Aunque a ciencia cierta nos dejaremos mucho en el tintero, lo que sigue es un breve acercamiento a esta poliédrica obra sobre la que podrían correr mares de tinta… En su conjunto, se podría decir que es una reflexión sobre la relación entre el género narrativo y la realidad a través de los propios medios literarios. Metaliteratura, creo que lo llaman los que hablan de teoría literaria. Dicho en otras palabras: la literatura se mira el ombligo y para ello utiliza la trama o descripción de la realidad exterior como mera excusa en el contexto de la obra. En el caso que nos ocupa, su implementación pasa por desarrollar la historia bajo la coexistencia de dos narradores: uno real (André Gide) y otro ficticio (Eduardo), ambos escritores y con un (¿mismo?) libro en mente. Este encuadre proporciona un lugar ideal para que ficción y realidad jueguen y copulen sin compromiso alguno. La primera, a veces, permite que la segunda penetre en ella como fuente de inspiración; mientras que, en otras ocasiones, rechaza la embestida de la realidad por forzada, ya que, a pesar de su veracidad, la falta de motivos en determinado comportamiento por parte de algún personaje, le aportaría cierto descrédito en cuanto ficción. Por su parte, la realidad también se expone abierta al deseo de la ficción, cuyo envite, si es suficientemente profundo como para que la simiente arraigue, provocará un giro en el devenir de los hechos. Todo lo cual podríamos entender, si nos ponemos más estupendos aún, como símbolo de la fértil unión entre literatura y vida.

Desde el punto de vista novelístico, “Los Monederos Falsos” forja un complejo entramado de relaciones familiares, amistosas y de amor desde el que se disecciona el carácter de sus personajes y la forma en que viven esas relaciones, a veces, fundidas entre sí. Pero sus páginas no sólo nos cuentan una historia de historias, entre ellas también se abre otro frente que, a modo de ensayo, investiga sobre el género narrativo en si mismo. Se trata, pues, de un híbrido que se mueve entre la novela y el ensayo. Como consecuencia de este doble planteamiento, lo formal interviene en la trama y, en cierto sentido, la fuerza. Para quien sólo busque una historia que leer, esto puede suponer un punto criticable en cuanto a la artificiosidad de los personajes (excesivamente complejos) y el desarrollo de las relaciones entre ellos (demasiado casuales y enrevesadas). Sin embargo, también representa un gesto del que es consciente Gide y que utiliza como herramienta para explorar las posibilidades del medio narrativo. Ejemplo de ello es el hecho de que, aproximadamente en la mitad del libro, se permita la licencia de valorar explícitamente el desarrollo de sus personajes e indicar los riesgos y deberes para con ellos en lo que resta de libro.

Tal exceso de libertad por parte del autor puede poner en entredicho la obra si atendemos al carácter forzado del destino, ya que entrelaza a los personajes de forma demasiado casual. Se podría pensar que esta caprichosa tendencia se debe a una indulgencia narrativa, sin embargo, a medida que se avanza por sus páginas, nos damos cuenta de que se trata de una deliberada intención que el autor plasma “ex profeso” para dinamitar la narración a prueba de inverosimilitudes. Es más, al trasluz del título ya podemos entrever que la veracidad representará un papel importante en la obra. ¿Gratuidad en el relato? ¿Representación de la vida como fruto de la casualidad? ¿Cuestionamiento del valor de lo veraz en la narración?… Cada cual lo entenderá a su manera, pero a Gide, como bestia parda que es, no le pasa inadvertido. O por lo menos así nos lo sugiere el triple tratamiento que da a sus personajes, a los que aborda no sólo como lo que es, juez y parte, sino también como testigo. Esto último lo consigue por medio del contraste que aporta el personaje de Eduardo, el cual llega hasta el lector a través de su diario. En él reflexiona sobre si mismo y sus relaciones con otros personajes intercalando pinceladas sobre el desarrollo y enfoque de su próximo libro, al que llamará, ‘casualmente’, “Los Monederos Falsos”. Esta inyección de realidad introspectiva distancia y sitúa a Gide como un observador más, al nivel del lector. Aquel juego de reflejos en espejo entre realidad y ficción, visto desde esta combinación de perspectivas en el tratamiento que se ofrece a los personajes, atesora entre las líneas de “Los Monederos Falsos” una caleidoscópica lectura de múltiples interpretaciones.

Gracias a la condición de ratón de biblioteca he tenido la suerte de conocer faltas -por otra parte, nada escasas- en la traducción de la edición leída (Seix Barral, 1985). Los lectores previos han ido corrigiendo gazapos y sus hojas han llegado a mis manos con correcciones que, de otro modo, me habrían pasado inadvertidas. A ello hay que sumar errores ortográficos que hacen que esta edición deje bastante que desear. Pese a todo, e independientemente de las pajas mentales o, si queréis, pedantería, de lo comentado más arriba, la obra está preñada de sugerentes reflexiones acerca del sentir y pensar de sus personajes, lo cual hace, ya de por si, que su lectura sea muy merecedora.

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