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En el anterior film de Mike Cahill, “Another Earth“, la realidad tal y como la conocemos se ponía en entredicho cuando, de repente, un planeta exactamente igual al nuestro aparecía sobre nuestras cabezas. Poco a poco, las investigaciones demostraban que en ese otro planeta había una réplica exacta de cada uno de los terrestres, una especie de realidad para nada paralela en forma de reflejo de la nuestra. ¿Cómo seguir viviendo cuando sabes que hay otra persona exacta a ti en un planeta a tu lado? ¿Tendrá la misma vida? ¿Cometerá los mismos errores? ¿Podrás aprender de sus errores para mejorar tu existencia? El eterno dilema del Doppelgänger que tan buenos resultados ha dado siempre al utilizarse en el cine de género pero extrapolado a la Humanidad en su totalidad… Y, al fin y al cabo, una nueva vuelta de tuerca a la obsesión post-moderna por la imposibilidad de una identidad siempre escurridiza, nunca sólida.

Si en “Another Earth” la aparición del problema abría la misma película, causando el accidente que hará arrancar al resto de la trama, en “Orígenes” el problema es más bien algo que se va tejiendo poco a poco y que no acaba de quedar claro hasta la mitad del film. De hecho, sus implicaciones reales no aparecen de forma clara hasta el propio desenlace… Y puede que ahí resida principalmente la belleza infinita del nuevo film de Mike Cahill. Tomando el testigo de otros que han practicado el cine como díptico recientemente (un ejemplo nada casual sería el de Apichatpong Weerasethakul, con el que Cahill comparte una espiritualidad que nace del choque de la tradición con la modernidad), el primer tramo de “Orígenes” supone la supremacía de la ciencia: Ian (Michael Pitt) es un científico obsesionado con encontrar el origen del ojo, esa especie animal que tenga el gen que permite desarrollar los ojos pero que no lo haya hecho. Este descubrimiento acabaría por decantar la balanza de la eterna lucha entre religión y evolucionismo al demostrar la procedencia natural del ojo, el eterno “inexplicable” de la teoría de la evolución de las especies.

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Esta parte científica del film va creciendo en paralelo a la historia de amor de Ian con Sofi (Astrid Bergès-Frisbey), una modelo que desde el principio admite creer en que hay algo más, un mundo espiritual, algo que no se puede explicar. Es Sofi, de hecho, la que justo antes de que llegue la bisagra de “Orígenes” (es decir: el punto de inflexión que divide en dos este díptico), sostiene uno de los puntos de vista más poderosos del film: si a uno de esos animales sin ojos de repente se le hiciera crecer este órgano, podría ver todo un mundo que antes le pasaba desapercibido… ¿Qué nos dice que a los humanos nos falta un órgano que nos permitiera ver ese mundo espiritual? ¿Qué nos dice que tarde o temprano no podemos desarrollar ese órgano? Es esta primera parte del “Orígenes” una puesta a punto pluscuamperfecta de los preceptos del cine indie yanky de última generación: protagonistas guapos y modernos, abundancia de pose, grandes discursos entrelazados en conversaciones apasionantes sobre las grandes preguntas de la vida, hiper-estilización de la imagen, selección musical óptima, montaje poético. Suma y sigue.

Pero entonces llega la bisagra de “Orígenes“, dos hechos que ocurren de forma simultánea (si alguien no quiere spoilers, que no siga leyendo): Sofi muere de forma trágica justo después de que la ayudante de laboratorio de Ian, Karen (Brit Marling), dé con una especie “origen”. Y todo cambia. De repente, la acción se traslada varios años en el futuro, cuando el casamiento entre Ian y Karen vendría a demostrar que al final la ciencia se ha impuesto por encima de la espiritualidad. Pero, de repente, todo un conjunto de hechos obligan al protagonista y al propio film a desandar lo andado, a cuestionar las supuestas certezas adquiridas a través de la ciencia. Y ahora sí que no voy a hacer spoilers; tan solo diré que, de repente, una aplicación de las teorías de Ian (el hecho de que nuestro iris es totalmente único y es imposible que se repita en otro ser humano) y el dicho tradicional de que “los ojos son el espejo del alma” obliga a desordenar el orden que creíamos conquistado: lo que debería haber sido la refutación absoluta de Dios puede acabar por convertirse en la demostración del espíritu como algo más allá del cuerpo, como algo que nos hace únicos sólo hasta que morimos y pasa a otro cuerpo.

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A ese respecto, otro personaje peregrino es el que, justo antes del desenlace, vuelve a poner todas las fichas sobre la mesa: este personaje le explica a Ian que alguien le preguntó en una ocasión al Dalai Lama qué haría si, de repente, la ciencia negara alguna de las creencias espirituales que él siempre ha defendido. La respuesta del Dalai Lama es que escucharía a la ciencia, la intentaría asimilar y comprender y, si estuviera en lo cierto, cambiaría sus creencias. La pregunta muta en otra distinta: ¿qué ocurriría si algo totalmente espiritual demostrara que la teoría de Ian es incorrecta? ¿Sería capaz de abrir la mente e intentar comprender?

Llegados a este punto, es cuando el plan maestro de Cahill se revela en su totalidad y todas las piezas de su endiablado puzzle de conceptos dialécticos encaja a la perfección: la eterna lucha de ciencia y religión sigue siendo tan apasionante como en los tiempos de “El Árbol de la Ciencia” de Pío Baroja. El director sabe integrar ambas posiciones enfrentadas en una misma trama, en un mismo personaje, de una forma tan magistral que ni la concesión final a la emotividad desatada (¡con “Street Spirit” de Radiohead seduciendo a nuestro lacrimal!) consigue empañar los logros de “Orígenes“. Al fin y al cabo, ¿cuántas películas hay que sean capaces de hablar de ciencia y religión en términos de cine indie romántico? Pocas. Será por eso que nunca estuvo mejor dicho lo de “una película más grande que la vida”.

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