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Esta “Canción del Mar” firmada por Tomm Moore es mucho más que una canción del mar: en realidad es una balada de amor al folklore y la mitología celta.

 

“Come away, O human child!
To the waters and the wild
With a faery, hand in hand.
For the world’s more full of weeping than you can understand.”

¡Márchate, oh niño humano!
A las aguas y lo silvestre
con un hada, de la mano,
pues hay en el mundo más llanto del que puedes entender.

La Canción del Mar” expone sus intenciones desde un principio abriendo telón con este poema de William Butler Yeats al inicio del film. Yeats, conocido poeta irlandés, escribió en numerosas ocasiones sobre la mitología y el folklore autóctono y, de hecho, el poema en cuestión pertenece a su libro “Fairy and Folk Tales of the Irish Peasantry”: “El Niño Robado“.

La historia que se cuenta en la película no es directamente una leyenda clásica irlandesa, sino un compuesto de varios de estos cuentos: posee, sin embargo, la simpleza y redondez para hacerse pasar por un mito original. Saoirse y Ben son dos hermanos que viven en un faro en la costa de Irlanda junto a su padre, cuando la pequeña Saoirse descubre que tiene el poder de convertirse en una foca -no una señora gorda, sino una foquita adorable-. A partir de un acontecimiento relacionado con ello, los hermanos serán enviados a vivir en casa de su abuela en el centro de Dublín, lo cual inicia una aventura de regreso al mar para los dos niños.

La historia, por lo tanto, toma como eje la historia de los Selkies: unas focas mitológicas de la cultura celta, de las cuales se dice que llegan a la costa de noche, donde se convierten en bellos hombres y mujeres con la intención de seducir a otras personas. Cuando una mujer Selkie se casa con un hombre humano, éste tiene que esconder su piel y, si alguien encuentra dicha piel de Selkie, ella tendrá que volver al mar. No obstante, durante su aventura se encuentran con más personajes de la mitología celta como la diosa Macha -que como antagonista toma el papel de bruja en el film- o hadas benévolas que ayudan a los niños a encontrar el camino a casa.

La maravilla de la película no se ciñe únicamente a su bien tejida historia, sino que está sujeta y elevada por una animación que escucha las necesidades del cuento. Con una animación dirigida a su público meta, los niños, los colores se imponen a las formas y toman el protagonismo absoluto: con una paleta en la que prima el azul, algunas veces melancólico y otras veces tranquilizador, en contraste con los brochazos dorados y amarillentos que dominan los momentos cumbre del film. De percepción se trata, por lo tanto, y junto a una perfecta banda sonora orquestada por Kila, no necesita más para que los matices emocionales de la película se realcen.

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El campo de la animación occidental ha estado oligopolizada por Pixar y Disney en los últimos años -aunque la animación independiente ha estado cobrando fuerza de forma incremental debido al abaratamiento de los medios-, pero el film de Tomm Moore poco tiene que ver con el estilo de estas dos franquicias. De hecho, se asemeja mucho más a los cuentos de Hayao Miyazaki, unas historias en las que la mitología -en este caso japonesa- coexiste con la vida moderna. La manera de contar la historia, sin embargo, difiere en cierta medida de aquellas del Studio Ghibli: en el pensamiento oriental una aventura no contiene necesariamente una introducción, nudo y desenlace marcados, así como un cuentacuentos occidental los consideraría imprescindibles. Más aún: en la narración europea, la imaginación y la fantasía es mucho más contenida que en la animación japonesa.

De esta forma, partiendo de mitos paganos, “La Canción del Mar” escribe su propia estela, una historia tan redonda que resulta, además de un regalo de cumpleaños perfecto para una sobrina que cumple cinco años, un instant classic para cualquiera que lo vea. La película tiene la capacidad de absorber al que la ve y transportarlo a ese mundo y a esas sensaciones que, sin previa experiencia, hacían que ver una película a los ocho años resultase ser una experiencia tan intensa. La familiaridad de las relaciones y de los pequeños detalles ayuda: peleas con hermanos, villanos que más que malos son atormentados y una ausencia de subtramas amorosas que se agradece cuando la industria de Hollywood ve la necesidad de “arrejuntar” a todo bicho viviente independientemente del público del film.

Pero, por encima de todo, la película es una oda a la fantasía, a los cuentos fantásticos que nuestros padres nos contaban antes de ir a dormir. En el nuevo milenio parece que estas historias han sido eclipsadas por superhéroes y dibujos animados que aparecen en la tele, y por ello Moore se traslada al Halloween de 1987 de su infancia, donde los dioses paganos chocan con el espiritualismo cristiano en una Irlanda previa al arrase del consumismo americano con esta festividad. Esta canción del mar es, en realidad, una balada de amor al folklore y la mitología celta.

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