, sí, pero es una ventana que no da a la calle, sino que es aquella que conecta la cocina con el jardín: la ventana desde la que disfrutar de las vistas traseras cuando las nubes se pasean por encima de tu cabeza. Y el desván, claro está, es “Una Part de Tú“, un tema extraño que suena a resaca etílica con más sombras que claros. Quedan dos canciones que cierran el disco… “Guspira, Estel i Carícia” es, posiblemente, la cúspide emotiva del álbum: una de esas canciones que crece en espiral llevando consigo tu corazoncito popero y que, al final, cuando ya estás entre las nubes, te deja chapotear entre agua de lluvia fresca. Esta canción seria, sin duda, el tejado; mientras que “Ordre i Aventura” sería la chimenea por la que escapa un humo débil y lánguido que describe formas hipnóticas en el aire.

El título del álbum, “Ordre i Aventura“, bien podría responder a aquella frase en la que Borges afirmaba que “la literatura es orden y aventura“. Carabén, en la mencionada entrevista, aclara que “la vida es una aventura y es el caos y el desorden. En cambio, la obra de arte es el orden“. Aventurémonos: con su último álbum, Mishima consiguen que la obra de arte (la forma) ordene el caos de la vida (el fondo). “Ordre i Aventura” es uno de esos discos que se viven a la vez que se aprecian como arte. Y aunque más arriba he afirmado que, con su último trabajo, ha alcanzado un techo, es inevitable sentir cierta excitación al pensar qué harán a partir de ahora… ¿Construirán hacia arriba? ¿O preferirán buscar nuevas geografías en las que explorar nuevas arquitecturas?


Mishima – Tot torna a començar

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