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James Chapman, el hombre que se esconde tras Maps, siempre ha llevado hasta el extremo -desde sus inicios con el lejano EP “Start Something” (Last Space Recordings, 2006), editado en su propio sello- todo lo relacionado con las tareas compositivas y los procesos de construcción musicales. Primero, por razones logísticas, porque el británico ha trabajado constantemente a solas (excepto en los directos), sin más compañía en su espacio privado que sus instrumentos y sus cachivaches electrónicos. Y, sobre todo, porque en sus canciones, empujado por su voluntaria soledad, vuelca todos sus sentimientos, pensamientos y experiencias sin tapujos ni límites. Básicamente, sus álbumes funcionan como una completa hagiografía del James Chapman autor y del James Chapman persona. De ahí que, gracias a su base emocional y su detallado aspecto, su estreno en largo, el espléndido We Can Create (Mute, 2007), aún se encuentre instalado en miles de corazones sensibles que buscan consuelo entre texturas sintéticas pero de compostura orgánica, brumas shoegaze, textos nostálgicos que rememoran situaciones futuras todavía no consumadas e inolvidables melodías melancólicas y evocadoras.

En dicho LP no había que preguntarse si los androides soñaban con ovejas eléctricas, sino con qué lo hacía el mismo James Chapman, a juzgar por lo que transmitían sus versos; y, yendo más allá, qué sentían físicamente su cuerpo y su mente durante tan onírico trayecto. La respuesta llegaría en su sophomore, Turning The Mind (Mute, 2009), un tratado circular sobre los efectos y las sensaciones recogidas de diferentes experimentos psicotrópicos y psicoterapéuticos que, líricamente hablando, transitaba por sendas repletas de claroscuros; y, a nivel sonoro, abandonaba la nebulosa shoegazing para aproximarse con mayor claridad al tecnopop y al techno, a secas, de pulsión bailable. Se constataba así que en Maps la relación entre fondo y forma es una clave fundamental para comprender sus acciones y sus objetivos. En esencia, dentro de la paleta estilística de Chapman, cada beat, cada arreglo y cada palabra poseen un sentido y un objetivo concretos: nada se coloca ni avanza al azar.

Pero, pese a su calculada elaboración, las estructuras sobre las que Maps sustenta su discurso aparecen naturales, como si se moviesen según la respiración y los latidos de su creador. Metáfora que encaja con su recorrido discográfico: si primero pasó por una fase introspectiva y sensitiva y después por una en la que primaban la fisicidad y los impulsos sensoriales, ahora le llega el turno de abrir su diario autobiográfico para describir, entre cortinas translúcidas, las consecuencias de varios de sus avatares vitales, especialmente -se supone- los pertenecientes a la etapa de cuatro años de silencio en la que se sumergió hasta publicar este su tercer LP, Vicissitude (Mute, 2013). El título, como en las anteriores ocasiones, no engaña. Y sus canciones, tampoco, pues oscilan entre la cara optimista de la vida (“Built To Last”) y la pesimista que surge tras sufrir alguna clase de pérdida (“Left Behind”), entre confesiones esperanzadoras (“You Will Find A Way”) y redentoras (“This Summer”).

Esta dualidad argumental, sacada del discurrir típico de la vida de cualquier ser humano, refuerza su significado gracias a los vaporosos ropajes (electro)pop que la envuelven y que recuerdan a los finos tejidos que cubrían “We Can Create”, desplegados por un James Chapman pesaroso y taciturno que parece que vuelve a cantar suspendido en otra dimensión para aplicar a “A.M.A.”, “I Heard Them Say” o “Insignificant Others” una pátina supraterrenal, cósmica y, perdonen el lugar común, celestial. Pero es que el repertorio pasado de Maps y el presente de “Vicissitude” permiten alcanzar esos determinados estados gaseosos de conciencia con los que es posible observar las cosas desde una posición elevada y liberada de cadenas materiales. De este modo, Chapman escribe un nuevo y sincero capítulo de esa carrera musical que el inglés ha convertido en un gran relato que va de lo personal a lo universal y viceversa para atrapar al oyente en sus dulces telarañas dream-pop.

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