Siempre respondo lo mismo. Pregunta (por parte de muchos de los que me rodean): ¿Quiénes son estos Sleigh Bells con los que no paras de dar la chapa? Respuesta efectista: Son los que acaban de encular a M.I.A. Respuesta explicativa (que, al fin y al cabo, esto es una crítica “seria”): resulta que la Arulpragasam se flipó con este dúo neoyorkino y decidió que no sólo les iba a lanzar en su sello (NEET) el debut, un pepinaco llamado “Treats” (NEET, 2010), sino que además les iba a reclutar para que participaran en algunas de las canciones del que será el tercer largo de la Diva Multicolor Hasta Provocar El Vómito En Quien Osa Mirarla De Reojo. Entonces llega “Born Free”, con su video polémico y su expolio a Suicide en clave World (punk) Music, y hay dos opciones… Si no has escuchado nunca a Sleigh Bells, seguramente pensarás: “Cómo mola este nuevo sonido de M.I.A., más punkorro y tal”. Si has escuchado “Treats”, sin embargo, sólo hay un pensamiento como opción: “¿De qué vas, pava?” Así de radical.

Y es que “Treats” es mucho “Treats”. Sobre todo, sabiendo de dónde sale el engendro: este dúo que fulmina el concepto Pimpinela a base de pollazos ultrasónicos (preparaos para el lenguaje soez, porque escuchar a estos tipos saca al punqui que todos llevamos dentro) nace cuando Derek Miller, antiguo guitarrista de la banda Poison The Well (que con ese nombre, o eran miembros del aquelarre de David Tibet o se tiraban al hardcore. Hicieron lo segundo), conoce a Alexis Krauss, que ahora mismo es LA DIVA en mayúsculas pero que en aquel momento era una camarera con aspiraciones a cantante. A partir de ahí, y sin que nadie pueda explicar cómo, Sleigh Bells acabaron teniendo a media Nueva York bajo sus pies sin necesidad de pagar el billete de subida a lo alto del Empire State. Su directo, la verdad, es de esos que o te repele o te hace desear que Krauss camine lentamente sobre tu espalda con tacones de 12 cm. Dí que no al término medio. Pero es que sobre el escenario la cosa se reduce a Miller soltando infecciosas líneas de guitarra, Alexis siendo inmensa (y punto) y todo el resto en un festín de pre-grabados que ni un concierto de Britney. Eso sí: si entras en el juego, estás perdido. Permitid un símil: el shock va a ser similar al de cuando escuchaste en directo por primera vez el “Hey Boy Hey Girl” de The Chemical Brothers. Ahí está el nivel de Sleigh Bells.

Poco después, las cosas se aceleraron: telonearon a Major Lazer, los ficharon en NEET, lanzan “Treats”… y, claro, van y enculan a M.I.A. Otra puntualización en la línea: Miller y Krauss han preferido no utilizar la vaselina a la hora de practicar el sexo anal (salvaje) con el cadáver de Crystal Castles. Que una cosa es ganar, y otra fardar. Todo el mundo los compara, claro. Y parte de razón tienen. Pero es que allá donde Alice Glass y el homeless ese que la acompaña han acabado incurriendo en el aburrimiento por la vía de la saturación, resulta que Sleigh Bells se lo han sabido montar para cabalgar sobre las comparativas cogiéndolas por los cuernos: a diferencia de Glass, Alexis tiene una capacidad para hacer de su voz algo polimórfico que se adapta a la canción y que incluso puede acabar actuando como linimento para las heridas causadas por las melodías (“Rachel” y “Rill Rill”, por poner dos ejemplos); mientras que la pericia compositiva de Miller tampoco es moco de pavo (ya, esta expresión es muy poco punqui), demostrando que la herencia hardcoreta puede derivar en un conjunto de melodías que parten de la distorsión y el volumen peta-oídos para dirigirse hacia el campo de la armonía absoluta (y totalmente pegadiza). Que aprendan los castillos de cristal. En resumen, y dejando de lado ya las comparativas y el sexo anal, la fórmula de Sleigh Bells se basa en sumar elementos tan dispares como el punk, el metal, el hip-hop, el electro y el pop. Que suena a receta del Arguiñano, fácil fácil, pero es complicado ensamblarlo de forma que no se te caiga la cara de vergüenza.

Sí, señoras, sí. Han leído bien: la última parte de la receta es el pop. Porque no se puede negar que las canciones de “Treats” se enganchan con más facilidad que la promo de Movie Records: los hits se suceden como ráfagas de metralleta que impactan en tu pecho mientras el sonido de la guerra florece a tu alrededor como rosas negras, bellas en su propia podredumbre. Por mucho que lleves chaleco salvavidas, puedes sentir cómo las balas doblan tu protección de acero y acaban rompiéndote una costilla o dos. “Treats” es un no parar: “Tell ‘Em” abre fuego como un pistoletazo de salida herético pero solemne; “Kids” es la culpable de que, a día de hoy, la Arulpragasam no tenga uñas; “Riot Rythm” demuestra que el futuro del hip hop seguro que no está en mano de sonidos mariquitas como los de Kanye West; “Run The Heart” es el hit absoluto; “Crown On The Ground” es un ataque contra la estructura pop a base de bombas atómicas que llueven como un granizo tóxico; “Straigh A’s” demuestra que todos estamos preparados para abrazar el punk y salir indemnes de la aventura, sin enfermedades venéreas a la vista; “A/B Machines” es un puto delirio desquiciante pero que, contra todo pronóstico, causa un dulce mono en el que te enganchas a la necesidad de escuchar una y otra vez esas guitarras en acelerón y ese bombo capaz de obligar al resto de la canción a bajar su volumen… Y hay más, pero no se trata de hacer aquí un mapa de “Treats”. Se trata de convenceros para que, al escuchar lo nuevo de M.I.A., todos exclamemos: ¡¿Ande vas, pava!?

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