Hay grupos que, a pesar de que llevan a cuestas una larga y fecunda trayectoria, parecen no existir… O, al menos, dan la sensación de que, cuando dan un paso hacia adelante, lo hacen sin armar demasiado (o ningún) ruido; simplemente, se dedican a componer su música (sin ataduras, sin agobios) y logran contentar, en mayor o menor medida, a su fiel (y reducido) séquito de seguidores, los cuales saben de antemano que lo que van a escuchar les satisfará plenamente. Así, esta clase de bandas funcionan como esas personas que viven con tanta discreción que, mientras están cerca de nosotros, ni notamos su presencia ni las observamos; pero que, cuando faltan, se echan de menos al instante. En ambas descripciones encajan a la perfección los neoyorquinos Ivy, para algunos un nombre del que poseen escasa información y para otros una referencia de culto dentro del pop elegante y sofisticado, adorada por mantenerse incólume lejos de los cegadores focos de los medios masivos y del público que sólo se acerca a la tendencia vigente.

Una actitud que la franco-americana Dominique Durand, Adam Schlesinger y Andy Chase conservaron firmemente en sus más de quince años de carrera, jalonada de buenos discos y mejores canciones, aunque para seguirlos hubiera que recurrir una y otra vez a la paciencia, término clave que define la visión que aplica el trío a su proceso creativo y musical. Para muestra, varios botones: entre la salida de su segundo disco, “Apartment Life” (Nettwerk, 1997) y la del tercero, “Long Distance” (Nettwerk, 2001), transcurrieron cuatro años, idéntico intervalo olímpico establecido entre este e “In The Clear” (Nettwerk, 2005), si no se incluye el álbum de versiones intermedio “Guestroom” (Minty Fresh, 2002); a ello habría que sumar los seis años que separan su citado último trabajo y su nueva obra, “All Hours” (Nettwerk, 2011)… Es decir, que Ivy se suelen tomar las cosas con mucha calma. No obstante, un factor de peso que explicaría, en parte, esa parsimonia es el hecho de que Schlesinger sea un tipo hiperactivo que, además de ejercer de productor de diversas formaciones (Tahiti 80 o They Might Be Giants, entre muchas otras), se ocupa de sacar adelante a sus Fountains Of Wayne. Matices aparte, en casos como este se certifica que es posible que un grupo sobreviva en la voraz industria musical (sobre todo en la actual) sin renunciar a sus principios básicos ni prostituirse artísticamente, a pesar de que los réditos que obtenga no le permitan prosperar mucho más allá de su coto privado de actuación, sufriendo el riesgo de que se le ignore casi por completo.

Conscientes de ello, Ivy labraron su camino sin sobresaltos, siguiendo la estela, primero, de The Smiths (y Morrissey) más Stereolab, y luego, de Saint Etienne: tres ángulos entre los que escribieron dulces versos de poesía urbana y tejieron delicados bordados de pop (clásico y sintético) transparente y primoroso. Más aferrados, a día de hoy, al estilo impuesto por Sarah Cracknell y compañía que al de los otros dos conjuntos, prosiguen en su tarea de sublimar la melodía cristalina, con apego por la melancolía nocturna que provoca la soledad de la vida en la ciudad y la ausencia o pérdida del ser amado. Ambas sensaciones se despliegan en “All Hours” del mismo modo que constantemente caracterizaron las composiciones de Ivy, aunque en este álbum se abre una pequeña brecha para dejar pasar algunos destellos de optimismo de neón en cuanto comienza a girar el loop de “Distant Lights”, pieza que, como la propia Dominique Durand confesó, se convirtió en la brújula que guió al grupo en pos del sonido que pretendía madurar: bases electrónicas salpicadas de condimentos acústicos y pianísticos para acomodar mensajes sencillos pero efectivos interpretados por la seductora (y aún afrancesada) voz de la franco-americana. De ahí que “Fascinated” (segundo adelanto del disco, junto con la anterior), “How’s Never” y “Suspicious” calquen dicha fórmula sin reparos, acabando por convertirse en una especie de demostración de lo próximos que se encuentran Ivy de los Saint Etienne más recientes.

Por otro lado, a nivel lírico, los textos relacionados con los asuntos del (des)amor adquieren protagonismo en la segunda parte de “All Hours”, en la cual se incide en las recurrentes historias que explican situaciones post-ruptura (“World Without You”, que intenta acercarse a la magnánima “Keep Moving”, pero se queda a cientos de kilómetros de distancia), y pensamientos que encierran verdades inconfesables (“I Still Want You”) e inevitables (“Everybody Knows”). En este tramo es donde también se aprecia el cambio más evidente de ese sonido electro-orgánico hacia uno más clásico, gracias a “You Make It So Hard”, con la que se realiza un viraje hacia los postulados pop practicados por Schlesinger en Fountains Of Wayne. Realmente, esa es la única desviación que se produce en la senda marcada desde el inicio del LP, ya que tanto en los momentos más taciturnos (“Lost In The Sun”) como en los más inquietos (“She Really Got To You”) se vuelve a las estructuras sintetizadas originales.

Eso sí, a pesar de la repetición de esquemas, las melodías conservan todo su halo evocador: “The Conversation” lo constata recordando que “All Hours” (independientemente de lo que sugiere el título) es un álbum que se aprovecha mejor durante las horas perdidas de la noche, en esas fases de insomnio que conducen a la reflexión profunda y meditada. Ivy siempre supieron manejar, con sensatez y mucho tacto, esos códigos a lo largo de su discografía, llevándolos a la excelencia y consiguiendo algo ciertamente complicado: que las conclusiones obtenidas en plena madrugada no se esfumaran al salir el sol, sino que se prolongaran el resto del día, las semanas, los meses… A eso se le llama llegar a lo más hondo.

IVY – Fascinated by nettwerkmusicgroup

  • Sebastián

    Me encanta Ivy! Lo mejor del sonido pop sofisticado.

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