londres-despues-de-medianoche

En “Londres Después de Medianoche” (editada en nuestro país por Seix Barral) convergen muchos factores que convierten el debut de Augusto Cruz en una obra única: por un lado, están la novela detectivesca de tradición descaradamente yanki (tan descarada que el autor es capaz de convertir a J. Edgar Hoover, creador del FBI, en un personaje del libro y salir vivo en el intento) y la convergencia de las letras con la subcultura (en este caso, por la vía de las películas primigenias de terror), ambos rasgos de la literatura americana del último siglo; pero también hay aquí un amplio feeling de ese cine de detectives que roza el cine de aventuras (no en vano, parte de la trama transcurre en una especie de Xanadú construido en medio de la jungla) y, sobre todo, una aproximación en forma de retruécano a la cultura mexicana (Cruz es un mexicano escribiendo sobre un protagonista americano que en ocasiones visita México).

Ambas fuerzas chocan en el interior de “Londres Después de Medianoche” en una especie de Big Bang del que nace un libro imperfecto, sí, pero también único en su especie. El punto de partida ya es suficiente indicativo del carácter original del debut de Cruz: McKenzie es un agente del FBI que en su momento fue la mano derecha de Hoover (fue la última persona en hablar con él justo antes de su muerte) pero que ahora se dedica a sobrevivir como detective privado aunque sea con cosas tan extravagantes como el que Forrest Ackerman le planta debajo del morro. La misión es compleja: Ackerman quiere que McKenzie encuentre alguna copia de “Londres Después de Medianoche“, el primer film de vampiros de la historia en ser rodado en Estados Unidos y protagonizado por el mítico Lon Chaney. Es esta una cinta que consta en la lista de los diez films desaparecidos más buscados en el mundo…

Lo interesante es que tal punto de partida hace pensar en una trama de ratón de biblioteca, de detective que ha de rastrear pistas en archivos y en registros más que a pie de calle. Pero ahí está el gran acierto de Augusto Cruz: convertir “Londres Después de Medianoche” en un post-pulp detectivesco (es decir: ese pulp que en los últimos años ha tomado el pulp como revival post-moderno más que como referencia) y en un relato de aventuras. Hasta cierto punto de la novela, todo parece normal: McKenzie va visitando a coleccionistas y a personas que han estado cerca del film ansiado… Pero, al llegar a su ecuador, “Londres Después de Medianoche” muta en algo totalmente diferente e inesperado. Desde el momento que un misterioso villano aparece en la escena, la trama adquiere unos estimulantes tonos de fantasía salvaje. La periodista encerrada en un apartamento para escribir la biografía del villano será la que ponga en sobreaviso al protagonista: McKenzie se ha entrometido en el camino del señor Martínez, pero el señor Martínez es un quitanieves que sabe cómo apartar cualquier escollo en su avance.

De hecho, el señor Martínez es la gran cumbre del debut de Augusto Cruz: el villano fascinante y subyugante, el villano del que quieres saber más, el villano pluscuamperfecto porque su motivación no la has visto ni leído nunca en ninguna otra facción. “Detesto las novelas policíacas, señor McKenzie, ¿sabe por qué?, porque la resolución de un misterio nos genera unos cuantos momentos fugaces de placer; en cambio, un enigma sin resolver puede alimentar la curiosidad de los hombres durante siglos. Los misterios se recuerdan más que las personas que los resuelven: la maldición de Tutankamón y Howard Carter; el Teorema de Fermat y Andrew Wiles, y la lista podría seguir“. El señor Martínez no quiere encontrar “Londres Después de Medianoche” para verla acariciando a su gato y sentirse totalmente único, que es lo que querría cualquier otro villano del montón: lo que quiere es simple y llanamente que nadie la encuentre para que el misterio siga vivo en el imaginario de la Humanidad.

Sin lugar a dudas, el señor Martínez es un maravilloso hallazgo literario que merecería quince libros más para ser analizado con propiedad (por suerte, Cruz cierra esta novela dejando la puerta abierta a nuevas aventuras si no de McKenzie, sí de cierto personaje que ha convivido con él en la trama). El único problema, y juro y perjuro que es un problema bien chiquito en comparación con lo magnánimo de la creación de un personaje como el señor Martínez, es que, por mucho que el villano afirme detestar las novelas policíacas porque acaban con el misterio tras algunos momentos de placer fugaz, eso es precisamente lo que acaba haciendo Cruz: la trama de “Londres Después de Medianoche” se resuelve de forma bastante tradicional y, de pronto, te ves enfrentado a la frustración de ver cómo se desinflan las posibilidades de que el autor lleve hasta el extremo su propuesta de darle un vuelco total a este tipo de tramas. Pero repito: este final previsible no empaña el hecho de que esta es una novela escrita con pulso (la prosa de Cruz es dulcemente peculiar, con esa capacidad para aniquilar por completo la estructura del texto en parágrafos) y, sobre todo, que apunta unas maneras muy a tener en cuenta. Ojo, que el futuro del pulp detectivesco post-moderno puede estar en manos de un autor mexicano.

No Hay Más Artículos

Send this to a friend