La fecha de la jornada invitaba a recrearse con la numerología y a hacer cábalas supersticiosas: 10-11-12. Se suponía que, bajo el influjo de esa curiosa combinación de cifras, algo bueno (por no decir mágico) debería pasar la noche en que Nudozurdo (con Aries como telonera) cerraban en el Mondo Club de Vigo su mini-gira gallega (el día anterior habían actuado en Santiago de Compostela). Sin embargo, la lluvia que mojaba las calles en el exterior de la sala no era precisamente el mejor acicate para desechar la idea de montar una sesión de sofá-manta-película, salir de casa y acercarse al concierto; y el frío ambiente en su interior, con el público llegando con cuentagotas hasta completar la mitad del aforo por los pelos, no funcionaba como el preludio ideal a una esperada descarga de electricidad sin piedad. Porque, sí, había ganas de ver de nuevo por tierras pontevedresas al trío madrileño después de que hubieran entregado el año pasado el gran Tara Motor Hembra(Everlasting / Pop Stock!, 2011) y hace unos meses el interesante EP “Ultrapresión” (Everlasting, 2012); pero la cita no llegó a cuajar del todo, como cuando alguien se despide de la otra persona tras haberla invitado a una cena romántica sin haberse atrevido siquiera a rozarle la mano: se irá a dormir con la duda de qué podría haber sucedido convertida en arrepentimiento.

Antes de que el encuentro nocturno concluyese en ese punto, Isa Fernández (o lo que es lo mismo: Aries), tenía el difícil papel de arrancar la velada en familia y darle un agradecido toque de calor. Una situación que solventó con la melosidad de parte del cancionero de La Magia Bruta (BCore, 2012), perfecto para ser interpretado en el espacio íntimo en que se había transformado la pista del Mondo Club. Así, apoyada sobre todo en su sintetizador, sus loops, sus efectos y sus programaciones, fue redibujando “Los Dos” (más cósmica que en disco), “Lo que no Eliges” o “Dilo Mañana” hasta sumergirse en una pequeña marea ensoñadora y reconfortante. Su participación resultó breve (quizá más de la cuenta), pero deliciosa y suficiente para endulzar los oídos ante el tsunami sónico que se avecinaba.

La partida estaba servida, y los más avezados conocían de antemano las cartas con las que jugarían Nudozurdo, aunque los madrileños las fueron colocando sobre la mesa lenta y progresivamente según el ritmo que marcaban la comatosa y aletargada “Contigo Sin Ti” y “Mensajes Muertos”. Pero en cuanto cayó la rotunda “Conocí el Amor” se encendió la mecha que provocaría la explosión eléctrica posterior, con la voz de un hierático Leo Mateos entrando en estado de combustión interna y controlada. En ese instante se rompía la baraja para que la robusta sección rítmica del trío (‘Meta’ al bajo y Josechu Gómez a la batería) introdujese “Dentro de Él” o “Ha Sido Divertido” en una especie de kraut-noise poderoso. Si fuera de la sala caían gotas de agua del cielo, dentro del local parecía que, de un momento a otro, lo harían rocas volcánicas. El largo y turbador desarrollo de la esperada “El Hijo de Dios” ampliaba dicha metáfora y permitía pensar que se lograría el punto de máxima ebullición de tal erupción en medio de un sinuoso viaje sensitivo tanto entre los tramos más abrumadores de “Tara Motor Hembra” como algunos de los más apabullantes de sus otras referencias (especialmente de “Ultrapresión”) que aún no se habían rescatado. Pero, por desgracia, de los primeros sólo aparecería “Dosis Modernas” y de los segundos, la clásica “Negativo”, que sirvió de imprevisible colofón.

Sin intuir qué imponderables habían entrado en escena, el grupo se retiró a toda prisa para no regresar a las tablas y ejecutar un anhelado bis en el que la audiencia esperaba colmar sus expectativas, desmoronándose de golpe toda la energía que se había ido acumulando bajo el techo del Mondo Club. Al final, las caras de decepción y sorpresa reflejaban las consecuencias de una actuación impecable pero incompleta y carente de sinergia con el público. ¿Qué podría haber ocurrido de no haber sido así? Los allí presentes se marcharon dando vueltas a un enigma de fácil respuesta pero complicada explicación.

[FOTOS: David Ramírez]

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