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La lectura de “Los Entusiastas” (editado por Macadán) de + te traslada inmediatamente a aquellos veranos en los que visitabas a tu familia en el pueblo y, por las noches, en vez de tragarte “El Gran Juego de la Oca” en la televisión o esperabas hasta que fuera la hora de “Ay Qué Calor“, preferías quedarte sentado con tu abuelo de charleta después de la cena. Era un momento mágico en el que sabías que te ibas a tragar millones de historias, la mitad de ella sin ningún tipo de gracia, pero a las que tu abuelo les sabría conferir una pátina de vibrante interés. Al fin y al cabo, el oficio de cuentacuentos es algo que llevamos todos trenzado en nuestro ADN y que sólo se activa cuando llegamos a cierta edad.

Y si digo que leer “Los Entusiastas” remite directamente a aquella experiencia de infancia es porque Arturo Borja es un cuentacuentos. Con todas las de la ley. Sus pretensiones no podrían estar más lejos de deslumbrar a las nuevas generaciones con una pluma postmoderna, ni tampoco hacer escarnio de la nostalgia delicada que tan bien casa con ese realismo costumbrista que practican muchos escritores españoles. Su intención, al fin y al cabo, no parece ser otra que la de contar un buen puñado de historias que, al fin y al cabo, nada tienen que ver unas con las otras y que, en cierta medida, puede que incluso no tengan gracia en ciertos momentos (o, por lo menos, que no la tengan para los lectores de menos edad)… Pero nadie puede negar que “Los Entusiastas” es una especie de delicioso stream of consciusness en el que entras y no puedes salir. Como cuando te quedabas embobado con las historias de tu abuelo por mucho que te resultaran ajenas y lejanas en el tiempo y en el espacio.

Sea como sea, también es cierto que hay que hacer honor a la verdad y reconocer que entre las historias de “Los Entusiastas” sí que hay un nexo de unión: una moto Harley-Davidson que va pasando de mano en mano desde mediados del siglo XX hasta nuestro siglo 21 (y el cambio de sistema de numeración no es gratuito para nada, que conste en acta). Este mcguffin bien podría dar para abordar una saga familiar apasionante en forma de novela río (ya sabes: la primera generación consigue la fortuna, la segunda tiene que estar a la altura y la tercera la dilapida) o incluso una de esas nuevas ficciones tan aficionadas a las historias cruzadas… Pero repito: Borja no está por las tontadas de ser un escritor postmoderno, sino por establecer con el lector un diálogo (unidireccional, pero diálogo al fin y al cabo) simple, directo, más emocional que cerebral.

El hecho de que las historias no se entrecrucen, que tampoco tengan voluntad de devenir la metáfora definitiva de la época en la que transcurren, puede entenderse como una falta de pretensiones absolutas o como algo más revolucionario todavía: con el hecho de que “Los Entusiastas” no intentan retratar una historia de humanos, sino de una moto a lo largo del tiempo. Abundan en el libro de Borja las descripciones técnicas (muy accesibles, por otra parte) de cómo un vehículo de estas características se va transformando con el tiempo, de cómo va mutando para adaptarse a las necesidades y los gustos de cada época y para seguir resultando útil en tiempos de adversidad. Hacia el final del libro, Arturo Borja escribe: “Detrás de cada moto había un hombre, y con él, un retazo de su existencia en común con la motocicleta, que aunque no dejase de ser una máquina, daba vida propia a ésta“. Es curioso considerar cómo el hombre va “detrás” de la moto… Y es que, al fin y al cabo, “Los Entusiastas” no es una visión de la historia atravesada por una moto, sino que más bien es la historia de una moto a la que le ha tocado “vivir” este período de la historia, en este país y con esta gente.

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