Los críos tienen una capacidad fascinante para quedarse enredados en sus propios bucles. Su conducta a veces se rige por un estricto patrón de repetición casi compulsiva: los cuentos hay que explicarlos cada noche antes de dormir… y, en numerosas ocasiones, no hay opción para explicar “los cuentos”, sino que “el cuento” debe ser sólo uno que se repite velada tras velada y que el niño absorve siempre con la avidez de la primera vez. Después, cuando pasan los años y pierdes la inocencia (literaria y cultural en general), la repetición deja de fascinarte y empiezas a encauzar tu vida (y tus lecturas y tus visionados de pelis) bajo el lema de “demasiado poco tiempo y demasiado que hacer”… Pese a todo, algo queda. Puede que sea debido a aquellos cuentos mil veces escuchados que, a día de hoy, nos fascinen las estructuras circulares, esas narraciones que acaban donde empiezan como si nada hubiera pasado (por mucho que haya pasado). Puede que sea debido a eso, además, que “La Celebración” de Rui Tenreiro (editado en nuestro país de la mano de Apa-Apa) se revela ante el lector como una historia penetrantemente hipnótica de aquellas que se quedan aletargadas en tu memoria dispuestas a despertarse en el momento en el que pienses, tarde o temprano, qué libros quieres dejar que lea tu hijo.

Todo empieza con dos aventureros que atraviesan un bosque en medio de un viaje que se intuye largo. La sensación onírica hace acto de presencia desde el principio en la sensación de que los dos protagonistas son exactamente iguales, tan solo diferenciados por el hecho de que uno de ellos viste una bufanda. Tras un encuentro en un claro con una criatura que remite directamente al Miyazaki más místico y amorfo, la historia de los dos viajantes se ve abocada a un torbellino a cámara lenta: un acto de destrucción frame a frame, viñeta a viñeta, por el que pululan seres mitológicos, pueblos remotos que adoran huevos misteriosos, árboles ancestrales que bañan los tejados con flores, espectros en forma de pájaros de mal agüero, aviadores franceses, ancianos venerables y sabios… Todo un conjunto de elementos que suman y restan, que se multiplican y se dividen con el objetivo sano de sublimar un concepto de belleza gráfica cercano a la estampa impresionista.

Con un estilo de una belleza plácida, a medio camino entre Kevin Huizenga y un Schulz dotado de una sofisticación más adulta, Tenreiro sitúa su historia en un limbo luminoso en el que se encuentran las luces nórdicas y las nieves japonesas. La estética de “La Celebración” es, en sí misma, una celebración: los colores sosegados, casi perezosos, ayudan a que la estructura interna del álbum se disgregue de forma diáfana pero siempre con unos pesos que asientan la historia en unos pivotes narrativos y gráficos (normalmente a través de motivos visuales reconocibles). Así, el envoltorio de la novela gráfica de Tenreiro acrecenta la sensación de encontrarnos ante una especie de cuento adulto, de aquellos que de pequeño puede herir por su crueldad per que de mayor sirve de linimento para curar unas cicatrices medio abiertas que ya no sabes si se deben a accidentes ocurridos en la infancia… o años más tarde.

[Raül De Tena]

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