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Coincidiendo con la publicación de “Lo Contrario de la Soledad”, te explicamos (literalmente) todo sobre Marina Keegan, una autora fallecida prematuramente.

 

Seguro que el nombre de Marina Keegan te resulta familiar. Es inevitable. Puede que te suene debido al revuelo que causó su prematura muerte en el año 2012: una tragedia a la que sucedió un fenómeno online sin precedentes en el que su discurso de graduación se viralizó de una forma más allá de lo infeccioso. Puede que, si no te suena de aquello, te suene más bien porque en los dos últimos meses el nombre de Marina Keegan parece estar en boca de todo el mundo en nuestro país, además de estar ocupando los lugares más privilegiados en cualquier medio de comunicación que se precie y que le preste un mínimo de atención a la literatura.

La excusa para este revival de algo que en EEUU sucedió hace un par de años es que por fin ha llegado hasta nuestro país “Lo Contrario de la Soledad“, el libro que recopila toda la producción escrita de Keegan y que por estos lares ha sido editado por los siempre valientes Alpha Decay. Pero empecemos por el principio por si se da el (muy improbable) caso de que todavía no sepas de memoria la corta biografía que nos ocupa: Marina Keegan nació en el año 1989 en Boston, aunque se crió en los suburbios de Wayland en Massachusetts (y recuerda que, a diferencia de nuestro país, en EEUU los suburbios son las periferias en las que se suelen refugiar las familias adineradas a la búsqueda de la tranquilidad vital imposible en los centros estresantes y criminalizados). Cursó sus estudios intermedios en Buckingham Browne & Nichols de Cambridge y, finalmente, encontró su ruta natural hacia Yale, donde no tardó en despuntar tanto por su actitud incendiaria como por sus brillantes escritos.

No tardó en involucrarse no sólo en el día a día de la Universidad, sino que incluso tuvo tiempo para activismos políticos (demócratas, evidentemente) y para empezar a despuntar en diversos medios de comunicación ya fuera como escritora de relatos, como columnista o como colaboradora esporádica. No eran medios amateur ni proto-profesionales, tampoco precariamente universitarios: antes de acabar sus estudios, Marina Keegan ya tenía un pie bien puesto en Paris Review y otro en el New Yorker. Ahí queda eso. Con semejante currículum, no es de extrañar que fuera la elegida para dar el discurso la ceremonia de graduación de su curso… Un discurso que tan sólo cinco días después se haría célebre cuando Marina muriera en un accidente de tráfico.

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Keegan y su novio viajaban en coche desde la casa de su abuela en Boston hasta la casa de verano de su familia en Cape Cod. Toda la familia les estaba esperando para celebrar el cumpleaños de su padre… Pero, contra todo pronóstico (ya que el conductor ni había bebido), el novio de Marina se quedó dormido al volante, se estrelló contra un quitamiedos y, tras dos vueltas de campana, la chica murió en el acto mientras que su pareja salía ileso. Una vez asimilado el shock, sin embargo, se imponía el deber literario: conseguir que el apellido Keegan quedara inscrito en la historia de las letras yankis en el puesto que se merecía.

Para ello, los padres de Marina y Anne Fadiman, que había sido profesora suya en Yale, se embarcaron en la búsqueda y captura de los textos más relevantes que Keegan había dejado atrás. Esos textos son los que, finalmente, dan forma a “Lo Contrario de la Soledad“, un libro que se abre precisamente con el archiconocido discurso de graduación, sigue con los relatos de ficción de la autora y acaba con sus escritos de no ficción. Un libro que, sin embargo, resulta imposible de leer fuera de la zona de melancólica tristeza que instaura el discurso a forma de prólogo… “No tenemos una palabra que designe lo contrario de la soledad, pero, si la hubiera, definiría lo que yo quiero en la vida“: esas son las primeras palabras que el lector leerá surgidas de la pluma de Keegan. Y, tras rendirse ante la elocuencia de ese pensamiento, tras preguntarse por qué tenemos una palabra para lo malo pero no una para lo bueno, el discurso se ve perlado por baches inevitables como “Que nadie se confunda: los mejores años de nuestras vidas no los hemos dejado ya atrás. Forman parte de nosotros y se irán repitiendo conforme nos hagamos mayores y nos mudemos a Nueva York o de Nueva York y lamentemos vivir o no vivir en Nueva York. Tengo pensado seguir saliendo de fiesta a los treinta. Tengo pensado divertirme cuando me haga mayor” o “Somos muy jóvenes. Somos tan jóvenes. Tenemos veintidós años. Tenemos mucho tiempo por delante. A veces me asalta una sensación que se cuela en la conciencia colectiva cuando te quedas solo después de una fiesta, o al guardar los libros cuando te das por vencido y decides salir: la de que, en cierto modo, ya es demasiado tarde“. El bache más peligroso, ese que nos hace tambalearnos con mayor inestabilidad, es que marca el punto y final del discurso: “Estamos juntos en esto, promoción de 2012. Vamos a hacer que pase algo en el mundo“.

