Ya sabemos que el mundo de la moda está lleno de mamarrachadas (y, sin querer, esta sección se está convirtiendo en un estupendo contenedor semanal). Y no hay época del año en el que se ven más mamarrachadas por centímetro cuadrado que en las Fashion Weeks. En época de Fashion Weeks no hay quien lea NADA. Todas las webs están copadas de los desfiles (esto bien) y de blogueros y blogueras y editores y editoras y socialités y wannabes y gente que pasaba por allí haciendo el canelo y posando y dándoselas de importante. Un coñazo. Y encima nos inundan el interné de fotos de gente haciendo la mamarracha vestida con lo que son sus mejores galas y que por lo general suelen ser una horterada. Pero hasta ahí bien, mira. Esto es como lo de no ver Telecinco: si no te gusta, cambia de canal. O no lo mires. O vete del país. Al fin y al cabo, toda esa gentuza hace lo que se espera de ella y para lo que han sido modificados genéticamente: para estar. Punto. Pero mira, por lo menos son mayores de edad (o casi).

Lo que ya si que no es la estupidez supina que se ha puesto de moda en los últimos tiempos de pasear a los críos por los front rows y las fiestas post-desfile: hace dos años estaba de moda llevar una mascota y ahora lo está llevar un crío. Tavi por lo menos iba al instituto. Pero esto de lucir niño como el que luce un bolso de Marc Jacobs, no lo veo. Y mucho menos lo de VESTIR a los niños como personas mayores. Un crío tiene que vestir como un crío y hacer cosas de tal. Suri no es el ejemplo a seguir. Pero le han salido un montón de competidoras absurdas. La última: la sobrina de Alexander Wang, que en el desfile de su tío centró todo el spotlight con su look de vagabunda ultrachic, como recién salida de un taxi en el que acababa de vomitar. Yo digo: no al vestido de cuero negro (con estampado de serpiente, ¡por Dios!), no al bolso Chanel (que seguro que no es fake, claro), no a las Nike y no a ese momento de saber lo que hacer (posar) cuando realmente está como Froilán cuando se le acercan los micrófonos: con ganas de coger una escopeta de perdigones. ¿Es que el mamarracherío fashionista no tiene límites de edad? Parece ser que no. Aquí el momento en todo su esplendor:

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