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El nombre de Anaïs Nin siempre parece ir ligado a otros autores ilustres… Pero estos “Diarios Amorosos” reclaman la atención exclusiva que la autora merece.

 

Se suele conocer a Anaïs Nin (1903-1977), por ser la amante y mecenas de Henry Miller, por relacionarse con nombres tan ilustres de la psicoanálisis y del cosmos literario como Antonin Artaud, Otto Rank o Gore Vidal o por su vida amorosa y sexual… Sin embargo, suele olvidarse a Anaïs Nin como artista, como escritora y creadora autoreferente, como mujer an sichfür sich autónoma respecto a sus relaciones con otras personas. En 1936 publicó su primera novela, “La Casa del Incesto”, y tres años después escribió “Invierno Artificial“. Fue nombrada Doctor Honorario en la Escuela Superior de Arte de Filadelfia en 1973 y, un año después, elegida miembro del Instituto Nacional de las Artes y las Letras de Estados Unidos. Además, la escritora estadounidense de origen francés exploró la feminidad de una manera extraodinariamente bella y inusual para la época, sin tabús y con el amor hacia la vida y la belleza como motor de su existencia.

Sus obras más significativa son sin duda sus diarios, en los que Anaïs Nin aborda abiertamente los aspectos físicos y psicológicos de su búsqueda de la belleza y de la libertad. Siruela edita ahora “Diarios Amorosos“, en el que se reúnen en un único volumen sus obras “Incesto (1932-1934) y “Fuego (1934-1937)“.  Los dos son textos no censurados, y así como en el primero  describe vivencias como un aborto en etapa avanzada de embarazo y la idealización de una relación romántica y sexual con su padre, con quien se reencuentra después de veinte años sin verlo, “Fuego” nos describe la llegada de Anaïs a Nueva York, donde se refugia de su esposo y de su amante Henry Miller y se interesa en el análisis del psicoanalista Otto Rank. También diserta en estos diarios sobre la guerra civil española, Rafael Alberti, Alejo Carpentier o Constantin Brancusi.

Anaïs Nin escribe sobre todo lo que las mujeres escondían, y no sólo rompe tabús sociales sino que hace de su obra un documento fundamental para la Historia de la Literatura. La autora crea en sus diarios un espejo de la vida, un reflejo de las fluctuaciones del estado del ánimo y del alma del ser humano. Sin embargo, lejos de ser imágenes planas, establecidas y inamovibles, las emociones de Nin son vistas como un proceso incesante, fruto de una sensibilidad siempre y ontológicamente en devenir. Anaïs Nin hizo todo lo que hicieron Proust o Joyce, pero desde la hasta ese momento nunca explorada visión femenina. Consiguió descubrir al mundo una sensibilidad que había sido demonizada o ignorada durante siglos, dotándola con su amor por la vida de la autonomía y libertad que le eran debidas.

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