Marina Keegan no pudo hacer que pasara algo en el mundo por una mera cuestión de falta de tiempo… Pero su memoria, comprimida en este “Lo Contrario de la Soledad“, sí que puede conseguir que pase algo en el mundo. No nos dejemos llevar por la grandilocuencia habitual en la post-tragedia: las letras de Keegan no pasarán a la historia por ellas mismas, sino por su potencialidad. Todos estos relatos y textos hay que leerlos no sólo para disfrutar de un estilo que nunca incurre en el error de querer parece “viejo” o “maduro” y que por el contrario se deleita en explotar los tics y vicios de la juventud; estos textos hay que leerlos en clave de promesa, imaginando la autora en la que se habría convertido Marina. Es esa Marina a la que hay que llorar sin pasarse en las alabanzas hacia las otras dos Marinas que se encuentran en este libro: la Marina de mentira, experta en ficción, y la Marina de verdad, maestra de la no ficción. Esto es (literalmente) todo sobre Marina Keegan.

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LA MARINA DE MENTIRA. Resulta francamente imposible abordar la producción de ficción de Marina Keegan sin dejarse paralizar por el trauma que supone el primer relato de “Lo Contrario de la Soledad“: “Fría Pastoral” narra la historia de cómo una chica tiene que sobreponerse ante la imprevista y trágica muerte de su novio, de cómo se ve en la obligación de sucumbir ante la certeza de que no le conocía tanto como ella creía y que es incapaz de honrar su memoria como todo fallecido se merece. Los ecos y las concomitancias entre lo escrito por Marina y lo que acabaría ocurriendo después impacta; e impacta sobre todo porque, desde la primera frase, la autora deja a las claras que la tinta de su pluma está impregnada de las emociones desnudas más intensas.

Como una especie de jovencísima Lorrie Moore, las historias de Marina Keegan están pobladas de mujeres de diferentes edades con el rasgo característico en común de poseer una mirada poderosísima: ya sea la chica que vuelve a su casa por Navidad o la señora mayor que lee para un ciego ante el que se siente confortable porque es el único capaz de no apreciar el declive de su cuerpo envejecido, todos los personajes de Keegan rezuman una humanidad que es lo más similar a mirar fijamente a un trozo de carne cruda y sangrante. Incluso cuando la escritora se atreve con relatos de la ficción más radical (como esa lenta muerte de los pasajeros de un batiscafo perdido en las profundidades marinas), lo que brilla en primer plano son los sobresalientes retratos humanos. Asusta (y duele) pensar qué podría haber conseguido Marina en un formato literario de novela río.

LA MARINA DE VERDAD. Cualquiera podría pensar que a Marina Keegan le falta lo que convierte a un autor de no ficción en alguien realmente relevante: la experiencia (o, más concretamente, la experiencia que dan el tiempo y la propia vida). Y no se puede negar: en ese argumento hay gran parte de verdad. Pero también es cierto que Marina sabe seleccionar los temas de los que puede hablar con potestad: especialmente sublime es su visión de la celiaquía (una enfermedad que ella sufrió desde pequeña y que, finalmente, acaba trenzando con la parte más emotiva de su relación materno-filial) o ese otro texto en el que el modo en cómo los humanos dedican tantos recursos (económicos y humanos) a devolver al mar a las ballenas varadas le lleva a preguntarse por qué somos más empáticos con los animales que con otros humanos en situaciones tanto o más desfavorecidas.

Keegan es capaz de ponerse en la piel de un exterminador de bichos (y buscarle las costuras más agridulces) para, a continuación, dedicar todas sus fuerzas a investigar por qué gran parte de los graduados de Yale acaban tirando por la borda sus carreras al quedar anclados en la industria de la consultoría. Al fin y al cabo, puede que a Marina le faltara experiencia para hablar de temas de una relevancia vital o de sujetos periodísticamente relevantes… Pero lo que le faltaba de experiencia lo compensaba con una mirada elocuente capaz de dejar al descubierto el funcionamiento interno de las cosas que exploraba. Y, como en su producción de ficción, acabar ligándolo todo a las emociones humanas, como en esa “Canción para los especiales” que cierra el libro hablando de la necesidad humana de dejar una huella perdurable: “Leí en algún sitio que las ondas de radio siguen viajando hacia el exterior, volando por el universo con vibraciones eternas. Creo que algún día, antes de morir, agarraré un micrófono y escalaré a lo alto de una torre de radio. Respiraré profundamente y cerraré los ojos, porque empezará a llover justo cuando llegue arriba. Hola, le diré al espacio exterior, aquí tienes mi tarjeta“. No sé si Marina Keegan pudo llevar a cabo esta locura o no, pero lo que sí que queda claro es que “Lo Contrario de la Soledad” es su tarjeta y que el espacio exterior no la va a olvidar fácilmente.

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