tirana el divino estado de la descomposicion

Los extraterrestres nos llaman: pertenecemos al infinito”, es la frase con la que Juan y José, excéntricos protagonistas de la película que Oscar Aibar rodara en 2003, aquella maravillosa y tiernísima “Platillos Volantes” que recomiendo fervientemente en caso de que no se hubiera visto ya (que, de ser así, ojo que viene spoilerazo ahora: saltad con la vista unas dos o tres líneas si tal), se despiden del planeta Tierra antes de tumbarse en las vías del tren para partir hacia otro mundo, hacia otro planeta, o hacia ningún lado según se quiera ver.

Pero también puede tomarse como una frase con la que interpretar el primer trabajo largo de Tirana, el proyecto de Olivia Mateu, ex-Gúdar y parte de lo mejor que le ha pasado a la escena underground patria aka el colectivo Hi Jauh USB?. Dicho esto no sólo por las referencias al mundo de la ciencia ficción -numerosas y evidentes en temas como “Las Estrellas” o “Solsticios”- que encontramos a lo largo de las letras de “El Divino Estado de la Descomposición“, editado a tres bandas por FikasoundHi Jauh USB? Vanishing Point a pocas semanas de terminar 2015 y cogiéndonos a todos por sorpresa a la par que quedaban automáticamente invalidadas todas las listas de LoMejorDelAño hechas hasta la fecha, sino también por la manera misma en la que las canciones están construidas a nivel melódico: como línea general, todas ellas se estructuran según arreglos in crescendo, con capas y capas de instrumentos que se van sumando paulatinamente creando una progresiva tensión hacia arriba, una ascensión hacia, ¡oh!, el infinito. Dicha tensión, sin embargo, acaba finalmente quebrándose (más o menos abruptamente dependiendo de la pista), dejando la desalentadora sensación de haber estado casi a punto de alcanzar algo.

Lo dicho resulta especialmente evidente en el primer tema del disco, “Las Estrellas“: si Olivia abría su EP “Vas A Morir” con “A veces se me va la cabeza“, aquí lo hace en cambio con”Las noches de verano se me iba la cabeza“. Como bien señalan los de La Fonoteca aquí: “Los teclados se intensifican y los sintes se agrietan ante la proximidad del contacto. Se suceden los guiños a los clásicos, los ovniófilos del grupo Rahma, las bicicletas de E.T., la nave nodriza y las notas comunicantes de la tercera fase… Hasta que el momento se diluye, el contacto se aleja, el piano se pierde y la posibilidad desaparece“. Para escapar de una realidad tediosa y asfixiante, buscamos refugio en otro mundo, en otras galaxias. Pero la realidad siempre golpea más fuerte y ese anhelo de huida se desvanece en nada, en universos inalcanzables. Sin embargo, Tirana no. Tirana más bien alcanza perfectamente el efecto que (suponemos desde aquí, pues sería falaz afirmar contundentemente cualquier cosa sobre las intenciones de un artista al crear su obra) busca: la desolación, la angustia y la muerte están claramente presentes en las letras, pero es esta estructura melódica hecha de graduales subidas, explosiones de sonido y consecuentes bajadas la que hace que no puedas identificar exactamente de dónde viene la sensación tan descoranzadora de “El Divino Estado de la Descomposición” y sientas justamente por ello aún más angustia.

Como decíamos, la muerte vuelve a ser nuevamente un eje temático en los temas compuestos por Olivia, como ya lo fueran en su primer EP “Vas A Morir”, editado en 2012 también por Hi Jauh USB? y una de las cosas más bonitas y demoledoras que se hayan compuesto jamás en castellano. No sabemos qué tiene El Baix que los vuelve a todos tan tristes como talentosos, pero no puede ser casualidad que tanto Primogénito López como La Estrella de David sean también dos de los grupos a los que recurrimos cuando lo único que nos apetece es cavar nuestra propia tumba, ir hasta ella haciendo la croqueta y quedarnos allí a llorar y esperar la muerte. En “El Divino Estado de la Decomposición” nos volvemos a encontrar, pues, con  la felicidad no como una certeza o garantía, sino con la tristeza como una posibilidad vital igual de probable. Una emoción que, si en “Vas A Morir” se plasmaba líricamente con aquel “Puede ser, puede ser que no seas feliz / Puede ser, puede ser que te quieras morir” de su tema “Serás Mayor”, en “El Divino Estado de la Descomposición” lo hace en cambio en “Peores Momentos”, que aunque se abra con la convicción de “Y vendrán mejores momentos / Y tú los vivirás” se cierra con “Y estarás mucho mejor / O estarás mucho peor”. Señores y señoras -y no creo que le estemos descubriendo Marte a nadie-, es esta la vida misma: no olvidéis que las cosas pueden ir siempre a peor. Por otro lado, la canción es tan arrolladora que sería maravilloso verla interpetada en directo. guiño guiño, codazo, codazo

