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Imagina un estudio de grabación como los de antes: con músicos permanentes, equipos con ese sonido particular y, por supuesto, analógico. Pues algo así es Spacebomb, el proyecto que nació con el primer disco de Matthew E. White y que tiene en este "Fresh Blood" (Domino, 2015) su nuevo exponente. ¿Que por qué te cuento todo esto? Porque, a pesar de las apariencias, White no es un hipster con barba más: es un auténtico viajero en el tiempo que se ha propuesto replicar las enseñanzas musicales del siglo pasado y traerlas a nuestros días. Solo así podemos entender su propuesta,…
Míralo, como Pedro por su casa con barba, gafas de sol y mobiliario vintage. Podría tratarse de un hipster más. Pero no: es Matthew E. White, el trobador del Siglo XXI que parece sacado del Siglo XX y que certifica, con "Fresh Blood", que hay pocos como él
PUNTUACIÓN - 80%

80%

Genuino

Míralo, como Pedro por su casa con barba, gafas de sol y mobiliario vintage. Podría tratarse de un hipster más. Pero no: es Matthew E. White, el trobador del Siglo XXI que parece sacado del Siglo XX y que certifica, con "Fresh Blood", que hay pocos como él

Imagina un estudio de grabación como los de antes: con músicos permanentes, equipos con ese sonido particular y, por supuesto, analógico. Pues algo así es Spacebomb, el proyecto que nació con el primer disco de Matthew E. White y que tiene en este “Fresh Blood” (Domino, 2015) su nuevo exponente. ¿Que por qué te cuento todo esto? Porque, a pesar de las apariencias, White no es un hipster con barba más: es un auténtico viajero en el tiempo que se ha propuesto replicar las enseñanzas musicales del siglo pasado y traerlas a nuestros días. Solo así podemos entender su propuesta, en la que caben grandes orquestaciones, bajos sinuosos, coros y “sha-la-lás”.

Pocas veces el significado de la manida palabra “confirmación” ha tenido mejor representación que en “Fresh Blood“. Todo lo que ya se intuía en “Big Inner” (Domino, 2012), el debut con el que White se ganó el reconocimiento de medio mundo, se amplifica y mejora en este segundo disco. Aquí, White muestra su amplia variedad de registros y los explota al máximo, siempre con una personalidad a medio camino entre la nostalgia y el sarcasmo. Tenemos odas al amor platónico (“Take Care My Baby”), al amor polémico (“Holy Molly”), al R&B (“Rock & Roll is Cold”) y hasta a Philip Seymour Hoffman (“Tranquility”).

Escuchar “Fresh Blood” es pasear por la historia del soul, del rock y del folk. Es recibir ecos de los clásicos en su versión moderna, al estilo de Father John Misty o los primeros discos de Josh Rouse. Es disfrutar de una producción muy cuidada y perderse por sus recovecos en forma de instrumentos de viento, crescendos de batería y armonías trabajadas al milímetro. Pero, y ojo que ahora viene la parte negativa, también puede causar cierta sensación de déjà vu. No sólo porque su música es deudora de referencias que todos hemos escuchado, sino porque, en sí mismo, “Fresh Blood” tiende a utilizar los mismos recursos en varias de sus canciones.

Aunque, como dice el propio Matthew E. White, “Everybody likes to talk shit”. Así que es muy probable que le importe una mierda mi opinión… Él seguirá viajando a través del tiempo para traernos souvenirs impagables. Y debemos estar agradecidos por ello.

 

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