El proceso de recuperación de los 80 iniciado en la transición de la primera a la segunda década del siglo XXI sigue su curso. Y tiene visos de continuar con vigor, toda vez que las tendencias más candentes de la moda y, por supuesto, la música pop continúan aprovechando al máximo sus postulados para estirar la corriente hasta límites insospechados. Es más, el cine ya cayó totalmente en las fauces de este monstruo estético tal y como se comprobó este verano con el estreno de dos distinguidos (y discutidos) homenajes a esa época: “Paul” (Greg Mottola, 2011) y “Super 8” (J. J. Abrams, 2011). Así que, a estas alturas es inevitable preguntarse qué proporción de habilidad en cuanto al manejo de códigos propios de hace 30 años y de simple impostura artificiosa para captar la atención del público existe en todas de esas propuestas… Porque si el zeitgeist de hoy en día indica que la máquina del tiempo nos va a llevar inevitablemente a esas coordenadas espacio-temporales, mejor quedarse con aquellas obras (sea cual sea el material con el que estén confeccionadas) que intentan adaptar a la actualidad los recursos del pasado y evitar las que sólo pretenden aprovecharse de ellos para ejecutar meros ejercicios de estilo.

Ciñéndonos a la asignatura musical, lo cierto es que la nueva ola ochentera está dejando tras de sí un reguero de buenos y grandes discos que supieron trascender el encorsetamiento que conllevaba encuadrarlos bajo tal rótulo y sus correspondientes etiquetas: el pop de atmósfera épica destilado de la barrica de Simple Minds o Tears For Fears moldeado por The Horrors en su “Skying” (XL / PopStock!, 2011); la analogía electrónica revestida de fragancia chill wave tejida por Washed Out en “Within And Without” (Sub Pop / Music as Usual, 2011) o Com Truise en “Galactic Melt” (Ghostly International / PopStock!, 2011); y los sonidos adultos procedentes de cuando las emisoras FM transmitían buenas vibraciones manipulados artesanalmente por Destroyer en “Kaputt” (Merge, 2011). Estas son sólo unas cuantas muescas dibujadas sobre la pizarra de este auténtico rescate histórico. Se podrían mencionar más ejemplos, pero dada la cantidad disponible lo ideal sería ejecutar un pequeño proceso de discriminación para centrarse en los más significativos. O, en tal caso, dar con la perfecta paleta expresionista que aglutinara en su interior una pincelada de cada uno de esos cuadros: melancolía, nostalgia, romanticismo, pulcritud sonora, pop sintético transmutado en orgánico, confortable electrónica de habitación…

El californiano David Speck, alma mater de Part Time, parece haber conseguido ese objetivo con su debut, “What Would You Say?” (Mexican Summer / Music as Usual, 2011), sin hacer demasiado ruido y con mucha discreción, del mismo modo que lo había logrado su maestro Ariel Pink con sus Haunted Grafitti gracias a “Before Today” (4AD, 2010), antes de que el hype lo encumbrase a una velocidad inusitada. Precisamente, esa es la influencia más notoria que se advierte en cuanto arranca este disco, pero a medida que giran sus surcos van surgiendo otras concomitancias con artistas que van de celebridades como David Bowie a coetáneos que deberían tener mayor reconocimiento como John Maus. Sin embargo, Speck resta solemnidad al envoltorio y le añade la justa cantidad de sentimiento taciturno y noctívago, incluso lánguido, en aras de reflejar su propia personalidad. Esta pauta la aplica a pies juntillas a la hora de utilizar el sintetizador (mullido y acolchado en “Thunderbolts Of Love”) y su voz, tan sugerente como frágil, capaz de mantenerse firme sin diluirse entre límpidos punteos de guitarra (en la magnética “I Wanna Take You Out”) o elevarse sobre el teclado cuando este toma el papel protagonista en “Living In Pretend (My Girl Imagination)”.

Las estampas que recrean las pequeñas piezas de orfebrería pop que componen “What Would You Say?” no escapan de las conocidas (y manidas) imágenes que se asocian a los recuerdos auspiciados por el género arqueológico ochentero, aquellas que van desde paseos en coche con la luz del sol golpeando el asfalto mientras sonaba en la radio un casete TDK de cromo (“In This Filthy City”) hasta calurosas sesiones playeras en las que un@ observaba cual inocente voyeur los movimientos de la niña/chica o el niño/chico que le tenía atrapado el corazón: “She’s Got The Right” abre esa espita emocional cuyo gas embriagador se expande hasta las nominales “Hey Karen” y “Cassie (Won’t You Be My Doll)” -hipotéticas creaciones de unos Roxy Music sin tanto glamour ni rosas rojas de fondo- y adquiere forma sólida con la elocuente “She’s Playing With Your Mind”. Son estas escenas tan sencillas como los arreglos de los que se vale Speck para adornar sus composiciones: mínimos coros en “What Would You Say?” (la canción), amagos de acordes guitarreros a lo Johnny Marr en “Riots In The Streets” y teclados clasicistas en “19”.

Realmente, las canciones de Part Time no necesitan más, no precisan de ningún elemento superfluo para despegar y volar alto por encima de todas esas referencias que, amalgamadas, rinden honor a esa lejana edad de oro de los 80 de la que cualquiera parece tener una reminiscencia grabada a fuego en su memoria, ya sea diáfana o difuminada, ficticia o real. La cuestión es huir hacia atrás para impulsarse luego hacia adelante: dejar que la imaginación, la fascinación y las experiencias verídicas hagan que los 80 vuelvan por donde se habían ido para dar sentido a una grisácea realidad actual que quizá pocos desean vivir.

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