Es difícil hablar de “María y Yo” pretendiendo soslayar la hondísima carga emocional que empapa sus entrañas. Este documental, de entrada, puede parecer muchas cosas: un documento informativo sobre los entresijos del autismo, un emocionante relato de una relación paterno-filial con muchas dificultades pero más recompensas, un fresco de la vida de superación de una persona con dificultades para conectar con la realidad, una revelación de cómo el entorno reacciona ante la excepción… Y, sin embargo, cualquier etiqueta que pretendamos colgarle al film de Félix Fernández de Castro se quedará corto para describir el batiburrillo de emociones capaz de levantar en el espectador. El director parte de la novela gráfica autobiográfica de Miguel Gallardo (que, bajo el mismo título de “María y Yo”, fue publicado en España por Astiberri) para (per)seguir esas vacaciones que, año tras año siguiendo las mismas rutinas, pasan el autor de cómics y su hija autista en un hotel para guiris de Mallorca. No lo tiene difícil el realizador para recrear las acciones del cómic, ya que estas se repiten cada temporada religiosamente: tal y como se explica en el documental, el autista muchas veces recurre a patrones de repitición como medio para aislarse de los estímulos del mundo exterior, los cuales son incapaces de jerarquizar y acaban abotargando su percepción. Así que, por mucho que el cómic original date de 2008, Fernández de Castro ha podido reiterar la significancia de estos patrones de repetición que se muestran incólumes ante el paso del tiempo.

Pese a todo, hay algo en “María y Yo” que le hace volar lejos de su fuente: mientras que el libro de Gallardo recoge exclusivamente las vivencias personales con su hija, el film enriquece esa experiencia con las declaraciones a cámara de los padres de María. Puede que haya quien piense que este recurso asemeja al documental a un reportaje televisivo de baja calaña, aunque lo cierto es que este recurso ayuda a descentralizar la visión unilateral de Miguel Gallardo: mientras que en el cómic eramos espectadores de la mirada (y las reflexiones) del autor durante aquellas vacaciones, ahora podemos completar el retrato de María por la vía de las palabras de su propia madre (que complementan y amplían la complejidad de la protagonista). Además, mientras que en el tomo original sólo accedíamos a unas parte de la vida de María, unas vacaciones, un estado de excepción, se agradece que Fernández de Castro muestre otras caras de la vida de la protagonista mucho menos excepcionales e incluso escarpadas: su asistencia al colegio, su vida cotidiana en casa… Estos nuevos espacios y momentos hacen que la visión de Gallardo se empañe, mostrando unos claroscuros que ya existían en el álbum original pero que en la película quedan más al descubierto que nunca.

Los fotogramas no pretenden en ningún momento eludir lo devastador de la situación (descorazonadoras son las declaraciones de los padres hablando del futuro de María), pero es precisamente contra estos momentos de oscuridad donde la emotividad que desprende la relación de ambos con su hija brilla especialmente. Mediante una realización transparente a la que se le añaden deliciosas animaciones de la mano de Gallardo, Fernández de Castro consigue saltar por encima del concepto de “reportaje televisivo” y, sin necesidad de caer en el snobismo de la actual docu-ficción, planta su “María y Yo” en el perdurable terreno del cine de toda la vida: las emociones puras y depuradas.

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