Hay que reconocer que el cuerpo -artístico- de Little Boots ahora mismo flota ingrávido en un limbo extraño: ya hace demasiado de un debut, “Hands” (Warner, 2009), que nunca llegó a petar tal y como realmente merecía (dadle una escucha hoy por hoy y, ante su vigencia, entenderéis por qué digo lo que digo)… Pero tampoco tiene nuevo disco sobre la mesa. Como máximo, y sin ser poco, en el último año puede afirmarse que Victoria Hesketh ha publicado una ristra de singles pluscuamperfectos que la vienen a confirmar como una Róisín Murphy más cerca que nunca de Kylie Minogue: la rotunda “Shake“, la elegantísima “Every Night I Say A Prayer” y la pegadiza hasta la extenuación “Headphones” son pequeños grandes hitos en su carrera, pero la continuación de “Hands” sigue pareciendo lejana en el tiempo. Ahora, por fin parece confirmado que el nuevo disco de Little Boots nos llegará a principios de 2013, y aunque muchos podrían pensar que sin nuevo álbum bajo el brazo resulta innecesario que cualquier artista realice una gira, realmente resulta adecuado recordar que la única visita de Hesketh a España tuvo lugar bajo el marco del ya lejano Sónar 2010. ¿No es suficiente excusa disfrutar en sala por vez primera del repertorio de Little Boots?

Al final, resulta que tampoco fue tan buena excusa: Little Boots arrancaba su concierto del pasado 5 de octubre con la Sala Copérnico de Madrid a media asta. Pese a ello, a mitad de la primera canción ya quedó claro que el público puede que no fuera ultra masivo, pero sí que estaba formado por un conjunto de fans que consiguieron cocinar una atmósfera cálida (sudorosa) y amante (talibán) de todos los temas que sonaron a partir de entonces. Evidentemente, y pese a que pudieron escucharse algunas composicioens inéditas que sonaban mucho más que bien (y que hacen fantasear sensualmente con el disco por venir), el mayor peso del concierto de Victoria Hesketh recayó sobre el repertorio de “Hands“, del que brillaron clasicazos como “Meddle“, “New in Town“, “Remedy” o la revelación absoluta de la noche: una “Mathematics” en la que el público acabó coronando el estribillo con los dedos de ambas manos conformando una marea de corazones que volaba hacia el escenario. Un puntal de emoción sincera y exaltada que dejaba a las claras que los que estaban allá sabían a lo que iban: a darlo todo… y a dárselo todo a Victoria, claro. Algo que se intensificó si cabe con la versión de Bronski Beat (“Smalltown Boy“) y con los mencionados temas, especialmente con una “Headphones” que, debido a su naturaleza plenamente coreable (esos “la la la la la” que elevan el tema hacia el paraíso musical alcanzado por Kylie en “Fever“), llevó al público hasta el límite de sus fuerzas.

Y todo ello, además, demostrando que aquella niña poderosa que en Sónar 2010 salió sola al escenario en plan Juan Palomo, ahora resulta que ha desterrado el Tenori-on al fondo de algún cajón y lo ha substituido por una más que solvente banda (un batería y otros dos músicos que se alternaban los teclados, la guitarra y el bajo) sin que eso reste ningún tipo de poderío a su presencia magnética e igualmente poderosa sobre el escenario: no necesita coreos, ni marranadas ni chochos pirotécnicos sobre el escenario… Victoria Hesketh se basta y se sobra para calar hondo en el público (su público) como una diva accesible, simpática y, sorprendentemente, cada vez más humilde. Hubo quien dijo que el concierto fue corto. Pero, sinceramente: atendiendo a la cota de intensidad suprema que alcanzó un repertorio sin fisuras ni bajones, las fuerzas no nos hubieran durado mucho más.

[FOTOS: Mia Margetic]

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