Los acontecimientos musicales se mueven a velocidad de vértigo; las modas son cada vez más pasajeras; y la fama ni siquiera se puede considerar efímera: aquellos quince minutos de gloria a los que aludía Andy Warhol actualmente se reducen a, como mucho, cinco. Pero, entre la vorágine de grupos que se encumbran y se envían a los infiernos con un chasquido de dedos y de artistas bulímicos que se comen el mundo para vomitarlo segundos después, aún queda lugar para el romanticismo. Antaño, el hechizo provocado por la magia de una sola canción escuchada al vuelo en determinada emisora de radio o en el hilo musical de una tienda de discos iniciaba todo un ritual en el que cada acto cotidiano, en un proceso largo y pausado, se entregaba al seguimiento de ese sonido hasta dar con su autor o autores. Establecida la relación, el enamoramiento podía prolongarse en el tiempo o no… Hoy en día, buena parte de ese espíritu aventurero se perdió por el fácil e inmediato acceso a los nuevos contenidos y el bombardeo informativo que proporciona la red. Aunque, al final, suele darse algún caso concreto que acaba siendo la excepción.

Hace casi un año saltaba a la palestra virtual una canción que llamaba la atención por su estructura motorik (derivada de la mejor tradición kraut) impulsada por el rápido silbido de un flautín de afilador: una colisión estilística que llevaba por título “La Melodía del Afilador” y que había sido registrada en un estudio de grabación asturiano. Motivos sencillos pero suficientes para seguir la pista de sus creadores, Pegasvs, dúo formado por dos de los miembros de Thelemáticos, Sergio Pérez (también colaborador de Joe Crepúsculo, entre otros) y Luciana della Villa (anteriormente en Sibyl Vane). Sin tiempo para asimilar dichas razones para la esperanza, se descubría “Atlántico”, un tema tan compacto y germánico como su predecesor pero con una envoltura más dulce y etérea. Casi por casualidad, comenzaba una de esas personales batallas contra la paciencia en espera del siguiente caramelo de la pareja que llevarse a los oídos. Este no tardaría demasiado en llegar: sesenta días más tarde aparecería “El Final de la Noche”, prima hermana de “La Melodía del Afilador” aderezada con un magnético bucle lírico y una absorbente línea de sintetizador cósmico.

El pequeño caballo alado de Pegasvs ya había comenzado a elevarse; aunque, hasta varios meses después, durante el pasado verano, no estallaría de verdad el runrún en torno a sus movimientos, justo cuando la posibilidad de que se publicase su disco de estreno se aproximaba. Parecía recuperarse, por fin, aquel placentero proceso de ir paladeando con parsimonia los avances ofrecidos por un grupo. Además, Sergio y Luciana habían logrado dar en la diana con sus tres intentos: 100% de efectividad. Gracias a ello, aumentó la sensación de que la pareja sería una de las grandes revelaciones patrias de 2012, hecho que se confirmó (por si aún hacía falta) con la salida de “Brillar”, otra muestra de pop maquinal que se entregaba en cuerpo y alma al despiporre espacial. Cuatro pepinazos de cuatro.

Con estos antecedentes, no sorprende la expectación generada por su homónimo LP de debut, “Pegasvs” (CANADA, 2012), que incluye los tres primeros cortes citados más arriba convenientemente pulidos y vigorizados, sin perder un ápice del halo divino que habían ido dejando tras de sí una vez conocidos. Será por eso que la exquisita portada del disco, de blanco impoluto con un corcel mitológico presidiéndola, casa a la perfección con su contenido, que va del electro-pop elegante a lo Gary Numan de “No Volverá” (que recuerda poderosamente al “Are Friends Electric?” de Tubeway Army) a la nocturnidad galáctica de “Sol de Medianoche”, gema de synth-pop ochentero inspirado en la serie “Cosmos” de Carl Sagan. En medio, sobresale el kraut-pop trotón de “Inmortal” (en la que la deliciosa tonalidad de la voz de Luciana consigue transportar al oyente a un especial estado gaseoso de conciencia), “Hasta el Horizonte” (con el teclado brincando con dulzura) y “Sobre las Olas”, de inicio y desarrollo calcados a los de “Atlántico”. Aquí surge la única pega que se le puede achacar a “Pegasvs”: cierta uniformidad rítmica, que facilita que algunos tramos del álbum posean un aspecto más similar de la cuenta. Es lo que tiene apretar al máximo la centrifugadora kraut…

No obstante, este detalle no impide considerar la ópera prima de Pegasvs como un LP multi-cromático (en cuyo núcleo se sitúa un prisma transparente a través del cual los haces de luz se dividen y se expanden) y fascinante, que actualiza añejos sonidos analógicos y, de paso, viejas costumbres, como aquella que consistía en saber aguardar, estoicamente, a que un grupo fuese dando minúsculos pasos para presenciar su explosión definitiva. En el caso de “Pegasvs”, cada fase se cumplió a rajatabla… Pero la demora mereció la pena. Mucho.

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