Hace unos meses, al leer “Nonnonba“, era inevitable dejarse atrapar por el magnetismo de la historia de infancia de Shigeru Mizuki, donde el autor descubría que el mundo de los espíritus con el arte de los cómics les llenaba mucho más que las peleas callejeras entre bandas de niños. Ahora, de nuevo de la mano de Astiberri, nos llega otra obra de Mizuki: “Operación Muerte” tiene mucho de autobiográfico y algo de ficcionado. En esta ocasión, el autor deja de lado los yokai (los fantasmas japoneses que dan nombre a un género en el que es toda una celebridad) para centrarse en un relato bélico que recuerda poderosa y tristemente a aquellas cuitas pueriles entre niños de su anterior álbum. Si allí Mizuki descubría que la guerra (por mucho que fuera una guerra entre hombrecitos de menos de 10 años) no era lo suyo, en esta ocasión se descubre justo en el epicentro de unos terribles acontecimientos bélicos en al isla de Rabaul, durante el conflicto de la Guerra de Papúa Nueva Guinéa. El paralelismo entre la futilidad de los actos de los niños y la absurdidez sórdida de los adultos viene a la cabeza en las primeras páginas de “Operación Muerte” y no te abandonan hasta el final, cuando lo sordidez le gana la partida a lo absurdo.

La progresión de este tomo describe una perfecta curva de ascensión que va desde el tono socarrón del inicio hasta un dramático y despiadado final que exhibe una crueldad que nunca imaginarías en las viñetas de apertura: al principio, lo que prima son las bromas entre los soldados de más bajo nivel. Pero, poco a poco, la muerte (otra gran presente en “Nonnonba“) se va filtrando en la moral de los combatientes primero como diminutas grietas en una presa que van dejando pasar gotitas inquietantes de agua oscura… al final como un pantano que rompe sus paredes de contención y deja pasar la tragedia a raudales, con una violencia seca e insospechada. No es de recibo este cambio progresivo de tono: desde su título, “Operación Muerte” nos viene a hablar del Gyokusai japonés, una especie de misión suicida de la que no está permitido volver. Quedar vivo tras un Gyokusai es motivo de deshonra para el ejército y para el propio soldado… hasta el nivel de que si un combatiente no pierde la vida en la operación suicida, se le instará a quitársela él mismo para evitar la deshonra de su familia (e incluso para evitar que sea el propio ejército el que se la quite). De esta forma, Mizuki consigue engarzar una debastadora crítica al orgulloso ejército nipón en el centro de un artefacto melodramático que nada tiene que envidiar a otras visiones que autores clásicos han arrojado sobre diferentes conflictos bélicos.

Hay que reconocer, pese a todo lo dicho, que el calado emocional de “Operación Muerte” es sensiblemente inferior al de “Nonnonba“. Será por la dureza de un tema con el que es difícil empatizar o será por el tenso equilibrio que el estilo caricaturesco de Mizuki mantiene con los escenas más crudas… Será por lo que sea, pero aunque en esta ocasión al autor se le advierte menos sentido, menos dispuesto a abrir sus corazón que a dejar volar sus ganas (razonables) de darle una colleja al temperamento bélico japonés, no cabe duda de que “Operación Muerte” es otro imprescindible en esta Biblioteca Mizuki que esperamos que los chicos de Astiberri sigan completando. Ni mejor ni peor: lo que en aquel tomo era desnudez y calidez, aquí es distancia y una crueldad que corta, que hace pupa.

[Raül De Tena]

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