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Hay quien dice que lo deja todo y se pira al campo a montar una granja… Pero Novella Carpenter la montó en la ciudad, y lo explica en “La Granja Urbana”.

 

En algún momento de nuestras vidas, y agobiados por los gigantes de hormigón y las máquinas jadeantes, todo hemos pensado “¡Basta ya! ¡Me voy al campo!“. El campo, ese campo que se dibuja en nuestra mente deseosa de huir del mundanal ruido como una Edad de Oro aún vigente, en la que las manzanas nacen y caen por sí solas, en la que no es difícil imaginarse como un Horacio sentado bajo una encina escribiendo dulces versos. Cualquiera que de verdad haya dejado su vida en la ciudad para vivir de su propria granja, sabrá que todo eso es pura falacia idealizada… Pero también sabrá que vale la pena intentarlo.

Y si no, que se lo digan a Novella Carpenter, cuya traducción al castellano de su “La Granja Urbana” se publica ahora bajo el brazo de Capitán Swing. Su caso, sin embargo, tiene un giro más interesante que la migración hacia el campo típica: ella no se marchó al campo, lejos de la urbe, sino que construyó su proprio oasis agrícola en medio de un decadente barrio de Oakland, California. “La Granja Urbana” son las memorias y reflexiones de Carpenter sobre su vida de granjera urbana: tras mudarse a una casa destartalada cercana a un solar abandonado, comenzó con una pequeña hortaliza y un par de gallinas ponedoras, y terminó criando pavos, gansos, patos, conejos y hasta dos cerdos de ciento cincuenta kilos. Hoy en día vive de su granja, produciendo carne, lácteos, azúcares y todo lo necesario para una vida sana en plena ciudad.

Esta es la historia de un sueño emocionante, difícil y que a veces suena absurdo, pero también es un libro de memorias lleno de encanto, momentos hilarantes y consejos fascinantes. Una fresca reflexión sobre la vida en la urbe, los locus amoenus que imaginamos en nuestras cabezas, la frustración, los sueños. Una meditación sobre el querer ser auto-suficiente y autosustentable, y llegar a conseguirlo. Quizás, si incluíamos el duro trabajo humano en la ecuación, el beatus ille dorado no está tan lejos.

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