Joaquín Pascual, de oficio trotamundos de la España musical sumergida: en sus inicios, fue uno de los hermanos carnales de Fernando Alfaro en Surfin’ Bichos; toda vez que los albaceteños pasaron a mejor vida, vio al resto de los mortales desde la montaña más alta del mundo con Mercromina; en su siguiente parada, eligió un apellido hollywoodiense para dar forma a su nueva banda, Travolta; y, al mismo tiempo, se convirtió en la mitad del extraño dúo Tórtel. Que alguien me diga ahora que conoce a un músico (nacional o extranjero) con tal currículum… sin que decaiga en calidad e interés cada una de sus propuestas. Es posible que Joaquín conozca alguno que lo supere, por eso decidió que ya era hora de que, por primera vez, su ímprobo trabajo llegase a su fiel audiencia bajo su propio nombre.

Se pueden barajar muchas razones que expliquen las motivaciones del manchego para confeccionar “El Ritmo De Los Acontecimientos” (El Genio Equivocado / El Ritmo de los Acontecimientos, 2010). Seguro que los mal pensados seguirán insistiendo en que es un paso más en su empeño por demostrar su genio después de vivir a la sombra de Alfaro, incluso tras la etapa de los Bichos. Me temo que la cosa no va por ahí, debido al tiempo transcurrido desde entonces y al relativo éxito de ambos con sus posteriores proyectos. En este caso, Joaquín se deja de aspavientos y se pone en la piel de un trovador urbano que habla de situaciones reales y pequeños momentos que todo ciudadano de a pie vive cada día.

Con la ayuda del ubicuo Paco Loco en las tareas de grabación, no necesitó demasiados elementos para construir las diecinueve (sí, diecinueve) canciones del disco: píldoras de cotidianeidad cuyos títulos, si los juntásemos en un texto coherente, serían el reflejo de la filosofía de bolsillo de “El Ritmo De Los Acontecimientos”. ¿Y cómo fluye ese ritmo? Unas veces tranquilo, lento por momentos, lo que ayuda a que Joaquín desgrane con firmeza sus letras y se le preste la atención adecuada; y otras con más nervio. Ambas maneras son válidas para tratar asuntos tan corrientes e importantes (pero que pueden hacer que nos estalle la cabeza, al estilo de la portada del disco) como la torpeza humana en cualquiera de los sentidos que se le quiera dar a la expresión (“Todos Los Días Tengo Un Accidente”) o el efecto dominó emocional que puede provocar una prenda de vestir (“Una Pena De Camisa”). Esa visión lúdica de la vida, a pesar de las vicisitudes que hay que superar, recuerda al Fran Fernández más irónico y costumbrista de La Costa Brava y Francisco Nixon en “Viejo Cascarrabias”, “Sólo Te Pedí Un Cigarro”, “Ella Me Atropelló” o “Ese Día En Que Todos Me Querían A Mí”.

Pero no hay que fijarse sólo en las letras. Aunque Joaquín sea gran seguidor del menos es más, sus partituras tienen mucha chicha, y juegan a parecer salidas de la década de los 60 (“La Unión Hace La Fuerza” o “Jugando Al Escondite” y “Galán De Noche”, en las que brillan los coros cortesía de Ana Galletero y Muni Camón) o a hacer excursiones psicodélicas a medio camino entre Spacemen 3 y Los Planetas (“El Movimiento De La Tierra”). El resto de las canciones, sustentadas en un esqueleto acústico lo-fi (ejemplificado en “Nos Miramos A Los Ojos”), ahonda en las consabidas historias sencillas del mundo en miniatura de Joaquín Pascual.

Ya lo dicen dos de sus composiciones: “Un Hombre Como Los Demás” que construye su música “Disfrutando De Lo Lindo”. A pesar del juego de canciones tan facilón que me acaba de salir, él es así. Como dirían de cierto personaje patrio, “un tipo muy campechano”.

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