Clint Eastwood es, por méritos propios, uno de los artistas más respetados, valorados y venerados de la industria cinematográfica: su figura se ha visto elevada al estatus de mito viviente del cine e icono cultural para la gran mayoría de los mortales que habitan en este planeta. Nada de esto es de extrañar si se tiene en cuenta que, bajo las órdenes de cineastas como Sergio Leone o Don Siegel, Eastwood cambió para siempre la concepción del arquetípico héroe de acción dentro del western y el cine policíaco respectivamente. La dudosa moralidad de sus personajes y el hecho de que se comunicaran mejor a través de sus gastadas armas antes que con aburridos e innecesarios diálogos, hizo que los espectadores mayoritarios, ya cansados de ver siempre lo mismo, le aceptaran rápidamente. Esto no impidió que el conservadurismo habitual que hay en los Estados Unidos, le hiciera cargar con el estigma de antiheroe, quizás por negarse a aceptar que, por muchas heroicidades que el protagonista hiciera en la pantalla, un héroe nunca debería anteponer sus propios intereses por encima de los de los demás. Haciendo un recorrido por la extensa filmografía de Eastwood, no deja de ser curioso el hecho de que, el que antaño fuera el más duro de la gran pantalla, haya terminado siendo uno de los cineastas con más sensibilidad de la historia del cine. Una sensibilidad que se puede apreciar en cada una de sus obras, viendo como en el cineasta ha ido perfeccionando su estilo desde que se situó tras las cámaras por primera vez en el año 1971 con la película “Escalofrío en la Noche”, y que culminaría a inicios de los 90 con tres títulos fundamentales en su carrera como fueron “Sin Perdón”, “Un Mundo Perfecto” y “Los Puentes de Madison”.

Mas allá de la vida” nos cuenta la historia de tres personajes que, por distintas razones, han estado recientemente en contacto con la muerte. En el film encontramos a Marie (Cécile de France), que reside en París trabajando como periodista en una importante cadena de televisión y quien verá cómo su vida y todo en lo que ella creía se desestabiliza considerablemente al sobrevivir a un tsunami mientras está de vacaciones en Tailandia. En San Francisco conocemos a George (Matt Damon), que tiene la habilidad de comunicarse con los muertos, don que él prefiere mantener en secreto ya que cree que es la causa de que todos los que le rodean terminen alejándose de él. La tercera historia tiene lugar en Londres, ciudad en la que seguimos las vivencias de dos hermanos gemelos que deben lidiar con una madre alcohólica y drogadicta.

Pese al enorme dramatismo que puebla cada una de las tres historias, Eastwood evita recrearse en exceso en las miserias de los personajes para terminar construyendo un relato vitalista en torno a la idea del más allá, alejándose del tono crepuscular con el que habitualmente había tratado el tema de la muerte en varias de sus obras anteriores. En “Más Allá de la Vida“, el director nos habla de la muerte como punto de unión entre varios personajes separados geográficamente, que buscan encontrar respuestas a si realmente hay algo mas cuando dejamos el mundo de los mortales. Es relevante el hecho de que Eastwood haya decidido explicar esta historia justo después de haber cumplido los 80 años puesto que esta cinta puede comprenderse incluso como un estado emocional del cineasta, que quizás haya empezado comprender el paso hacia el más allá, como un estado de paz interior en el que no hay lugar para el dolor ni el sufrimiento.

Eastwood y el guionista Peter Morgan construyen unos personajes sólidos, con los que podemos identificarnos en cada momento, comprendiendo sus motivaciones y rara vez cuestionando alguna de sus acciones. La presentación de George en el interior de su pequeño apartamento, con su rostro inundado en sombras, da una idea bien clara de a qué personaje nos vamos a encontrar durante el resto de la película: un hombre solitario que necesita esconder sus habilidades por miedo a que la gente no le comprenda y le mire como a un bicho raro. Matt Damon demuestra una vez más que puede hacer creíble cualquiera de los personajes que quiera interpretar, transmitiendo y haciéndonos participes de sus frustraciones al sentirse totalmente aislado del mundo que le rodea.

La película encuentra sus mejores momentos en la historia que tiene lugar en las calles londinenses, donde el director regala varias secuencias para conservar en la memoria, como la de los pequeños gemelos intentando despertar a su alcohólica madre ante la inminente visita de dos asistentes sociales o la de uno de los hermanos visitando a varios falsos videntes, que se nos muestra a través de un excelente montaje encadenado donde la música tiene también un papel importante para terminar de comprender el vacío interior que sufre el personaje. La apertura de la película, en la que asistimos al azote de un tsunami en las playas tailandesas, es una de las de las secuencias de catástrofes más bellas que se han filmado nunca. Es admirable ver cómo Eastwood es capaz de hacernos participes de la odisea que sufre Marie para intentar sobrevivir ante todo el caos que se va produciendo a su alrededor. Todo ello respaldado por un magistral uso del sonido y el montaje. La película también se beneficia de la extraordinaria labor en la puesta en escena, a la que el autor ya nos tiene acostumbrados, en la que casi cada plano y movimiento de cámara transmite una idea, sin necesidad de exponerla verbalmente.

Con todo esto, “Mas Allá de la Vida” no es perfecta, ni mucho menos uno de los trabajos más interesantes de Eastwood. En ella hay varios aspectos que hacen que la película no termine de funcionar. Todas las secuencias de las clases de cocina entre George y Melanie (Brice Dallas Howard) están alargadas en exceso (por cierto, es imposible no enamorarse de Dallas Howard cada vez que la cámara le roba una sonrisa: parece mentira que esta actriz sea hija de quien es). Durante todo el episodio que tiene lugar en París, la cinta pierde considerablemente su interés, culminado en un desenlace insuficiente y poco creíble. Y, además, en el apartado de la banda sonora Eastwood nos obliga a escuchar hasta el hartazgo el mismo tema musical utilizado para cada uno de los personajes, sin apenas variaciones: aunque como idea para unirlos emocionalmente funciona, los oídos del espectador terminan rechazándolo cuando ya lo ha escuchado infinidad de veces y tan solo llevamos unos minitus de cinta. Es una lástima que la falta de ritmo de todo el conjunto y algunas situaciones alargadas en exceso terminen por lastrar lo que podría haber sido una gran película, dejándola simplemente en correcta.

[Àlex Aviñó d’Acosta]

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