La Sera es amor… ¿Esta afirmación surge debido a los efectos colaterales del comienzo de la primavera? Posiblemente, pero hay que reconocer que la cara de porcelana, el cabello rojizo y el flequillo inmaculado de la persona que se esconde tras ese alias, Katy Goodman, nos tiene conquistados desde que irrumpió en escena (obviando su poco conocido pasado musical) como bajista de Vivian Girls. En su grupo, quizá su imagen no se relacione tanto con la melosidad y la ternura, ya que en cuanto apretuja las cuerdas de su instrumento principal (o aporrea la batería, otra de sus habilidades) en disco o en directo resulta imparable, de ahí que se le apode ‘Kickball’. No obstante, se intuye que, de puertas para adentro, Katy debe de ser dulce como el caramelo… y un bastante fiestera, todo hay que decirlo, a juzgar por algunas instantáneas que pululan por la red. Sea como sea en su vida diaria, cuando la californiana de origen se embute en el fino vestido de La Sera se olvida del rock-noise de gargantas desgañitadas y mojadas en cerveza característico de su banda nodriza para dejarse llevar por los efluvios vaporosos del pop de filiación sesentera vinculado a su tierra de procedencia.

Ese estilo revivalista, tan en boga en el momento (y aún ahora) en que publicó su debut homónimo en solitario, “La Sera” (Hardly Art, 2011), daba forma a su respuesta (primero, casi improvisada; luego, muy natural y lógica) a los proyectos de su compañera Cassie Ramone (también en The Babies) y de su antigua socia Frankie Rose (junto a The Outs), los dos extremos entre los que se situaba la estética de su sonido: voz sedosa, notas aterciopeladas e influencias spectorianas, lo que la acercaba más al segundo de los casos mencionados. Ese disco de estreno había sorprendido (a los que no se imaginaban lo que tramaba Goodman entre bastidores) y había cumplido con las expectativas (según los que se esperaban su escarceo al margen de Vivian Girls) a partes iguales; aunque, transcurrido el tiempo y a pesar de sus virtudes, fue tomado como un entretenimiento sin visos de continuidad ignorado con el discurrir de los meses.

Como si se hubiese visto obligada a responder (de nuevo) por su trabajo tras La Sera, Katy Goodman esperó a que pasase únicamente poco más de un año para callar bocas y certificar que lo que se trae entre manos va muy en serio gracias a “Sees The Light” (Hardly Art, 2012), un segundo LP en el que la angelina varía relativamente su aspecto cándido con respecto a su anterior referencia. Empieza por la propia portada, ya que salta del dibujo sencillo de su rostro a una fotografía del mismo en carne y hueso, esplendoroso e incluso una pizca desafiante: da la sensación de que La Sera desea expresar que ella lo vale y que no necesita de nadie a su alrededor para sobresalir, trocando su máscara almibarada por otra más dura a la par que adorable. De igual modo, en su apariencia musical se advierte un cambio en cuanto a la firmeza y a la potencia con que la traslada, reflejo de determinado deseo de desmarcarse del pop lánguido y translúcido de “La Sera”. Eso sí, este giro no es tan radical como el perpetrado por Frankie Rose en su reciente “Interestellar” (Slumberland / Music as Usual, 2012), puesto que las melodías sixties nacidas en la costa oeste norteamericana siguen tan lozanas como de costumbre dentro de su repertorio.

El pequeño hito de La Sera en “Sees The Light” consiste en su aproximación a las maneras rockeras de Vivian Girls sin perder por el camino la sensualidad ni el magnetismo de la interpretación de su discurso: el single de adelanto del disco, “Please Be My Third Eye”, valió como prueba de ello al introducir riffs de guitarra más sólidos y una base de percusión briosa y al reforzar una voz antes demasiado tímida. Una línea semejante (aumentando o reduciendo el tempo) siguen “I Can’t Keep You In My Mind”, “Break My Heart”, “Drive On” y “How Far We’ve Come Now”, cuyos matices en la parte vocal enseñan a una Katy más segura a la hora de ponerse ante el micrófono y cuyos arpegios eléctricos transmiten las energías renovadas de la pelirroja. El apartado que La Sera mantiene intacto en relación a su primer largo es el temático, apoyado otra vez en las cuestiones del (des)amor: “Love’s That Gone”, “It’s Over Now”, “I’m Alone” o “Don’t Stay” se enmarañan en grandes disquisiciones sirviéndose de ritmos plácidos, coros juveniles, guitarras cristalinas y nostalgia playera, convirtiendo a Katy en una versión 2.0 de Bethany Cosentino (mientras se aguarda la salida del sophomore de Best Coast, “The Only Place” -Mexican Summer / Wichita, 2012-, bautizado en la redacción de FPM como ‘el disco del oso Stevens’) e incluso de Alaina Moore (vocalista de Tennis), palpable en la soleada y salerosa “Real Boy”.

En ciertas fases de “Sees The Lights”, Katy Goodman disimula su retraimiento inicial hasta tal punto que el oyente se olvida de que está escuchando el nuevo álbum de La Sera y comienza a pensar que la chica que le está cantando es otra militante del colectivo femenino que lucha a favor de la supervivencia del pop californiano (y de las girl-groups) de hace cincuenta años… Pero, no: basta con estar atento a los pasajes en los que salen a relucir su docilidad y su franqueza para recordar que se trata de Katy, por mucho que intente mostrar más que nunca la fuerza que se atisba en los tatuajes de sus brazos. Porque, se ponga como se ponga, La Sera es amor…

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