Mención aparte merece el cuarto corte del disco, “Mejor Persona“, que retoma en cierto modo la anteriormente publicada “Monstruo“. La sutil diferencia entre ambas, sin embargo, reside en que mientras que en la canción del EP había una certeza sobre no ser capaz de hacer las cosas mejor, en “MejorPersona” se nos dice que “Podría ser mejor persona / Lo sé muy bien“… Pero no voy a serlo, así que aléjate de mí, parece insinuar Tirana como contrapunto. Es el ser plenamente consciente de la propia toxicidad, de que sólo podemos acarrearle daño a la otra persona y el intento de liberarla de nosotros, ya que jamás podremos hacerla todo lo feliz que merece. Se adivina en la canción cierta dependencia de la otra persona hacia esta toxicidad en ese “Debes buscar tu bien / Y no el mío“, y de ahí una de las cosas mas bonitas que se le pueden decir a alguien: “Cuando me muera, no quiero que te acuerdes de mí“. “¿Te acuerdas de mí?“, y Albert contesta “no“: mientras haya vida hay dependencia, pero la muerte es libertad.

Para escapar de una realidad tediosa y
asfixiante, buscamos refugio en otro mundo,
en otras galaxias.

El epicentro del disco está constituido por “Avanzar” -que ya hace cosa de un año se había podido escuchar en una versión acústica- y “Diagnóstico Muerte,” que conforman un elocuente a la par que consternador binomio. La primera, recorrida por una base de acordes en guitarra que por momentos recuerda a la “Weird Fishes/Arpeggi” de Radiohead, parece recoger consejos para superar un hecho traumático, nada fuera de lo común hasta que Olivia canta “El tiempo nos pone bien lejos”: ni en nuestro lugar ni mierdas, el tiempo lo que hace es alejarnos inexorablemente los unos de los otros. El sobrecogedor “Solo siento miedo” que suelta aquí Tirana sirve como pistoletazo de salida para que el tema empiece a coger fuerza musicalmente gracias a una contundente batería y a una suma de sintetizadores que finalmente estallan en una serie de grititos y coros junto a Albert, que a su vez se demuelen en una repentina paz, en la que un piano como único protagonista se entrelaza sin transición aparente con la siguiente canción, “Diagnóstico muerte”. Esta, en su gran medida instrumental y nuevamente con una estructura in crescendo, parece ser un diálogo con la muerte en la que la portada del disco, diseñada por la misma Olivia, se hace canción. “Ahora que te he visto de frente / he recordado que yo te busqué / pero ahora que te me apareces…” y y y y y hasta aquí porque, por mucho que lo haya intentado -y lo he intentado una veintena de veces como mínimo-, no alcanzo a entender qué se canta susurrando aquí. Pero, comprendiendo o no, lo que es innegable aquí son los escalofríos que “Diagnóstico muerte” le dejan a uno en el cuerpo.

Harto fúnebres son también “Territorio Español” y “El Delta del Euro”. La primera -que incide de manera casi esquizofrénica sobre una melodía que podría servir como banda sonora de una escena en la que payasos sangrantes bailan claqué mientras se les van cayendo ahora un brazo, ahora un ojo, ahora parte de la cabeza, sin por ello dejar de sonreír a 32 dientes- presenta la imagen de una psicopática España profundamente sumida en asesinatos y violencia. Ese “Veo demasiadas series de psicópatas”, sin embargo, parece indicar que este panorama se trata más bien de un delirio paranoide de quien canta que de una realidad a todos los efectos. Hacia el final del 12″, en cambio, en “El Delta del Euro” -la canción más larga del disco y la única compuesta en su totalidad por Albert– suelta Olivia ese “Hay muerte para todos / Acabaré contigo” que, joder, dicho con una voz tan suave acojona que no veas. De manera más o menos irónica, lo que parece decirse aquí es que no hay de qué preocuparse: no sólo todos seremos asesinados, sino que lo mejor es que no nos saldrá nada caro.

