Decía Marcel Proust que “el amor es el tiempo y el espacio medidos por el corazón”. Lo que viene a significar que el amor es ese sentimiento que florece cuando permitimos que sea el corazón y no la razón el que acote el contenido de un espacio y un tiempo concretos. Y supongo que tiene huevos abrir una crítica del “Coexist” (XL / PopStock!, 2012) de The xx con la única cita de Proust susceptible de ser utilizada en la carpeta de una quinceañera… Pero es que estas son unas palabras que definen a la perfección el segundo álbum de los ingleses que hace unas temporadas consiguieron convertirse en la banda sonora del petting y el folleteo de medio mundo. En todas y cada una de las canciones que pueden encontrarse en este disco hay una pautación sublime del tiempo (a veces más acelerado, a veces más lento… a veces en punto muerto) y el espacio (una cantidad de espacio obscena en el que flotan las voces de Romy Madley Croft y Oliver Sim y en el que los arreglos de Jamie xx se mueven ingrávidos como una culebra de agua en gravedad cero), siempre orquestados por la mano dúctil pero férrea del corazón. El resultado, lo dice Proust y no yo, es puro amor. Y no sólo es que cada uno de los temas comprima en menos de cinco minutos algún momento de una relación amorosa (especialmente las separaciones, las ausencias, los desencuentros, las inseguridades), sino que su escucha conduce precisamente hacia un estado de extasis amoroso y enamorado.

Puede que lo primero que piense cualquiera es que lo dicho no dista demasiado de lo ya postulado por la banda en “xx” (XL, 2009). Y puede que así sea. Porque lo que está claro es que la intención de The xx, por ahora, está en las antípodas del cambio. Más bien podría decirse que “Coexist” es un magistral laboratorio en el que se conservan las mismas pautas de trabajo, las mismas fórmulas y motodologías, pero se aplican ya sea a coyunturas distintas (aunque nunca demasiado lejanas unas de otras) o en campos de trabajo más amplios. Las pautas de trabajo no hace falta que vuelvan a explicarse con demasiada extensión… Este disco sigue explorando el minimalismo del sonido, siempre buscando el límite de existencia de unas líneas melódicas minúsculas en un espacio cada vez más vacío: los instrumentos se convierten en esqueletos ralos pero blanquísimos que bailan en una oscuridad cálida, mientras que las bases se transforman en bucles perfectos que parecen girar sobre sí mismos en una galaxia perdida. También encontramos aquí el subyugante trenzado entre las voces de Romy y Oliver pero, sobre todo, el entrelazarse de sus discursos. Esto no es Pimpinela: aquí no hay una réplica y una contraréplica, sino más bien dos monólogos que corren paralelos y que, de vez en cuando, se entrecruzan provocando la chispa cegadora de una magia luminosa. Así es como funciona la poesía: interpelando a quien lee (a quien escucha) a que obtenga su propio significado a partir de las pistas y de su interrelación, a partir de lo que pueden o no parecer casualidades.

Eso sí, las voces de los dos amigos (y nada más) son las primeras en denotar que algo ha cambiado en “Coexist“. Si la jugada de componer por separado, a las tantas de la madrugada, cada uno lidiando con su propia soledad noctívaga, les funcionó en “xx“, parece que ahora ya no buscan forzar el encuentro. Cierto es que, por primera vez en su historia como grupo, los tres se han juntado en el estudio para componer algunas de las canciones (entre ellas, esa maravilla que cierra el disco y que se titula, de forma más clara imposible, “Our Song“). Pero, pese a ello, los nuevos temas hacen pensar que Romy, Oliver y Jamie cada vez se sienten más seguros encerrados entre las cuatro paredes de su propia intimidad: puede que las ventanas a través de las que nos dejan atisbarlos sean ahora más grandes, pero ellos cada vez son más ajenos a nuestra mirada. Cada vez están más ensimismados (en un rasgo muy generacional, por otra parte). En “Coexist“, sus emociones parecen bailar en la noche como iluminadas por un estrobo a velocidad mínima: los sentimientos se estilizan al aplicárseles esta técnica, de tal forma que la oscuridad (igual que los silencios) acaban dando más sentido todavía a lo iluminado en ráfagas (igual que los sonidos en su mínima expresión). Y, sobre todo, no tienen miedo a la hora de mostrar una sensualidad mucho más voluptuosa que en su predecesor: canciones como “Try” (con su señal de alarma abriendo paso a los ungüentos aplicados como en oleadas de caricias) o “Missing (donde el latido de ese corazón al que canta Oliver -“My heart is beating / in a different way“- se asemeja demasiado al empujar y recular entre las caderas de tu amante) muestran que no sólo los tres artistas han madurado… También lo ha hecho una sexualidad cada vez más compleja, más profunda.

