El enigma que envuelve al dúo Tennis continúa vigente a pesar de los ríos de tinta que se vertieron en los últimos meses a propósito de sus componentes, Patrick Railey y Alaina Moore, y de sus canciones (escasas, pero enormes). Pocos datos se tienen sobre ellos… Los más destacados: que ambos forman un matrimonio estable, que proceden de Denver (Colorado) y que se escaparon de su ciudad natal hacia la costa atlántica norteamericana para pasar siete meses de su vida navegando en su barquito. Qué ideal… y arriesgado, ¿verdad? Según sus propias palabras, durante esa travesía se gestó el embrión que posteriormente llamarían Tennis, tras desarrollar sus habilidades con algún que otro instrumento musical y con la voz (la de ella). Ese largo capítulo de su historia personal concluyó hace más o menos un año, de lo cual se deduce que es el tiempo que llevan ejerciendo de músicos / dupla artística. ¿Alguien se cree eso? Difícilmente, sobre todo después de la marea de críticas favorables que recibió su primera referencia, el EP “Baltimore” (Underwater Peoples, 2010). En él, se recogían cuatro temas como cuatro soles lo-fi calentando el mar en pleno agosto: “Baltimore”, “Cape Dory”, “Marathon” y “South Carolina”, reflejos titilantes de la peculiar singladura (oceánica y vital) de la pareja anclados en el pop femenino de los 60 y en los girl groups de esa época.

Pero no piensen que el hecho de que esa filia sesentera se relacione con la costa estadounidense (aunque no sea la californiana) implica que Tennis facturen un refrito del “Crazy For You” de Best Coast o de los trabajos de esas bandas correligionarias de Bethany Cosentino que trufaron el 2010 de pop luminoso. No, el dúo esquiva la animosidad eléctrica surfera y se decanta por ser más fiel a la edad de oro del pop yanqui, conservando así impoluto el espíritu de The Shirelles, The Crystals o The Shangri-Las en una gigantesca pecera de formol. Esa es la esencia de su debut en largo, “Cape Dory” (Fat Possum / PIAS Spain, 2011), un dechado de pop retro ejecutado con imperfecta maestría y encabezado por una fotografía impactante, descacharrante y relativamente controvertida por su posible simbolismo: todo un homenaje a una gran dama que desató pasiones en los 80, la solista y actriz Lisa Hartman, protagonista involuntaria de anuncios televisivos de recopilatorios de esa década emitidos de madrugada. Sin embargo, esa portada (una de las mejores del inicio de 2011, digan lo que digan) no tiene nada que ver con el contenido de “Cape Dory”; lo que hace pensar que el dúo posee un inmenso sentido del humor o que la citada diva es la heroína de Alaina… Sea como sea, y olvidándonos por un momento de esa anécdota, este álbum expande las bondades de su EP predecesor ahondando en una fórmula más que conocida y practicada, pero muy efectiva: melodías pegajosas, coros dulces y arreglos algodonados en cantidades justas para que el cancionero no empalague. Vamos, este LP es, lo que se dice, un buen caramelo relleno de chicle, una golosina que se adhiere desde el primer segundo al oído y al alma.

El comienzo es arrollador: “Take Me Somewhere” y “Long Boat Pass”, más las ya famosas (aunque pulidas para la ocasión) “Cape Dory” y “Marathon”, nos trasladan por arte de magia a un escenario adornado por abigarradas máquinas jukebox, batidos de fresa, chicas con gafas en forma de corazón embutidas en pulcros vestidos, chicos repeinados invitando a bailar a esas jovenzuelas y Cadillacs abombados transitando por las calles. Pero, en realidad, los textos no hablan de esas experiencias imaginadas en un pasado mejor, sino que se mueven en torno a las vivencias de Patrick y Alaina surcando las olas, convirtiéndose en la versión 2.0 de las típicas historias marineras o, en determinadas fases (“Bimini Bay”, “Pigeon”), en preciosas estampas de una travesía que los tortolitos transformaron en una especie de luna de miel. Si estuviésemos hablando estrictamente del fondo de “Cape Dory”, este aspecto adquiriría mayor relevancia; pero aquí lo más interesante es fijarse en el continente, en el lustre que aportan las guitarras incorruptas de Patrick, que dibujan tanto cenefas coloristas entre saltarinas y melancólicas (“South Carolina”, “Seafarer”) como postales de atardeceres compartidos por amantes enamorados que observan el horizonte rojizo mientras se cogen de las manos sentados en un embarcadero (“Waterbirds”).

Esta metáfora ejemplificaría a las mil maravillas el poso que dejan en el corazón las composiciones de Tennis. A ellas habría que añadir cualquiera de estos adjetivos (o todos): puras, frescas, románticas, virginales… Expresiones que, durante 2011 (atención al estreno de otros sugerentes nombres como The Notes o La Sera), volveremos a utilizar para seguir describiendo esa explosión revisionista de los 60 americanos que tan bien está sentando a parte de la humanidad. Quién pudiera disfrutarla tumbado en la cubierta de un barco embargado por el sabor del agua salada y la suavidad de la brisa marina…

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