Pero no todo es muerte y desolación aquí, ni es este un disco pesimista ni mucho menos. Vale, igual no es un álbum que vaya por ahí gritando “¡la vida es chula!”, pero “El Divino Estado de la Descomposición” no deforma la realidad en pos de una visión oscura y solitaria de esta, sino que más bien saca a la luz la parte más fúnebre y desoladora que la realidad efectivamente tiene, sea esto incómodo de admitir o no. Disculpad que cite una vez más “Platillos Volantes”, pero “La comedia que observamos continuamente en este planeta es inconcebible […]. Seguid hasta entonces con vuestra comedia, con vuestra hipocresía, con vuestra tiranía”. Yendo más allá, el disco encierra en realidad una hermosísima esperanza, una necesidad de creer que haya algo más allá (“Tú eres mucho más, naciste para escapar / Tú eres mucho más y te mereces más”: “Peores momentosonce again), algo más allá de toda esta mierda (pequeño inciso: Olivia Mateu es de las pocas personas que consiguen sonar dulces aún diciendo mierda, véase como ejemplo las canciones “Yo Soy Esa” y “El Delta del Euro“).

El problema, es que según Tirana, ese “más” no se encuentra en este mundo, sino más bien fuera del Sistema Solar, como se deja muy claro en el noveno y uno de los más conseguidos cortes del álbum, “Solsticios”: “Formas con luz con tanto amor por dar / Ha de haber más y debe ser mejor que esto / No puedo creer si solo hay esto” canta repetidamente hasta el final de la canción junto a Albert Espuña de Gúdar -quien en este disco queda ya casi totalmente integrado a la formación de Tirana, presencia la suya que se hace evidente tanto a nivel vocal como en el mayor uso de instrumentos que encontramos en este 12” respecto al primer EP de Olivia-. Todo ello desemboca en un angustioso rasgueo de guitarra con un último “Ha de haber más” con el que (aunque sean apenas los ultimísimos segundos de la canción) el tema rompe repentinamente en silencio. Una calma que resulta ser el íncipit perfecto para una de las canciones más tiernas del disco: “La Verdad”. Se canta quizás aquí sobre aquella reacción por la que todos hemos pasado alguna vez tras una ruptura sentimental, esa tentativa de autoconvencerse como defensa al dolor de que, al fin y al cabo, la otra persona no nos convenía y que tampoco es que hayamos perdido gran cosa. Todo era una idealización: “La verdad no es así / Te inventé solo para mí / En tí no hay nada“. Digo “tentativa” pues la forma en la que se construye la canción, con ese ir sumando frases poco a poco hasta conseguir una sentencia completa y con sentido, da la sensación de que no se está seguro de lo que uno está diciendo, y en el fondo se sabe que no es verdad. Pero a veces uno necesita creer que sí. Termina “El Divino Estado de la Descomposición” con la canción homónima del disco y cuyo título saca Olivia del fanzine sci-fi “Amazing Mosters“: un tema en el que, una vez mas, admite la propia nocividad, de la que le resulta imposible liberarse incluso por amor.

El único reproche que puede hacérsele a “El Divino Estado de la Descomposición” -precioso oxímoron, por cierto- es no venir embalado con un kilómetro de kleenex, porque la llorera es importante y el papel no muy barato. Aunque la pista secreta incluida solamente en la edición física puede que lo solvente en cierto modo. Con tanto rollo sci-fi que hemos soltado, sería de esperar que sentenciásemos esta reseña con una frase tan efectista como obvia rollo “y es que Tirana no es de este planeta”… Pero no. Y es que, sabiendo que existe en esta Tierra gente capaz de hacer música como la suya, uno recupera un poco la fe en que no hace falta buscar escapar de la mierda en otras galaxias o en las vías de un tren. La fe en que, a pesar de todo, quizás quedarse un ratito más valga la pena.

 

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