Eso es algo, sin embargo, que no sólo se consigue con las voces y con las letras (por muy sencillas, casi ramplonas, que puedan ser). El gran mago detrás de la magia de “Coexist” sigue siendo Jamie xx, quien demuestra que sus múltiples escarceos como productor y mezclador de creatividades ajenas no son mucho más que un campo de pruebas de cara a lo que lleva a cabo en The xx. Como ya se ha dicho varias (demasiadas) veces en esta crítica, el gran avance de este nuevo álbum podría ser la depuración de las lineas de su antecesor. Parece como si Jamie jugara a quitarles aire a los instrumentos, a las bases, para ver cuánto pueden seguir viviendo, seguir moviéndose, seguir metiéndose debajo de la piel de quien escucha. Pero hay otro gran movimiento en “Coexist“. Considerando que el músico se ha convertido en una de las principales fichas del post-dubstep británcio o también llamado soulstep, no es de extrañar que lo más sorprendente de este disco sea la aplicación de ciertas bases de baile (principalmente house) a canciones cuyos esqueletos formales nunca habían admitido este tipo de hechicería. La jugada es sencilla pero, a la vez, tremendamente complicada: esos principios de depuración absoluta ya comentados son los culpables de que la percusión dancera de temas como “Swept Away” (preparémonos para las remezclas loquísimas que nos van a llegar de este corte) o “Reunion” (muy probablemente el gran tema de “Coexist“: abriendo con ese steel drum y esa bruma nocturna que acaban quebrándose y dejando paso a una canción-chorreo totalmente nueva y bailable) ostenten un armazón rítmico como el eco que pervive en el cuerpo varias horas después de haber llegado a tu casa desde un club.

Lo más curioso del caso “Coexist” es que no admite mayor esnobismo ni intelectualización. No es un disco complejo porque, básicamente, no juega a la complejidad. Más bien, por el contrario, su simplicidad de formas, su minimalismo estructural, se engarza a la perfección a las emociones que retrata: por complicado que lo queramos hacer, el amor es lo que es. El amor da para muchos libros, pero la mejor literatura es la que lo encara frontalmente, sin adornos, sin barroquismos ni arabescos, reducido a su mínima expresión. Porque esa expresión mínima es, al fin y al cabo, la que entendemos todos. Todos somos capaces de epatar con un tema tan desarmante como el sublime “Angels” que abre el álbum. Todos somos capaces de emocionarnos con las cadencias de esa “Sunset” en la que las guitarras adquieren una nueva dimensión de profundidad (de forma muy similar a la practicada por Beach House, una banda con la que The xx mantienen más parecidos de los que podrían sospecharse a primer vistazo). Todos somos capaces de dejarnos llevar por la repetición mántrica de “Chained“. Porque, al fin y al cabo, la música de The xx es tan directa que es susceptible de acabar siendo carnaza de quinceañeras. Pero, como en el caso de la cita de Proust, su capacidad de síntesis, casi de aforismo, es tan poderosa que es imposible no rendirse y dejar que te abra el corazón en canal.

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